No esperes una explicación,
no existe,
no hay razón alguna
para estar vivo;
para escribir.
GC. Carrusel 1995.
Venir desde lejos para traer en la sangre un rumor de pan fresco,
de terrenos baldíos resplandecientes en la siesta solitaria,
con el viento haciendo su quebranto en la arista de las dunas;
árida arena, blanco sol, estepas de silencios en la sed de un corazón parvulario,
que con su puño crispado clama al cielo desde el desierto su redención de agua.
Venir desde la piedra con su arteria de cuarzo intacta,
con ecos perfumados en el azahar de un jarillal reverdecido,
donde un pie desnudo, deja la primer huella inquieta en el polvo lechoso del sendero,
y las espaldas, se sostienen en un azul de montañas centinelas.
Yo vengo de ese páramo;
cuando mi boca habla en versos con la garganta de todos los hombres,
con flores ínfimas, variantes, como el atardecer de un lago;
por ello mi padre fue el dios de todos los lagartos,
de mi madre tengo los ojos de oscuridad indecisa, donde se apaga una luna mora,
en mis venas abiertas camina un viento seco,
liviano como la sombra de una nube,
y mi voz no es más que otra voz, en la honda campana ronca del mundo.
A si, mi mano dibuja esta mesa, o este pájaro inmóvil bajo la cúpula del aire,
traza las letras con la que el deseo hace su pulso sordo, sin importar el camino,
o mi rostro, que es como cualquier otro espejo,
o mi lengua, que tiene la desnudez de un alarido quedo, en el vacío negrísimo de una noche artera y remota.
Por eso, mi palabra crece haciendo su fuego;
brasas o estrellas, cenizas o pavesas, discretas, luminiscentes, en el aterido anochecer.
Org.271021
Rev.190226
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