Yo quería morir en tu nombre, pero se me olvidó cómo te llamabas

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Yo quería morir en tu nombre. No por tristeza, sino porque había días en que tu recuerdo era la única patria donde todavía respiraba. Pensaba que bastaba con cerrar los ojos y decirte, como quien pronuncia una oración, para que el mundo tuviera sentido.

Pero el tiempo es un ladrón silencioso. Primero se llevó el sonido de tu risa. Después el color de tus ojos. Más tarde el tacto de tus manos. Y una mañana cualquiera, mientras intentaba rescatarte de la memoria, descubrí que también había olvidado cómo te llamabas.

Qué extraña forma tiene el olvido de salvarnos. Uno cree que recordar es la única manera de amar, hasta que entiende que hay amores que sobreviven sin rostro, sin fecha y sin nombre. Permanecen como una cicatriz que ya no duele, pero que la piel se niega a borrar.

Hoy ya no quiero morir en tu nombre. Sería injusto morir por alguien a quien la memoria apenas consigue reconocer. Prefiero vivir con esta ausencia, que al menos tiene la delicadeza de no mentirme. Si algún día vuelves, no te ofendas si te pregunto quién eres. Tal vez entonces descubra que no era tu nombre lo que buscaba, sino la parte de mí que se fue contigo y aprendió, por fin, a regresar sola.
 
Yo quería morir en tu nombre. No por tristeza, sino porque había días en que tu recuerdo era la única patria donde todavía respiraba. Pensaba que bastaba con cerrar los ojos y decirte, como quien pronuncia una oración, para que el mundo tuviera sentido.

Pero el tiempo es un ladrón silencioso. Primero se llevó el sonido de tu risa. Después el color de tus ojos. Más tarde el tacto de tus manos. Y una mañana cualquiera, mientras intentaba rescatarte de la memoria, descubrí que también había olvidado cómo te llamabas.

Qué extraña forma tiene el olvido de salvarnos. Uno cree que recordar es la única manera de amar, hasta que entiende que hay amores que sobreviven sin rostro, sin fecha y sin nombre. Permanecen como una cicatriz que ya no duele, pero que la piel se niega a borrar.

Hoy ya no quiero morir en tu nombre. Sería injusto morir por alguien a quien la memoria apenas consigue reconocer. Prefiero vivir con esta ausencia, que al menos tiene la delicadeza de no mentirme. Si algún día vuelves, no te ofendas si te pregunto quién eres. Tal vez entonces descubra que no era tu nombre lo que buscaba, sino la parte de mí que se fue contigo y aprendió, por fin, a regresar sola.
¡Cuánta belleza en tus letras! Y un final increíble... Saludos.
 

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