José Benito
Poeta fiel al portal
Aquel viejo pirata, con su pierna de palo
y su garfio por mano, y su parche en el ojo,
era, a pesar de tuerto, y de manco, y de cojo,
en una vieja historia romántica, el cruel malo.
Bebía ron a espuertas, producto de un saqueo
en Santiago de Cuba, no siendo él ni grumete,
y fumaba su pipa debajo del trinquete
a estribor en cubierta, sin recordar mareo.
Mientras rememoraba, en su instante de paz,
cómo ganó la nave dirigiendo un motín
en que ofreció el tesoro de un copioso botín,
el pirata cortaba los vientos con su faz.
En la Tahití lejana tuvo lugar el hecho.
Abandonó a su antiguo capitán a la suerte,
al azar de los mares, y persiguió a la muerte
hasta ponerla en fuga por miedo a su despecho.
Nunca arrancó del pecho los antiguos alientos
de un dolor que ni el tiempo consigue que se pierda,
pues sólo por perfume de mujer ya recuerda
un aroma de rosa, la rosa de los vientos.
La vida allá, en su patria, quebrárase, cual copa
de leve y fino vidrio que se estrella en el suelo.
Citó y mató al amado de su amada en un duelo,
y fue polizón prófugo en un pañol de popa.
Trabajó como esclavo más tarde, en Carolina;
huyó y se echó al camino, donde fue bandolero;
probó suerte en la fiebre del oro después, pero
jugó a una mala baza su floreciente mina.
Así volvió al océano en busca de fortuna,
vacíos los bolsillos y en levas mercenario;
perdió la fe en el hombre, tornose solitario,
taciturno y variable como inconstante luna.
Participó en batallas, se enfrentó a la galerna,
no temió a los tres cabos, allá perdió una mano;
al inglés le robaba lo robado al hispano,
y en una cruel reyerta le amputaron la pierna.
Un atolón desierto en medio del Pacífico.
Allá le desterraron sus hombres, sediciosos.
Al cabo de tres años rescatáronle, ansiosos,
pues hallar no lograban un jefe más magnífico.
Agriose su carácter, fue el terror de los mares.
En cada singladura recorría mil millas.
Lo mismo fuera en Pascua, Borneo o las Antillas,
de su ataque a resguardo no quedaban lugares.
Fue aquél en cuyos labios puso Espronceda el canto,
Dana, Stevenson, Byron, cantaron sus fortunas.
El mismo hombre a quien tanto prometieron las runas
y a quien tan poco dieron que no fuera su encanto.
Eso sí, en ocasiones, con su pipa y ron malo,
ante el viento del norte se sosiega su alma,
y se añora, ese efímero momento de calma,
con dos ojos, dos manos, y sin pierna de palo.
y su garfio por mano, y su parche en el ojo,
era, a pesar de tuerto, y de manco, y de cojo,
en una vieja historia romántica, el cruel malo.
Bebía ron a espuertas, producto de un saqueo
en Santiago de Cuba, no siendo él ni grumete,
y fumaba su pipa debajo del trinquete
a estribor en cubierta, sin recordar mareo.
Mientras rememoraba, en su instante de paz,
cómo ganó la nave dirigiendo un motín
en que ofreció el tesoro de un copioso botín,
el pirata cortaba los vientos con su faz.
En la Tahití lejana tuvo lugar el hecho.
Abandonó a su antiguo capitán a la suerte,
al azar de los mares, y persiguió a la muerte
hasta ponerla en fuga por miedo a su despecho.
Nunca arrancó del pecho los antiguos alientos
de un dolor que ni el tiempo consigue que se pierda,
pues sólo por perfume de mujer ya recuerda
un aroma de rosa, la rosa de los vientos.
La vida allá, en su patria, quebrárase, cual copa
de leve y fino vidrio que se estrella en el suelo.
Citó y mató al amado de su amada en un duelo,
y fue polizón prófugo en un pañol de popa.
Trabajó como esclavo más tarde, en Carolina;
huyó y se echó al camino, donde fue bandolero;
probó suerte en la fiebre del oro después, pero
jugó a una mala baza su floreciente mina.
Así volvió al océano en busca de fortuna,
vacíos los bolsillos y en levas mercenario;
perdió la fe en el hombre, tornose solitario,
taciturno y variable como inconstante luna.
Participó en batallas, se enfrentó a la galerna,
no temió a los tres cabos, allá perdió una mano;
al inglés le robaba lo robado al hispano,
y en una cruel reyerta le amputaron la pierna.
Un atolón desierto en medio del Pacífico.
Allá le desterraron sus hombres, sediciosos.
Al cabo de tres años rescatáronle, ansiosos,
pues hallar no lograban un jefe más magnífico.
Agriose su carácter, fue el terror de los mares.
En cada singladura recorría mil millas.
Lo mismo fuera en Pascua, Borneo o las Antillas,
de su ataque a resguardo no quedaban lugares.
Fue aquél en cuyos labios puso Espronceda el canto,
Dana, Stevenson, Byron, cantaron sus fortunas.
El mismo hombre a quien tanto prometieron las runas
y a quien tan poco dieron que no fuera su encanto.
Eso sí, en ocasiones, con su pipa y ron malo,
ante el viento del norte se sosiega su alma,
y se añora, ese efímero momento de calma,
con dos ojos, dos manos, y sin pierna de palo.
José Benito Freijanes Martínez
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