¡Ay! Qué pena de pueblo de la España vacía
cargado de silencios del que pasaba hambre
y marchó sin pensar que nunca volvería,
ni siquiera a ocupar la tierra como fiambre.
Ese pueblo, sembrado de la vasta agonía
por el hombre que quiso huir de la raigambre,
ayudando a los suyos y a su esencia baldía
a no verse sumidos jamás en la cochambre.
Le robaron los sones a la torre que vela
la explosión de las almas de primeras zancudas
y las de antiguos niños que llamaron de muertos.
El silbido de Eolo por los huecos se cuela
de las piedras sin masa y que dejan desnudas
a los lares que sueltan sus capas en los huertos.
Gavase
cargado de silencios del que pasaba hambre
y marchó sin pensar que nunca volvería,
ni siquiera a ocupar la tierra como fiambre.
Ese pueblo, sembrado de la vasta agonía
por el hombre que quiso huir de la raigambre,
ayudando a los suyos y a su esencia baldía
a no verse sumidos jamás en la cochambre.
Le robaron los sones a la torre que vela
la explosión de las almas de primeras zancudas
y las de antiguos niños que llamaron de muertos.
El silbido de Eolo por los huecos se cuela
de las piedras sin masa y que dejan desnudas
a los lares que sueltan sus capas en los huertos.
Gavase
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