Callejero60
Sé agua ... o nada.
Vas diciendo por ahí
que lo nuestro sa cabáo,
que en la botella caí
por no tenerme amarráo,
yo le digo a tó que si
pa no ponerme enfadao
y a nadie norte le dáo
de que si bebo es por ti.
Tó lo que un día te di
por despecho has olvidáo...
Que el mañana empiece aquí
y ca uno por su láo.
•
Viá decirte dos cosillas
ahora que te veo de paso;
que no hay ropa tendía
y no llevo encima un vaso:
No maldigas tanto al vino,
que a ti no te duelen prendas,
cuando se pierde el camino
hay que buscarse otra senda;
ca uno tié sus razone
si se echa a la bebía,
pa aliviá los corazone
no es tan mala la salía;
quien vive soliviantáo
medicina encuentra en él
y hasta se siente amparáo
aunque no sepa el por qué.
Ná tiene que ver conmigo,
me emborracha la razón,
ni es mi compare el vino
ni viá pedirte perdón.
Seguro que en mi veréa
se quean las cicatrices,
como en las entrañas quéa
lo que una boca no dice.
Sin la mirada del ebrio
ni jechura de indecente,
ná viá quedarme por dentro,
ahora que te tengo en frente.
Ni lo bueno fue tan bueno
ni lo malo fue tan malo,
por eso quiero que hablemos
antes de liarno a palos,
que si tú tienes lo tuyo
lo mío lo llevo yo,
vamo a dejarnos de orgullo
que el tiempo lo cura tó.
Por poco que valga un tío
que en la botella se ampara,
cuando me viste bebío
ni me miraste a la cara;
te hubiera fijáo en ella,
que en seguía te habría dicho,
que me comía la pena
por no darte tus caprichos,
¡Si mujé, los que tu tiene!
¡Los que te hacen felí!,
como el reló de pulsera
que parecía de rubí,
esa mantilla de encajes
que por el ojo te entró,
fíjáte tu qué malage
que otra se la llevó;
y aquel vestío de feria,
y zarcillos de corales,
de seda fina unas medias
de las que se hacían antes;
yo me comía por dentro
por no poderte decir:
¡Pide guapa lo que quieras
que pa eso estoy yo aquí!
No digas que es un borracho
el que a tabernas se agarra,
que en la calle busca el macho
lo que no encuentra en su casa;
a mi me fartába el blanco,
no el de las cuatro paredes.
¡No pongas cara de espanto!,
que la verdad siempre duele.
El blanco de mano amiga
cuando mi altura era el suelo,
cuando yendo a la deriva
en ti no veía puerto;
El blanco de una sonrisa,
el blanco, de algún lucero,
que iluminara un poquillo
al que venía del infierno;
blanco, de la confianza,
blanco, de querer sincero,
¡Blanco que tú no tenías
ni por fuera ni por dentro.!
No fue nunca una mentira
que si poco arrima el hombre,
a la cara se le tira
la mala suerte del pobre.
Deja ya a un láo las manías
de las espinas sin rosa
que ajondando en la jería
se vuerven más dolorosa.
Te traté como una reina
sabiendo que no podía,
por saltarme las barrera
entre tu vida y la mía;
tú, de alcurnia distinguía
y yo de poco parné
que como un tonto creía
que tó lo podía tener,
que me miraba en tus ojo
-como un hombre a una mujé,-
grasia te hacían mis piropos
y yo me sentía Marqués.
Pero pasó como siempre;
que lo bueno pronto acaba,
cuando no toca en tu aldaba
eso a lo que llaman suerte.
Con la estocá de la muerte
hasta el aire me faltaba,
cuando otro día pasaba
sin sacá los pies del plato,
y aguantando el arrebato
otra noche me acostaba.
No vengo de condenáo
ni a echarte la culpa a ti
si mucho o poco he lloráo
eso se quea pa mi;
que si se acaba, se acaba
pero sin malo y sin buena,
cuando se enseña una faca
la otra no se quéa quieta.
Lo mismo por otra calle
un día me ves pasar
con algún traje elegante
y jurdeles pa guardar;
ese día -yo te digo-
que me clavaré en la cruz,
antes que ser el mendigo
que por dentro llevas tú.
•
Sigue ahora con el cuento
que le sueltas a la gente,
dicen que a los dichos necios
los oídos son tenientes.
••
¡La penúltima, compare!
¡Que ya mismo son las diez!,
y to esto viá soltarle,
cuando llegue, a mi mujé.
~•~
que lo nuestro sa cabáo,
que en la botella caí
por no tenerme amarráo,
yo le digo a tó que si
pa no ponerme enfadao
y a nadie norte le dáo
de que si bebo es por ti.
Tó lo que un día te di
por despecho has olvidáo...
Que el mañana empiece aquí
y ca uno por su láo.
•
Viá decirte dos cosillas
ahora que te veo de paso;
que no hay ropa tendía
y no llevo encima un vaso:
No maldigas tanto al vino,
que a ti no te duelen prendas,
cuando se pierde el camino
hay que buscarse otra senda;
ca uno tié sus razone
si se echa a la bebía,
pa aliviá los corazone
no es tan mala la salía;
quien vive soliviantáo
medicina encuentra en él
y hasta se siente amparáo
aunque no sepa el por qué.
Ná tiene que ver conmigo,
me emborracha la razón,
ni es mi compare el vino
ni viá pedirte perdón.
Seguro que en mi veréa
se quean las cicatrices,
como en las entrañas quéa
lo que una boca no dice.
Sin la mirada del ebrio
ni jechura de indecente,
ná viá quedarme por dentro,
ahora que te tengo en frente.
Ni lo bueno fue tan bueno
ni lo malo fue tan malo,
por eso quiero que hablemos
antes de liarno a palos,
que si tú tienes lo tuyo
lo mío lo llevo yo,
vamo a dejarnos de orgullo
que el tiempo lo cura tó.
Por poco que valga un tío
que en la botella se ampara,
cuando me viste bebío
ni me miraste a la cara;
te hubiera fijáo en ella,
que en seguía te habría dicho,
que me comía la pena
por no darte tus caprichos,
¡Si mujé, los que tu tiene!
¡Los que te hacen felí!,
como el reló de pulsera
que parecía de rubí,
esa mantilla de encajes
que por el ojo te entró,
fíjáte tu qué malage
que otra se la llevó;
y aquel vestío de feria,
y zarcillos de corales,
de seda fina unas medias
de las que se hacían antes;
yo me comía por dentro
por no poderte decir:
¡Pide guapa lo que quieras
que pa eso estoy yo aquí!
No digas que es un borracho
el que a tabernas se agarra,
que en la calle busca el macho
lo que no encuentra en su casa;
a mi me fartába el blanco,
no el de las cuatro paredes.
¡No pongas cara de espanto!,
que la verdad siempre duele.
El blanco de mano amiga
cuando mi altura era el suelo,
cuando yendo a la deriva
en ti no veía puerto;
El blanco de una sonrisa,
el blanco, de algún lucero,
que iluminara un poquillo
al que venía del infierno;
blanco, de la confianza,
blanco, de querer sincero,
¡Blanco que tú no tenías
ni por fuera ni por dentro.!
No fue nunca una mentira
que si poco arrima el hombre,
a la cara se le tira
la mala suerte del pobre.
Deja ya a un láo las manías
de las espinas sin rosa
que ajondando en la jería
se vuerven más dolorosa.
Te traté como una reina
sabiendo que no podía,
por saltarme las barrera
entre tu vida y la mía;
tú, de alcurnia distinguía
y yo de poco parné
que como un tonto creía
que tó lo podía tener,
que me miraba en tus ojo
-como un hombre a una mujé,-
grasia te hacían mis piropos
y yo me sentía Marqués.
Pero pasó como siempre;
que lo bueno pronto acaba,
cuando no toca en tu aldaba
eso a lo que llaman suerte.
Con la estocá de la muerte
hasta el aire me faltaba,
cuando otro día pasaba
sin sacá los pies del plato,
y aguantando el arrebato
otra noche me acostaba.
No vengo de condenáo
ni a echarte la culpa a ti
si mucho o poco he lloráo
eso se quea pa mi;
que si se acaba, se acaba
pero sin malo y sin buena,
cuando se enseña una faca
la otra no se quéa quieta.
Lo mismo por otra calle
un día me ves pasar
con algún traje elegante
y jurdeles pa guardar;
ese día -yo te digo-
que me clavaré en la cruz,
antes que ser el mendigo
que por dentro llevas tú.
•
Sigue ahora con el cuento
que le sueltas a la gente,
dicen que a los dichos necios
los oídos son tenientes.
••
¡La penúltima, compare!
¡Que ya mismo son las diez!,
y to esto viá soltarle,
cuando llegue, a mi mujé.
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