Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
19/06/2024
Esta estancia, retenida,en las sombras, ligeras,
cabellos de tus hilos,
es un lugar para mi aprendizaje;
y buscas restos de tiza
con un mensaje, como lanzado
a esos lados donde mi ojo no colige
nada.
Escucho, esperando,
vana solemnidad calderoniana,
que tu hipogrifo lance un último
retrato
que alargue mis palabras
en el que deslizaron el ayer.
No duermo porque ya está
el mundo de Sique bailándose con Hipnos
en esta eterna estancia de Selene.
Requiebros, apuntalados, en el fresco
que se proyecta a
la oscura llamada,
la que me recuerda aquello:
ahí estaré y no allí.
Los bailes recuerdan a estrellas,
y no veo su estela azulada
donde se hilan los gases, nébula
de mi sueño.
Nunca llega la pirotecnia tan
bella, fuego del primer frío,
pues no ahonda la señal tanta distancia
por el espacio a este lugar,
Parnaso, tumba de Gautier.
Los soldados han marchado con su metáfora,
arcabuz violento, trompeta oscura,
porque la bélica alegoría no culmina en
orgasmo pacífico, paz de blanca paloma.
Las bombardas creen en las estrellas,
y la ceniza oculta las tormentas de arena
donde nos encontramos
—según dicen, Quevedo libresco—
para un teatro,
y la égloga tiene muertos a
esos pastores,
en los que se dicen lo que no dicen.
Me gustaría tener una nave así,
fabricada entre fraguas de gris y negro,
de esta cuna primigenia, futura mortaja,
y alcanzar la risa de mi explosión.
Es un resto,
como ceniza de cigarro,
despatarrado en anillos
recorriendo mi deseo que
fecundan mi zanja.
Volar, bajo y vago,
inclinación de diosa omnipresente,
no existe posibilidad con el combustible
actual, petróleo reseco,
lastrado,
entre líneas,
si hubo posibilidad de un ardiente
lanzamiento
entre truncados reflejos.
Ojalá, plegaria extraña;
no me es posible
volver a mis dedos
al tocar
esa nota,
donde viven las imágenes.
Se ha perdido, y a pesar
encuentro luces donde, a veces,
veo la acaricia,
intuición
ahí donde vegetan
mis ilusiones,
recogidas por buena
nereida, celeste sin alas,
sueño en la duna gris
que me alumbra,
ahora mis termitas;
pero alcanzo los límites
plutónicos del oro,
y los calabozos del laberinto,
que hicieron esos ingenieros,
y no me importan.
Podría vivir sin manzanas.
Y diré:
Vale.