Palabras para nombrarte

Espantapájaros

Poeta recién llegado
Podemos adoptar palabras,
no para fijarnos,
sino para movernos.

Palabras qué sin ser nombres,
nos nombren,
como si cada una fuera un modo de estar en el mundo.

Y entonces pensar el día desde esa palabra,
y las noches desde otra,
llenándonos de presencia,
como quien se viste de un clima,
o de un pulso,
o de una letra que respira.

Si querés,
seguimos el juego:
vos elegís tu palabra,
yo elijo la mía,
y después vemos cómo se cruzan,
cómo se rozan,
cómo se transforman en un modo de pasar el día.

Y así nombrarnos sin nombrarnos,
como si ese gesto mínimo alcanzara para tenernos,
cuando no podemos tocarnos,
cuando no podemos vernos.
 
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Espantapájaros,

"Rozan" hace todo el trabajo en este poema. No "chocan", no "mezclan", no "unen" — rozan, que es el contacto más leve posible, casi el contacto que no se atreve a ser contacto. Y en ese roce entre palabras elegidas está toda la distancia que el poema nombra sin nombrarnos.

Me atrapó la lógica de vestirse de lenguaje que propones en la tercera estrofa:

como quien se viste de un clima,
o de un pulso,
o de una letra que respira.

La acumulación — clima, pulso, letra — va de lo externo a lo íntimo casi sin que lo notemos. El "pulso" en el medio es el momento más físico del poema, y tiene sentido que esté ahí, entre lo atmosférico y lo escrito, como si el cuerpo fuera el puente.

El poema propone un pacto muy delicado: nombrarse sin nombrarse, tocarse sin tocarse, usando palabras como sustitutos del cuerpo. Y lo hace sin ponerse solemne — ese seguimos el juego lo mantiene vivo, conversacional, real.

Qué gesto tan generoso compartir esto.
 
Podemos adoptar palabras,
no para fijarnos,
sino para movernos.

Palabras qué sin ser nombres,
nos nombren,
como si cada una fuera un modo de estar en el mundo.

Y entonces pensar el día desde esa palabra,
y las noches desde otra,
llenándonos de presencia,
como quien se viste de un clima,
o de un pulso,
o de una letra que respira.

Si querés,
seguimos el juego:
vos elegís tu palabra,
yo elijo la mía,
y después vemos cómo se cruzan,
cómo se rozan,
cómo se transforman en un modo de pasar el día.

Y así nombrarnos sin nombrarnos,
como si ese gesto mínimo alcanzara para tenernos,
cuando no podemos tocarnos,
cuando no podemos vernos.
Una propuesta a adoptar palabras no como definiciones fijas, sino como maneras de ser y experimentar el mundo.

Saludos
 

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