He decidido que el conejo de Alicia, el trajeado con reloj yendo siempre para arriba y abajo con prisas, es gilipollas. Sí, como yo. Debe ser por ello, porque me veo reflejado en él. Por lo tanto, yo también soy gilipollas. A partir de ahora, sabiéndolo, actuaré en consecuencia. Y hoy he actuado en consecuencia.
Me levanté de la cama y me duché con pijama, pero como no lo uso me alegré al comprobar que no hizo falta, porque con estos calores anda uno como Adán, pero con la hoja de tabaco, fumando y no tapando lo que no hay que tapar. O al revés, escoja cada cual la hoja que quiera. Mientras iba a la ducha me decía que al día siguiente, para ahorrar tres minutos de secado, utilizaré el pijama-esponja como toalla andante.
Corriendo, con los ojos en la hora del móvil, giré el cuello a derecha e izquierda, y metí la cabeza debajo de la cama, que es donde se esconde mi perrito Flai para combatir el calor. Le calcé el arnés de pecho y la correa (otro día dejaré el arnés abierto en el suelo con un premio dentro; que el perro se teletransporte solo al coche oficial). En mis brazos lo llevé hasta la cafetería de Alicia, china ella y nada que ver con la del cuento. Agitando el brazo libre y la mano le comuniqué mi urgencia de café con leche y croissant (mientras pensaba que es mejor entrar gritando el pedido según cruzo la puerta para ganar eficiencia). Miré otra vez la hora en el móvil, donde de fondo puse al conejo de Alicia, no el de la china, que el marido, para ser chino, da miedo en altura y músculos. Otra vez la hora, miradas de reojo. Flai al suelo, a husmear y mear medio barrio. Yo detrás, echando agua a tanta meada. Cagó pronto, saqué el móvil, miré la hora. Flai me miró a mí. Claramente su expresión me dijo: «sí, eres gilipollas, tanto o más que ese conejo del que hablas en voz alta».
Intentó montarse encima de otro perrito. Me despistó la escena entre la acera repleta de flores amarillas de los árboles del paseo. Hora reloj, móvil.
En casa le di la comida a Flai. Abrí la tablet. Contesté los comentarios dejados en Mundopoesía como si fuera el conejo; ya no sabía si el de la china o el de Alicia, o el de las dos. Como poesía exprés, dejé el comentario en el portapapeles para pegarlo en masa: «¡Llego tarde!», «Oh, Dios mío, oh, Dios mío, se me está haciendo tarde». Comentario que, al leerlo el receptor, pensaría: «este tío es gilipollas», y con toda la razón. Hora móvil, a la biblioteca. De un manotazo le quité El Periódico al abuelo de turno. Lo ojeé volando y me marché oyendo al abuelo y a la bibliotecaria gritarme: «¡Gilipollaaaaaaas!». Me aseguré de la hora con el rostro del conejo absorto. Cociné una salsa de almendras sin extraerles la piel, por lo que estuvo amarga; tampoco evaporé el vino blanco, que tardaba. Macarrones al dente (del que los tenga, me dije), queso rallado y hale, la salsa por encima. De postre comí naranja con sal, aceite de oliva virgen extra, canela y un chorrito doble de miel para compensar las almendras amargas. Hora. Nada de siesta, a sacar a Flai, si no me muerde. Tarde horrible de calor, de sudor y de unas prisas que no sabía justificar ante la gente que me veía corriendo. Meó, agua, meó, agua... Dedo girando en la sien de la vecina viéndome entrar a casa. Hora, reloj, móvil, comida de Flai, merienda, tablet, paseo a Flai, mordisco, más gente con su dedo girando en la sien al verme con tanta prisa por el barrio. Cena, partido de fútbol del Mundial (no sé quién juega, reloj) mientras leo poemas y comento: «¡Llego tarde!», «Oh, Dios mío, oh, Dios mío, se me está haciendo tarde». Me desnudé, cama y... no hay quien duerma porque la bronca de mi pareja es descomunal. «Gilipollas» se ha oído hasta en el País de las Maravillas.
Ahora, a las tantas de una madrugada de nervios, broncazo e insomnio, creo que el maldito conejo trajeado con prisas que continuamente va mirando la hora me hipnotizó. Mañana, le he dicho a mi pareja después de despertarla, iré todo el día con gafas de sol para evitar hechizos, o que me hipnotice el primero que pase por mi lado. Mi pareja, y eso no lo entiendo, no me ha querido contestar; solo he oído un soplido, bastante grande, eso sí. Flai ha ladrado como un loco desde debajo de la cama. Veremos cómo va el día de mañana.


Gracias por leer.
25/06/06
Me levanté de la cama y me duché con pijama, pero como no lo uso me alegré al comprobar que no hizo falta, porque con estos calores anda uno como Adán, pero con la hoja de tabaco, fumando y no tapando lo que no hay que tapar. O al revés, escoja cada cual la hoja que quiera. Mientras iba a la ducha me decía que al día siguiente, para ahorrar tres minutos de secado, utilizaré el pijama-esponja como toalla andante.
Corriendo, con los ojos en la hora del móvil, giré el cuello a derecha e izquierda, y metí la cabeza debajo de la cama, que es donde se esconde mi perrito Flai para combatir el calor. Le calcé el arnés de pecho y la correa (otro día dejaré el arnés abierto en el suelo con un premio dentro; que el perro se teletransporte solo al coche oficial). En mis brazos lo llevé hasta la cafetería de Alicia, china ella y nada que ver con la del cuento. Agitando el brazo libre y la mano le comuniqué mi urgencia de café con leche y croissant (mientras pensaba que es mejor entrar gritando el pedido según cruzo la puerta para ganar eficiencia). Miré otra vez la hora en el móvil, donde de fondo puse al conejo de Alicia, no el de la china, que el marido, para ser chino, da miedo en altura y músculos. Otra vez la hora, miradas de reojo. Flai al suelo, a husmear y mear medio barrio. Yo detrás, echando agua a tanta meada. Cagó pronto, saqué el móvil, miré la hora. Flai me miró a mí. Claramente su expresión me dijo: «sí, eres gilipollas, tanto o más que ese conejo del que hablas en voz alta».
Intentó montarse encima de otro perrito. Me despistó la escena entre la acera repleta de flores amarillas de los árboles del paseo. Hora reloj, móvil.
En casa le di la comida a Flai. Abrí la tablet. Contesté los comentarios dejados en Mundopoesía como si fuera el conejo; ya no sabía si el de la china o el de Alicia, o el de las dos. Como poesía exprés, dejé el comentario en el portapapeles para pegarlo en masa: «¡Llego tarde!», «Oh, Dios mío, oh, Dios mío, se me está haciendo tarde». Comentario que, al leerlo el receptor, pensaría: «este tío es gilipollas», y con toda la razón. Hora móvil, a la biblioteca. De un manotazo le quité El Periódico al abuelo de turno. Lo ojeé volando y me marché oyendo al abuelo y a la bibliotecaria gritarme: «¡Gilipollaaaaaaas!». Me aseguré de la hora con el rostro del conejo absorto. Cociné una salsa de almendras sin extraerles la piel, por lo que estuvo amarga; tampoco evaporé el vino blanco, que tardaba. Macarrones al dente (del que los tenga, me dije), queso rallado y hale, la salsa por encima. De postre comí naranja con sal, aceite de oliva virgen extra, canela y un chorrito doble de miel para compensar las almendras amargas. Hora. Nada de siesta, a sacar a Flai, si no me muerde. Tarde horrible de calor, de sudor y de unas prisas que no sabía justificar ante la gente que me veía corriendo. Meó, agua, meó, agua... Dedo girando en la sien de la vecina viéndome entrar a casa. Hora, reloj, móvil, comida de Flai, merienda, tablet, paseo a Flai, mordisco, más gente con su dedo girando en la sien al verme con tanta prisa por el barrio. Cena, partido de fútbol del Mundial (no sé quién juega, reloj) mientras leo poemas y comento: «¡Llego tarde!», «Oh, Dios mío, oh, Dios mío, se me está haciendo tarde». Me desnudé, cama y... no hay quien duerma porque la bronca de mi pareja es descomunal. «Gilipollas» se ha oído hasta en el País de las Maravillas.
Ahora, a las tantas de una madrugada de nervios, broncazo e insomnio, creo que el maldito conejo trajeado con prisas que continuamente va mirando la hora me hipnotizó. Mañana, le he dicho a mi pareja después de despertarla, iré todo el día con gafas de sol para evitar hechizos, o que me hipnotice el primero que pase por mi lado. Mi pareja, y eso no lo entiendo, no me ha querido contestar; solo he oído un soplido, bastante grande, eso sí. Flai ha ladrado como un loco desde debajo de la cama. Veremos cómo va el día de mañana.


Gracias por leer.
25/06/06
Última edición:
Ya le parecía al conejo que usted tiene algo de argentino, por eso del café con leche y croissant, desayuno favorito por estas tierras perdidas del sur.