Las mentiras que me dije para seguir deseándote

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
No fue amor lo primero que hice contigo.
Fue una colección de excusas.
Me dije que solo admiraba tu inteligencia, cuando en realidad me sabía de memoria la forma en que sonreías. Me convencí de que eras una amistad interesante, mientras buscaba tu nombre en cada notificación como quien espera un milagro.
Me mentí con disciplina.
Me repetí que no importabas tanto, que podía pasar días sin pensar en ti. Y era cierto. Podía pasar días enteros sin pensar en ti...
siempre y cuando estuviera ocupado pensando en cómo olvidarte.
Me dije que el deseo era pasajero.
Que bastaría una decepción, una mala conversación, una ausencia prolongada para que la fiebre desapareciera.
Pero el deseo es un animal extraño.
No se alimenta de presencias.
A veces sobrevive precisamente gracias a las ausencias.
Entonces inventé otras mentiras.
Dije que admiraba tu libertad, cuando lo que me dolía era no formar parte de ella.
Dije que entendía tus silencios, cuando cada uno de ellos abría una grieta nueva en mi imaginación.
Dije que te había superado.
Esa fue mi obra maestra.
Porque nadie miente con tanta elegancia como quien todavía espera.
Y así seguí.
Construyendo argumentos para justificar lo injustificable.
Hasta comprender que el problema nunca fuiste tú.
Fueron todas las historias que escribí sobre ti sin pedirte permiso.
Porque a veces no nos enamoramos de una persona.
Nos enamoramos de la versión que nuestra soledad inventó para sobrevivir.
Y cuando descubrimos la verdad, ya es demasiado tarde.
El deseo ha echado raíces.
Y arrancarlo duele más que seguir mintiéndonos.
 
No fue amor lo primero que hice contigo.
Fue una colección de excusas.
Me dije que solo admiraba tu inteligencia, cuando en realidad me sabía de memoria la forma en que sonreías. Me convencí de que eras una amistad interesante, mientras buscaba tu nombre en cada notificación como quien espera un milagro.
Me mentí con disciplina.
Me repetí que no importabas tanto, que podía pasar días sin pensar en ti. Y era cierto. Podía pasar días enteros sin pensar en ti...
siempre y cuando estuviera ocupado pensando en cómo olvidarte.
Me dije que el deseo era pasajero.
Que bastaría una decepción, una mala conversación, una ausencia prolongada para que la fiebre desapareciera.
Pero el deseo es un animal extraño.
No se alimenta de presencias.
A veces sobrevive precisamente gracias a las ausencias.
Entonces inventé otras mentiras.
Dije que admiraba tu libertad, cuando lo que me dolía era no formar parte de ella.
Dije que entendía tus silencios, cuando cada uno de ellos abría una grieta nueva en mi imaginación.
Dije que te había superado.
Esa fue mi obra maestra.
Porque nadie miente con tanta elegancia como quien todavía espera.
Y así seguí.
Construyendo argumentos para justificar lo injustificable.
Hasta comprender que el problema nunca fuiste tú.
Fueron todas las historias que escribí sobre ti sin pedirte permiso.
Porque a veces no nos enamoramos de una persona.
Nos enamoramos de la versión que nuestra soledad inventó para sobrevivir.
Y cuando descubrimos la verdad, ya es demasiado tarde.
El deseo ha echado raíces.
Y arrancarlo duele más que seguir mintiéndonos.
A menudo, nos enamoramos de la versión que nuestra soledad crea para sobrevivir.

Saludos hasta PR
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba