Yo no sabía rezar.
Andaba por la vida
como andan los hombres cansados,
creyendo que el amor era apenas
una costumbre bonita
o una herida que aprendía a cerrarse sola.
Entonces apareciste.
Y tus ojos hicieron lo que ninguna fe,
ningún milagro,
ninguna promesa había conseguido.
Me obligaron a creer.
No en Dios.
No en el destino.
En ti.
Porque había algo en esa mirada
que desordenaba mis certezas,
que movía los muebles de mi alma,
que abría ventanas donde antes
solo había paredes.
Tus ojos tenían la mala costumbre
de encontrarme.
No importaba cuánta gente hubiera alrededor,
ni cuántas conversaciones intentarán distraerme.
Al final,
siempre terminaba cayendo en ellos.
Como cae la lluvia sobre el mar.
Cómo cae un hombre
cuando deja de fingir que es fuerte.
Y yo caía.
Caía despacio.
Con la resignación hermosa
de quien sabe que está perdido
y aun así no quiere ser encontrado.
Porque tus ojos no miraban.
Tus ojos conocían.
Sabían de mis silencios,
de mis derrotas,
de las cicatrices que escondía detrás de la risa.
Y aun así se quedaban.
Por eso les tuve fe.
Porque en un mundo lleno de despedidas,
ellos parecían quedarse un poco más.
Y qué peligro.
Qué inmenso peligro
es encontrar una mirada
capaz de hacerte sentir en casa.
Desde entonces cargo tu recuerdo
como otros cargan estampas de santos.
A veces lo saco del pecho,
lo miro un instante
y vuelvo a guardarlo.
No por nostalgia.
Sino para recordar
que una vez existieron unos ojos
capaces de cambiarme la vida
sin tocarme una sola vez.
Y desde aquel día,
aunque nadie lo note,
sigo profesando en secreto
la religión de tus ojos.