La poetisa que escribe en piedras

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Dicen que existe una poetisa extraña,
una mujer que nunca aprendió a confiar del todo en el papel.
Tal vez porque vio demasiadas cartas convertirse en ceniza,
demasiados cuadernos perderse en mudanzas,
demasiadas palabras ahogarse en cajones cerrados
como pájaros que olvidaron el camino del cielo.
Por eso escribe en piedras.
No en las grandes piedras de los monumentos,
ni en aquellas que los hombres levantan para recordar sus guerras.
Ella prefiere las pequeñas,
las que caben en la palma de una mano,
las que el río pule durante años
hasta volverlas suaves como una verdad aceptada.
Las recoge al amanecer,
cuando el mundo todavía no ha decidido quién será durante el día.
Camina por la orilla de los ríos,
por playas donde el mar deja sus secretos,
por senderos olvidados donde los árboles conversan entre sí
con un lenguaje que nadie traduce.
Entonces las observa una por una.
Sabe que cada piedra tiene una historia.
Algunas fueron montaña antes de ser guijarro.
Otras viajaron cientos de kilómetros dentro de una corriente.
Muchas sobrevivieron a tormentas que habrían quebrado a los hombres.
Quizás por eso las elige.
Porque se parecen a las personas que han sufrido.
Y sobre ellas escribe.
No escribe frases para impresionar a nadie.
No busca aplausos ni lectores.
Escribe confesiones.
Escribe nombres que todavía le duelen.
Escribe despedidas que nunca tuvo el valor de pronunciar.
Escribe amores que llegaron tarde
y despedidas que llegaron demasiado pronto.
A veces una piedra contiene apenas una palabra:
"Perdón."
Y esa única palabra pesa más que una biblioteca entera.
Otras veces escribe versos completos,
fragmentos de una vida que intenta comprenderse a sí misma.
Luego las deja en cualquier lugar.
Sobre un banco de parque.
Junto a una parada de autobús.
En la raíz de un árbol antiguo.
En la mesa de un café.
A la orilla de una iglesia vacía.
Y se marcha.
Nunca espera a ver quién las encuentra.
Porque entiende algo que pocos comprenden:
los poemas tienen dueño antes de ser leídos.
Hay personas destinadas a encontrar ciertas palabras
en el momento exacto en que las necesitan.
Un hombre que piensa rendirse encuentra una piedra que dice:
"Todavía no."
Una mujer que lleva años culpándose encuentra otra donde puede leerse:
"Hiciste lo mejor que pudiste."
Un anciano que se siente olvidado descubre una que afirma:
"Tu historia sigue viviendo en alguien."
Y de pronto algo cambia.
Pequeñamente.
Silenciosamente.
Pero cambia.
La poetisa nunca sabrá cuántas lágrimas secaron sus piedras.
Ni cuántas noches salvaron.
Ni cuántos corazones encontraron refugio en ellas.
Y quizás eso la hace más libre.
Porque no escribe para ser recordada.
Escribe para acompañar.
Con los años comprendió que la poesía no sirve para cambiar el mundo entero.
Pero puede cambiar una tarde.
Una decisión.
Una herida.
Un alma cansada.
Y a veces eso basta.
Por eso sigue escribiendo sobre piedras.
Porque sabe que el papel puede romperse,
las pantallas pueden apagarse,
los libros pueden perderse
y las voces pueden olvidarse.
Pero una piedra tiene paciencia.
Puede esperar décadas bajo la lluvia,
siglos bajo la tierra,
hasta que alguien la levante y lea lo que guarda.
Entonces el poema vuelve a respirar.
Y la poetisa, aunque nadie conozca su nombre,
aunque nadie recuerde su rostro,
aunque el tiempo la cubra de distancia y de polvo,
seguirá hablando.
Porque algunas personas escriben para ser leídas.
Pero ella escribe para permanecer.
Y mientras exista una piedra con una palabra suya grabada,
mientras una sola persona encuentre consuelo en uno de sus versos,
mientras alguien la sostenga en la palma de la mano y sienta que no está solo,
la poetisa seguirá viva,
escribiendo eternidad sobre la piel silenciosa de las piedras.
 
Dicen que existe una poetisa extraña,
una mujer que nunca aprendió a confiar del todo en el papel.
Tal vez porque vio demasiadas cartas convertirse en ceniza,
demasiados cuadernos perderse en mudanzas,
demasiadas palabras ahogarse en cajones cerrados
como pájaros que olvidaron el camino del cielo.
Por eso escribe en piedras.
No en las grandes piedras de los monumentos,
ni en aquellas que los hombres levantan para recordar sus guerras.
Ella prefiere las pequeñas,
las que caben en la palma de una mano,
las que el río pule durante años
hasta volverlas suaves como una verdad aceptada.
Las recoge al amanecer,
cuando el mundo todavía no ha decidido quién será durante el día.
Camina por la orilla de los ríos,
por playas donde el mar deja sus secretos,
por senderos olvidados donde los árboles conversan entre sí
con un lenguaje que nadie traduce.
Entonces las observa una por una.
Sabe que cada piedra tiene una historia.
Algunas fueron montaña antes de ser guijarro.
Otras viajaron cientos de kilómetros dentro de una corriente.
Muchas sobrevivieron a tormentas que habrían quebrado a los hombres.
Quizás por eso las elige.
Porque se parecen a las personas que han sufrido.
Y sobre ellas escribe.
No escribe frases para impresionar a nadie.
No busca aplausos ni lectores.
Escribe confesiones.
Escribe nombres que todavía le duelen.
Escribe despedidas que nunca tuvo el valor de pronunciar.
Escribe amores que llegaron tarde
y despedidas que llegaron demasiado pronto.
A veces una piedra contiene apenas una palabra:
"Perdón."
Y esa única palabra pesa más que una biblioteca entera.
Otras veces escribe versos completos,
fragmentos de una vida que intenta comprenderse a sí misma.
Luego las deja en cualquier lugar.
Sobre un banco de parque.
Junto a una parada de autobús.
En la raíz de un árbol antiguo.
En la mesa de un café.
A la orilla de una iglesia vacía.
Y se marcha.
Nunca espera a ver quién las encuentra.
Porque entiende algo que pocos comprenden:
los poemas tienen dueño antes de ser leídos.
Hay personas destinadas a encontrar ciertas palabras
en el momento exacto en que las necesitan.
Un hombre que piensa rendirse encuentra una piedra que dice:
"Todavía no."
Una mujer que lleva años culpándose encuentra otra donde puede leerse:
"Hiciste lo mejor que pudiste."
Un anciano que se siente olvidado descubre una que afirma:
"Tu historia sigue viviendo en alguien."
Y de pronto algo cambia.
Pequeñamente.
Silenciosamente.
Pero cambia.
La poetisa nunca sabrá cuántas lágrimas secaron sus piedras.
Ni cuántas noches salvaron.
Ni cuántos corazones encontraron refugio en ellas.
Y quizás eso la hace más libre.
Porque no escribe para ser recordada.
Escribe para acompañar.
Con los años comprendió que la poesía no sirve para cambiar el mundo entero.
Pero puede cambiar una tarde.
Una decisión.
Una herida.
Un alma cansada.
Y a veces eso basta.
Por eso sigue escribiendo sobre piedras.
Porque sabe que el papel puede romperse,
las pantallas pueden apagarse,
los libros pueden perderse
y las voces pueden olvidarse.
Pero una piedra tiene paciencia.
Puede esperar décadas bajo la lluvia,
siglos bajo la tierra,
hasta que alguien la levante y lea lo que guarda.
Entonces el poema vuelve a respirar.
Y la poetisa, aunque nadie conozca su nombre,
aunque nadie recuerde su rostro,
aunque el tiempo la cubra de distancia y de polvo,
seguirá hablando.
Porque algunas personas escriben para ser leídas.
Pero ella escribe para permanecer.
Y mientras exista una piedra con una palabra suya grabada,
mientras una sola persona encuentre consuelo en uno de sus versos,
mientras alguien la sostenga en la palma de la mano y sienta que no está solo,
la poetisa seguirá viva,
escribiendo eternidad sobre la piel silenciosa de las piedras.
Así hay muchas poetisas, escribiendo con el alma en piedra!
 
Dicen que existe una poetisa extraña,
una mujer que nunca aprendió a confiar del todo en el papel.
Tal vez porque vio demasiadas cartas convertirse en ceniza,
demasiados cuadernos perderse en mudanzas,
demasiadas palabras ahogarse en cajones cerrados
como pájaros que olvidaron el camino del cielo.
Por eso escribe en piedras.
No en las grandes piedras de los monumentos,
ni en aquellas que los hombres levantan para recordar sus guerras.
Ella prefiere las pequeñas,
las que caben en la palma de una mano,
las que el río pule durante años
hasta volverlas suaves como una verdad aceptada.
Las recoge al amanecer,
cuando el mundo todavía no ha decidido quién será durante el día.
Camina por la orilla de los ríos,
por playas donde el mar deja sus secretos,
por senderos olvidados donde los árboles conversan entre sí
con un lenguaje que nadie traduce.
Entonces las observa una por una.
Sabe que cada piedra tiene una historia.
Algunas fueron montaña antes de ser guijarro.
Otras viajaron cientos de kilómetros dentro de una corriente.
Muchas sobrevivieron a tormentas que habrían quebrado a los hombres.
Quizás por eso las elige.
Porque se parecen a las personas que han sufrido.
Y sobre ellas escribe.
No escribe frases para impresionar a nadie.
No busca aplausos ni lectores.
Escribe confesiones.
Escribe nombres que todavía le duelen.
Escribe despedidas que nunca tuvo el valor de pronunciar.
Escribe amores que llegaron tarde
y despedidas que llegaron demasiado pronto.
A veces una piedra contiene apenas una palabra:
"Perdón."
Y esa única palabra pesa más que una biblioteca entera.
Otras veces escribe versos completos,
fragmentos de una vida que intenta comprenderse a sí misma.
Luego las deja en cualquier lugar.
Sobre un banco de parque.
Junto a una parada de autobús.
En la raíz de un árbol antiguo.
En la mesa de un café.
A la orilla de una iglesia vacía.
Y se marcha.
Nunca espera a ver quién las encuentra.
Porque entiende algo que pocos comprenden:
los poemas tienen dueño antes de ser leídos.
Hay personas destinadas a encontrar ciertas palabras
en el momento exacto en que las necesitan.
Un hombre que piensa rendirse encuentra una piedra que dice:
"Todavía no."
Una mujer que lleva años culpándose encuentra otra donde puede leerse:
"Hiciste lo mejor que pudiste."
Un anciano que se siente olvidado descubre una que afirma:
"Tu historia sigue viviendo en alguien."
Y de pronto algo cambia.
Pequeñamente.
Silenciosamente.
Pero cambia.
La poetisa nunca sabrá cuántas lágrimas secaron sus piedras.
Ni cuántas noches salvaron.
Ni cuántos corazones encontraron refugio en ellas.
Y quizás eso la hace más libre.
Porque no escribe para ser recordada.
Escribe para acompañar.
Con los años comprendió que la poesía no sirve para cambiar el mundo entero.
Pero puede cambiar una tarde.
Una decisión.
Una herida.
Un alma cansada.
Y a veces eso basta.
Por eso sigue escribiendo sobre piedras.
Porque sabe que el papel puede romperse,
las pantallas pueden apagarse,
los libros pueden perderse
y las voces pueden olvidarse.
Pero una piedra tiene paciencia.
Puede esperar décadas bajo la lluvia,
siglos bajo la tierra,
hasta que alguien la levante y lea lo que guarda.
Entonces el poema vuelve a respirar.
Y la poetisa, aunque nadie conozca su nombre,
aunque nadie recuerde su rostro,
aunque el tiempo la cubra de distancia y de polvo,
seguirá hablando.
Porque algunas personas escriben para ser leídas.
Pero ella escribe para permanecer.
Y mientras exista una piedra con una palabra suya grabada,
mientras una sola persona encuentre consuelo en uno de sus versos,
mientras alguien la sostenga en la palma de la mano y sienta que no está solo,
la poetisa seguirá viva,
escribiendo eternidad sobre la piel silenciosa de las piedras.
Una poetisa sin nombre pero que nos nutre el alma.
Estás líneas también (me refiero a las suyas) que sirvan de homenaje a todas esa mujeres que con su afán y su bondad, cultiva nuestros corazones.

Un abrazo hasta PR
 

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