La nostalgia como método de tortura

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
La nostalgia no llega dando gritos, ni derriba las puertas de la casa; entra descalza, leve como el humo, y se sienta a esperar junto a tu cama.

Trae consigo perfumes extinguidos, nombres que el tiempo apenas pronunciaba, fotografías rotas por los años y la voz de quien ya no regresaba.

Tiene el arte cruel de los verdugos: no hiere de una vez, hiere con calma. Te muestra lo perdido en cada espejo y después lo retira de tu alma.

Convierte las canciones en heridas, las calles en reliquias encantadas, los viejos calendarios en cenizas y las noches en cárceles calladas.

Bajo su imperio todo se transforma: un café compartido es una espada, una fecha cualquiera es un abismo, una sombra una ausencia confirmada.

Y sin embargo vuelves a buscarla, como el sediento vuelve hacia el agua amarga; porque hay dolores que nos pertenecen y derrotas que el corazón resguarda.

Así obra la nostalgia, silenciosa, con su antigua elegancia despiadada: te devuelve por instantes el paraíso para después cerrarte la entrada.

Y quedas allí, inmóvil, entre ruinas, con la memoria abierta y desarmada, aprendiendo que existen las torturas que no dejan cicatriz... pero no acaban.
 
La nostalgia no llega dando gritos, ni derriba las puertas de la casa; entra descalza, leve como el humo, y se sienta a esperar junto a tu cama.

Trae consigo perfumes extinguidos, nombres que el tiempo apenas pronunciaba, fotografías rotas por los años y la voz de quien ya no regresaba.

Tiene el arte cruel de los verdugos: no hiere de una vez, hiere con calma. Te muestra lo perdido en cada espejo y después lo retira de tu alma.

Convierte las canciones en heridas, las calles en reliquias encantadas, los viejos calendarios en cenizas y las noches en cárceles calladas.

Bajo su imperio todo se transforma: un café compartido es una espada, una fecha cualquiera es un abismo, una sombra una ausencia confirmada.

Y sin embargo vuelves a buscarla, como el sediento vuelve hacia el agua amarga; porque hay dolores que nos pertenecen y derrotas que el corazón resguarda.

Así obra la nostalgia, silenciosa, con su antigua elegancia despiadada: te devuelve por instantes el paraíso para después cerrarte la entrada.

Y quedas allí, inmóvil, entre ruinas, con la memoria abierta y desarmada, aprendiendo que existen las torturas que no dejan cicatriz... pero no acaban.
Siempre acaba por rompemos en pedazos el alma.

Saludos hasta PR
 

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