La noche en que aprendí tu nombre de memoria

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas


Hay noches que pasan sin dejar huella y hay otras que se quedan viviendo para siempre dentro de nosotros. La noche en que aprendí tu nombre de memoria fue una de esas.

No ocurrió nada extraordinario en el mundo. Las estrellas siguieron colgadas en el mismo sitio, la ciudad continuó respirando con su rutina de luces cansadas y los relojes insistieron en avanzar con la misma indiferencia de siempre. Sin embargo, algo cambió para mí. Algo tan pequeño como escuchar tu nombre salir de tus labios y tan inmenso como descubrir que el universo podía esconderse dentro de una sola palabra.

Lo repetí en silencio mientras hablabas. Lo dejé recorrer los pasillos de mi pensamiento como quien enciende una lámpara en una casa abandonada. Cada sílaba parecía haber existido mucho antes de conocerte, como si mi corazón la hubiera estado esperando desde tiempos remotos sin saberlo.

Aquella noche comprendí que el amor no siempre llega con estruendos ni con promesas grandiosas. A veces aparece disfrazado de conversación sencilla, de una sonrisa que dura apenas unos segundos o de una mirada capaz de detener el ruido del mundo. A veces comienza cuando alguien pronuncia su nombre y, sin explicación alguna, ese nombre encuentra un lugar permanente en nosotros.

Recuerdo que hablábamos de cosas simples. De sueños, de miedos, de caminos recorridos. Pero mientras tus palabras llenaban el aire, sentía que algo invisible escribía una historia en mi interior. No sabía si volvería a verte. No sabía si el destino tendría la delicadeza de cruzar nuestras vidas más de una vez. Lo único que sabía era que ya no escuchaba tu nombre como se escuchan los nombres de los demás.

Desde aquella noche dejó de ser una palabra y se convirtió en un refugio.

Y todavía hoy, cuando el insomnio me visita y la madrugada se sienta a mi lado como una vieja amiga, cierro los ojos y regreso a ese instante. A la luz tenue, a tu voz, a la forma en que el tiempo pareció inclinarse para escucharte. Entonces, comprendo que algunas personas no entran en nuestra vida para quedarse ni para marcharse. Entran para transformarla.

Y tú lo hiciste la noche en que aprendí tu nombre de memoria. Porque desde entonces ya no volví a amar de la misma manera. Porque desde entonces descubrí que hay nombres que se pronuncian con los labios y otros que se guardan para siempre en el alma.
 
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