Volví a revisar nuestras fotos y recordé lo que fuimos ayer. Me detuve a pensar un poco en todo lo que pasamos: risas, llantos, enojos y el tiempo invertido en ti, en mí. Cada detalle, cada conversación, cada noche sin dormir por pensar el uno en el otro. Cómo no recordar el día en que te conocí, tan tímida, pero tan sociable; esa manía tuya de siempre acomodarte el cabello, creyendo erróneamente que lo arreglabas, pero logrando verte más preciosa. Ay, tú, mi chica linda, si supieras que tu curva más perfecta es la que se forma en cada sonrisa, esos hoyuelos coquetos que nacen cuando me miras.
Me vienen a la mente tantos recuerdos en los que tú eras la única protagonista, y yo, mi corazón, entregado a tus pies. No podría olvidar aquellas tardes en las que dejábamos de lado todo por pasar un rato entre nosotros. Teníamos al mundo tan ajeno y nuestra compañía tan viva como una fogata en la oscuridad; veinte minutos nunca, pero nunca, han sido suficientes para conocerte más, para abrazarte más, para acariciar esas suaves mejillas claras, o para decirte lo mucho que te amaba y disfrutaba tu existencia, mi corazón.
Ay, y tus caricias... esas manos sedosas tan delicadas y melosas como la miel, que empalagaban mi corazón dejándolo embriagado. Qué divinos recuerdos tengo contigo, los más vívidos. Cómo olvidar aquellos vestidos que decoraban tu figura joven y enaltecían esa belleza próspera y única, esa belleza tan tuya... oh, solo tuya.
Y es que lo más cautivador era que ni siquiera necesitabas intentarlo. Eras tan sencilla... tu rostro sin una sola gota de maquillaje me bastaba para perderme; aunque claro, las pocas veces que decidías arreglarte un poco más, te veías jodidamente preciosa. Aún te guardo así en mi memoria: como una presencia bella y amigable, pero a la vez tan vulnerable. Sigues siendo una figura que mi instinto me ruega cuidar, alguien a quien no quisiera abandonar nunca para tenerte siempre, siempre conmigo.
Pero la realidad me golpea el pecho y me despierta.
Me obliga a tragarme el ego y aceptar que no soy capaz de suplir lo que tú realmente necesitas, y reconozco —vaya que lo reconozco— todo lo que mereces tener. Y es justo ahí, al darme cuenta de lo mucho que te fallé, que te decepcioné cuando solo debí protegerte...
Perdóname por todos mis berrinches, por mis enojos sin razón o motivo; perdona al hombre que te hizo llorar, que hizo enrojecer esos ojitos que tanto me admiraban. Perdóname por no saberte querer.
Y puedo pasar toda la noche buscando razones inexplicables, solo para que sepas que sentirme en deuda contigo es lo menos que puedo hacer. Mis días padecen de fiebres que parecen no tener final. La casa se ha vuelto tan solitaria como un museo de silencios.
A pesar de que nunca la pisaste, siempre te sentí tan cerca, como si por las tardes llegaras a echarte en mi pecho para no pensar en nada más que en mí, y yo en ti.
Y a veces me descubro mirando el espacio vacío en el sofá donde solías acurrucarte, en mi mente...y el frío de una ausencia, que pasa como corriente helada, entenebreciendo mi vida.
La ventana... ¡cómo me acompaña para observar conmigo la luna!, que anda tan apaciguada, tan silenciosa. ¡Oh, claro, cómo no! Si hasta ella es testigo de las noches en que pensabas en mí, preguntándote por qué, de la noche a la mañana, mi amor por ti se esfumó como niebla de montañas.
Y aunque me enferme aceptarlo, como último acto de piedad a tu encantadora sonrisa, en otra vida no te volvería a buscar, porque sé que sin mí, todo en ti es mejor...
A ver si así te puedo cuidar un poquito mejor, de mí.
Me vienen a la mente tantos recuerdos en los que tú eras la única protagonista, y yo, mi corazón, entregado a tus pies. No podría olvidar aquellas tardes en las que dejábamos de lado todo por pasar un rato entre nosotros. Teníamos al mundo tan ajeno y nuestra compañía tan viva como una fogata en la oscuridad; veinte minutos nunca, pero nunca, han sido suficientes para conocerte más, para abrazarte más, para acariciar esas suaves mejillas claras, o para decirte lo mucho que te amaba y disfrutaba tu existencia, mi corazón.
Ay, y tus caricias... esas manos sedosas tan delicadas y melosas como la miel, que empalagaban mi corazón dejándolo embriagado. Qué divinos recuerdos tengo contigo, los más vívidos. Cómo olvidar aquellos vestidos que decoraban tu figura joven y enaltecían esa belleza próspera y única, esa belleza tan tuya... oh, solo tuya.
Y es que lo más cautivador era que ni siquiera necesitabas intentarlo. Eras tan sencilla... tu rostro sin una sola gota de maquillaje me bastaba para perderme; aunque claro, las pocas veces que decidías arreglarte un poco más, te veías jodidamente preciosa. Aún te guardo así en mi memoria: como una presencia bella y amigable, pero a la vez tan vulnerable. Sigues siendo una figura que mi instinto me ruega cuidar, alguien a quien no quisiera abandonar nunca para tenerte siempre, siempre conmigo.
Pero la realidad me golpea el pecho y me despierta.
Me obliga a tragarme el ego y aceptar que no soy capaz de suplir lo que tú realmente necesitas, y reconozco —vaya que lo reconozco— todo lo que mereces tener. Y es justo ahí, al darme cuenta de lo mucho que te fallé, que te decepcioné cuando solo debí protegerte...
Perdóname por todos mis berrinches, por mis enojos sin razón o motivo; perdona al hombre que te hizo llorar, que hizo enrojecer esos ojitos que tanto me admiraban. Perdóname por no saberte querer.
Y puedo pasar toda la noche buscando razones inexplicables, solo para que sepas que sentirme en deuda contigo es lo menos que puedo hacer. Mis días padecen de fiebres que parecen no tener final. La casa se ha vuelto tan solitaria como un museo de silencios.
A pesar de que nunca la pisaste, siempre te sentí tan cerca, como si por las tardes llegaras a echarte en mi pecho para no pensar en nada más que en mí, y yo en ti.
Y a veces me descubro mirando el espacio vacío en el sofá donde solías acurrucarte, en mi mente...y el frío de una ausencia, que pasa como corriente helada, entenebreciendo mi vida.
La ventana... ¡cómo me acompaña para observar conmigo la luna!, que anda tan apaciguada, tan silenciosa. ¡Oh, claro, cómo no! Si hasta ella es testigo de las noches en que pensabas en mí, preguntándote por qué, de la noche a la mañana, mi amor por ti se esfumó como niebla de montañas.
Y aunque me enferme aceptarlo, como último acto de piedad a tu encantadora sonrisa, en otra vida no te volvería a buscar, porque sé que sin mí, todo en ti es mejor...
A ver si así te puedo cuidar un poquito mejor, de mí.