El día que discutí con Dios sobre el amor no fue en una iglesia. No hubo velas, ni himnos, ni rodillas dobladas. Fue de madrugada, cuando el insomnio me tenía acorralado y el silencio pesaba más que todos mis recuerdos.
—Explícame algo —le dije—. Si el amor es tan hermoso, ¿por qué duele tanto?
No respondió enseguida. Los dioses, o el silencio, tienen la mala costumbre de tomarse su tiempo.
—Porque confundes el amor con la posesión —pareció decirme el aire—. Porque llamas amor a lo que temes perder.
No me gustó la respuesta.
Le hablé de las ausencias, de los mensajes que nunca llegaron, de las despedidas sin explicación, de los nombres que todavía duelen cuando alguien los pronuncia.
Le hablé de todas las veces que abrí el corazón y terminé recogiendo los pedazos.
Entonces me atreví a acusarlo.
—Si tú inventaste el amor, hiciste un trabajo bastante cruel.
La noche permaneció inmóvil.
Y por primera vez comprendí que quizás Dios no había creado el sufrimiento. Tal vez habíamos sido nosotros, empeñados en encerrar lo infinito dentro de nuestras expectativas.
Porque amar no era garantizar permanencias.
Amar era ofrecer.
Era dar un lugar en el alma sin exigir escrituras.
Era dejar que alguien fuera libre incluso cuando esa libertad lo alejaba de nosotros.
No quedé satisfecho.
Las discusiones importantes nunca terminan con un ganador.
Antes de amanecer hice una última pregunta.
—¿Y vale la pena?
Esta vez la respuesta llegó rápido.
En la risa de quienes se fueron. En el abrazo de quienes permanecieron. En las cicatrices que aún conservan luz.
Sí.
Porque el amor fracasa muchas veces como relación, pero jamás como experiencia.
Y mientras el sol comenzaba a romper la oscuridad, entendí algo que me habría gustado saber años atrás:
Que el dolor no es la prueba de que amaste demasiado.
A veces es simplemente la evidencia de que el amor pasó por tu vida y te cambió para siempre.
—Explícame algo —le dije—. Si el amor es tan hermoso, ¿por qué duele tanto?
No respondió enseguida. Los dioses, o el silencio, tienen la mala costumbre de tomarse su tiempo.
—Porque confundes el amor con la posesión —pareció decirme el aire—. Porque llamas amor a lo que temes perder.
No me gustó la respuesta.
Le hablé de las ausencias, de los mensajes que nunca llegaron, de las despedidas sin explicación, de los nombres que todavía duelen cuando alguien los pronuncia.
Le hablé de todas las veces que abrí el corazón y terminé recogiendo los pedazos.
Entonces me atreví a acusarlo.
—Si tú inventaste el amor, hiciste un trabajo bastante cruel.
La noche permaneció inmóvil.
Y por primera vez comprendí que quizás Dios no había creado el sufrimiento. Tal vez habíamos sido nosotros, empeñados en encerrar lo infinito dentro de nuestras expectativas.
Porque amar no era garantizar permanencias.
Amar era ofrecer.
Era dar un lugar en el alma sin exigir escrituras.
Era dejar que alguien fuera libre incluso cuando esa libertad lo alejaba de nosotros.
No quedé satisfecho.
Las discusiones importantes nunca terminan con un ganador.
Antes de amanecer hice una última pregunta.
—¿Y vale la pena?
Esta vez la respuesta llegó rápido.
En la risa de quienes se fueron. En el abrazo de quienes permanecieron. En las cicatrices que aún conservan luz.
Sí.
Porque el amor fracasa muchas veces como relación, pero jamás como experiencia.
Y mientras el sol comenzaba a romper la oscuridad, entendí algo que me habría gustado saber años atrás:
Que el dolor no es la prueba de que amaste demasiado.
A veces es simplemente la evidencia de que el amor pasó por tu vida y te cambió para siempre.