Adalberto Martin USA
Poeta recién llegado
El desconcierto vivo
No sé si muero o si vivo,
ni sé si el pecho respira;
mi propia mente delira
en este cuerpo cautivo.
De mi propio ser me privo,
ya ni me busco en la mente,
pues este dolor viviente
me viste de olvido triste;
soy un fantasma que existe
entre la sombra y la gente.
Me causa pena el desdén
cuando tranquilo me creo,
pero si inquieto me veo
me causa enojo también.
No hallo la calma ni el bien,
nada me deja saciado;
todo me aburre, cansado,
con un amargo sabor,
voy arrastrando el dolor
de mi pecho destrozado.
Ni tengo amor ni lo imploro,
ni el odio en mi pecho prende,
ningún afecto suspende
este desierto que lloro.
Ni soy celoso ni adoro,
ni vivo con confïanza;
ya perdida la esperanza
en este limbo tan mudo,
donde el desgano desnudo
rompe cualquier semejanza.
Lo que desprecio y esquivo
a un mismo tiempo lo amo;
en este incendio me inflamo
y de su fuego revivo.
Soy un desconcierto vivo,
raro monstruo en mi mudanza;
en mí no habita la fianza;
pues todo lo humano agota,
y en contradicción tan rota
la fe del pecho no alcanza.
Soy laberinto y soy sombra,
un ciego que va sin guía,
buscando la luz del día
en el dolor que me nombra.
Mi propio daño me asombra,
huyo de mí sin buscarme;
no logro de mí sacarme
este invierno tan vacío,
donde me domina el frío
sin poder ya rescatarme.
Muero viviendo en la queja
de una interminable lucha;
mi propio orgullo no escucha
mientras la vida se aleja.
Esta existencia compleja
viste mi luto tejido;
quedo en el suelo rendido,
viendo que todo me cansa,
donde el alma no descansa
en su naufragio perdido.
Adalberto Martín
No sé si muero o si vivo,
ni sé si el pecho respira;
mi propia mente delira
en este cuerpo cautivo.
De mi propio ser me privo,
ya ni me busco en la mente,
pues este dolor viviente
me viste de olvido triste;
soy un fantasma que existe
entre la sombra y la gente.
Me causa pena el desdén
cuando tranquilo me creo,
pero si inquieto me veo
me causa enojo también.
No hallo la calma ni el bien,
nada me deja saciado;
todo me aburre, cansado,
con un amargo sabor,
voy arrastrando el dolor
de mi pecho destrozado.
Ni tengo amor ni lo imploro,
ni el odio en mi pecho prende,
ningún afecto suspende
este desierto que lloro.
Ni soy celoso ni adoro,
ni vivo con confïanza;
ya perdida la esperanza
en este limbo tan mudo,
donde el desgano desnudo
rompe cualquier semejanza.
Lo que desprecio y esquivo
a un mismo tiempo lo amo;
en este incendio me inflamo
y de su fuego revivo.
Soy un desconcierto vivo,
raro monstruo en mi mudanza;
en mí no habita la fianza;
pues todo lo humano agota,
y en contradicción tan rota
la fe del pecho no alcanza.
Soy laberinto y soy sombra,
un ciego que va sin guía,
buscando la luz del día
en el dolor que me nombra.
Mi propio daño me asombra,
huyo de mí sin buscarme;
no logro de mí sacarme
este invierno tan vacío,
donde me domina el frío
sin poder ya rescatarme.
Muero viviendo en la queja
de una interminable lucha;
mi propio orgullo no escucha
mientras la vida se aleja.
Esta existencia compleja
viste mi luto tejido;
quedo en el suelo rendido,
viendo que todo me cansa,
donde el alma no descansa
en su naufragio perdido.
Adalberto Martín