Cómo se rompe un corazón sin hacer ruido

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
Los corazones no se rompen como los platos. No caen al suelo. No estallan. No dejan fragmentos visibles que alguien pueda recoger con una escoba al amanecer.

Los corazones se rompen de otra manera.
Se rompen cuando una voz que era costumbre deja de llegar. Cuando el teléfono permanece en silencio durante días y uno sigue mirándolo como quien espera noticias de un barco perdido en el mar.

Se rompen cuando una silla queda vacía demasiado tiempo y la ausencia comienza a sentarse en ella como si tuviera derechos adquiridos. Nadie escucha ese ruido.

La ciudad sigue funcionando. Los autobuses continúan llegando a sus paradas. Los vecinos riegan las plantas. Los niños juegan en los parques. El mundo conserva la insolencia de seguir adelante mientras dentro de uno algo se está desmoronando lentamente.

Quizá por eso duele tanto. Porque no hay ambulancias para las nostalgias ni vendas para las despedidas.

Hay personas que sonríen mientras se les rompe el corazón. Van al trabajo. Preparan café. Contestan correos electrónicos. Hacen compras en el supermercado. Parecen perfectamente normales hasta que una canción, un perfume o una calle cualquiera abre una grieta y por ella se escapa toda la tristeza que habían logrado contener durante el día.

Entonces entienden que el amor no siempre termina cuando termina la relación.

A veces permanece.
Como permanece el olor de la lluvia después de la tormenta. Como permanece la luz de una estrella que ya murió hace siglos y sin embargo sigue llegando hasta nuestros ojos.

Y uno aprende, poco a poco, que romperse también forma parte de estar vivo.
Que algunos amores vienen para quedarse y otros para enseñarnos.
Que ciertas personas no son el destino, sino el camino. Y que los corazones, aunque parezcan derrotados, poseen una extraña vocación de reconstruirse.

No vuelven a ser los mismos.
Llevan cicatrices.
Llevan memorias.
Llevan nombres escritos en lugares donde nadie puede verlos.

Pero continúan latiendo.
Tal vez más despacio.
Tal vez con más prudencia.
Tal vez con una tristeza elegante que antes no tenían.

Y un día, cuando menos lo esperan, descubren que aquello que creían una ruina era apenas una renovación silenciosa.

Porque así es como se rompe un corazón sin hacer ruido. Y así también, casi siempre, es como vuelve a aprender a amar.
 

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