Yo, la delincuente
Enredados en sus dilemas de siempre; en lo primero, final o después, yo ya recogía ramas cuando Narco le dice a Tuco que por qué yo no recogía las bolsas y ellos se encargaban de la poda. Ya que los sabios estaban acordando colocar las dos cosas; una a cada lado de la carrocería del camión. Aunque sin darle tiempo a más, con la misma me giro y me encaro a Narco. ¿Cuatro contra una? Hasta donde sé la labor se hace entre todos, y no me han presentado a nadie con la función de capataz ni escuché decir que lo fueras tú. Apuntando como tal a Narco. Que no les iba a dejar hacerme el vacío durante el trabajo, dando por supuesto que allí no había partes ni enteros. Que dentro del camión o durante el descanso ya lo hacía yo, porque no estaba para nadie, por supuesto. ¿Acaso soy de corrillos? Cómo para aguantar el llevar o traer nada que no fuera en ejercicio de la tarea para la que se me contrató, que me importaban bien poco. ¡Faltaría más! Que no se les ocurriera mandarme hacer otra cosa de lo que ya hacíamos, como debía de ser, estaría bueno. Despachándome a gusto. Que sus teatros también los sabía hacer yo, pero conmigo, por supuesto.
No salía de una para verme en otra. Como si no les hubiera visto venir y llegar con la misma, ¿la tarde siguiente de barrer en la ciudad? Como si me importara algo de lo que acontecía, ¿entre basuras? Como si allí no lo fuera también yo. Pero no les iba a consentir nada, por supuesto, ¿quién era él para mandarme hacer o dejar de hacer? ¡Quién! Vaya, con la vitalidad con la que volvió, me dije. No me iban a hacer callar, siendo la que menos hablaba. ¡De qué! ¿Por dónde? Y menos Narco, que durante la baja de Berta ya intentó un par de escaramuzas como encargado de la caja del camión, al igual que Ángel era un hecho, ¿y? Esta vez las botas las tenía bien firmes, pero no acabó ahí la cosa, no, faltaría más. ¿Y por qué no puede ser?, me interroga. Y por qué no lo haces tú, te contesto, ¿por qué no recoges tú las bolsas y el resto hacemos la poda? ¿Lo quieres así?, te respondo yo. ¿Por qué mandar a otra lo que puedes hacer tú? Con más preguntas, porque por poder se podía, ¿quién decía que no? Como para sumar las cosas que hacemos, aunque, por tacto no debemos hacer. ¿Y?
Todo para después desdecirse en el momento que escuchó bajar a Rubén del camión. Ni por tonta. Claro que no, hombre, entonces para qué te pronunciaste en la dignidad de repartir la labor de las cargas. ¿Dónde estaba el pastel?, le espeté. Sin embargo, se mantuvo callado. En su lugar habló Tuco, apuntando que lo que yo decía no era más que cosas mías, producto de mi cabeza. Sacando a relucir el tema de Ángel, que lo que me pasó con él también fueron cosas mías. A este se le subía todo a ella y la quería hacer valer en mí. ¿Su diagnóstico más acertado? Sí, claro, paranoias mías. Cómo no. Más Berta por otro lado, a la que no le faltó qué hablar sin decir nada. Sin que ella tuviera voz ni voto, por supuesto. Su cometido no pasaba de ser la buena, religiosa para ser más exacta. ¿A juego con las moralinas? No de la Iglesia católica, decía entre sus galas dentro del camión, como si todas las religiones no tuvieran un creador de por medio. ¿Cosas de hombres? ¡Muy hombres! Pamplinas. Y todo para acabar que en su iglesia se decía que el mundo era cosa del diablo, que estábamos en sus manos y que ellos esperaban vivir en la otra vida. ¿En la del juicio final? ¿Se puede ser tan incapaz? ―¿Tú qué dices?―. Sin ni siquiera saber lo que conlleva imaginar un juicio de esas dimensiones. Su bajeza no tenía igual. Como si los cadáveres de un animal o del animal que se denomina humano no canten por igual, ¿o no?
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