María Andrea
Poeta recién llegado
VIENTO FRÍO Y HURACÁN ARDIENTE
Era una noche exageradamente fría, sólo sentía el respiro de la luna acribillada en alturas
A secas apreciaba el movimiento fatigado de las nubes a penas vistas Caminaba desierta y descalza bajo un cielo arrestado de pródigas estrellas sueltas
Viajaba acompañada sin otra cosa que mi sombra cada vez más obscurecida
Bajo una noche endosa, divisaba la niebla, oía un silencio y presentía que el tiempo detendría la más pura aventura cubierta de tu melodía evasiva
Miraba quieta, la neblina se aproximaba, sabía que se aventuraría y enredaría con mi dicha
Bajo la oscuridad, están mis pensamientos apartados de la realidad, que ni deduzco porqué tan tieso mis movimientos que se hallaban estancados en el pantano de la incertidumbre viva.
En aquel tiempo, áspero sintió mi cuerpo, liso sentí mi lecho cuando el viento bofeteó con tal impaciencia sin esperar, que mis músculos quedaran quietos
Fueron instantes donde sin aire quedó el desierto cuando el viento suspiró con tal intensidad, que los huesos crujieron sin piedad y mis nervios se rasgaron sin alguna cicatriz por sanar
Esa noche atiendo el eco de la niebla vagabunda, que hiela mi sangre, hechiza mis venas y recorre las vías de una pasión oculta a la luz del día
Era incuestionable, las noches que me cortejaron labraron la nieve que me cubría a escondidas
Fue irremediable, aquella impávida corriente paralizó la tez de mi piel desnuda
Fueron años de frío, sólo minutos para una alegría que se gozaba de mis días de ilusiones pérdidas
Recorrí cuatro estaciones y cuatro inviernos es lo que mas recuerdo; una primavera y no hallé mariposas ni flores; un otoño que se llevó las hojas secas como mis sueños rotos que quedan quietos junto a la estación perdida ; y un verano ,daré tiempo al tiempo a una estación prometida
Luna llena, cómplice de mis aventuras de locura, iluminaste el barco que me mataría en mis días de sequía
¡Tormenta de hielo! inundaste las cosechas de mis sentimientos, congelaste la brisa del tiempo, templaste la arena ardiente, apaciguaste los latidos de un corazón latiendo
No culpo al viento, ni al tiempo, ni al desierto, sólo al huracán ardiente que sembró pétalos de rosa en el desierto ajeno
No fue el hielo, ni la arena, sino un cielo que me hizo pensar que las aguas recorrerían un caudal sin señal
Pero reclamo al silencio, por no susurrar huellas ajenas en tierras cubiertas, perdono al desierto por cuidar mares lejanos en islas cercanas
Es cierto soy ajena a esas tierras, más no de tus flores, ni tus canteras, ni de tu respiro que alienta mi alma
Viento frío, huracán ardiente en los remolinos de mi corazón latiendo Huracán oculto, te encierras en los nácares de mis sentimientos
Tornado de fuego descongelas montañas, abres los mares, separas los ríos y ventilas el frío
Sin pensar lo que quedo atrás caminé firme para olvidar, lo insano que me hizo pensar que las tardes grises jamás acabarían
Sin vacilar, seguía el compás de mi corazón latiendo
Sin importar si me perdería, seguí los latidos de tu corazón discreto
Y con el tiempo, encontré una rosa guardada tras una cascada,
Una flor sin espinas, ¡que rosa tan bella!
Un tesoro escondido, tras esos ruidos del río
El sonido del agua esconde sus miedos
El vació que siento, me inundaré de esas aguas
Es cierto mis días fueron noches y mis noches penumbras, ahora el amanecer será refugio de una alegría por gozar tu presencia cada día.
Los días fueron años y los años serán siglos y mi vida entera será para una amistad eterna
MARIA ANDREA