Évano
Libre, sin dioses.
Álvaro e Ignacia
Existen seres que parecen embudos por donde las desgracias y los males que les rodean descienden hasta el centro de su mundo, afectándoles y cambiándoles la vida constantemente. El diablo los deja en paz, quizá porque se da por contento con el sufrir diario de estos individuos, o porque la persona que sufre todo ese polvo negro de su alrededor se convierte en un aliado eficaz, sabiendo el diablo que tarde o temprano irán a desembocar a su reino. Con el tiempo casi todas las personas les hacen hueco, una cavidad que acaba arrastrándolos a una soledad querida tanto por ellos como por los que los circundan, al darse cuenta ambos bandos de que hay algo destructivo en medio de ellos: mala suerte, algo que hasta ahora desconocemos, el mismo diablo, o el destino, simplemente.
Álvaro era una de ellas, un imán poderoso que atraía a individuos diferentes a los demás, originales, pero descarrilados de las vías que conducían el tren de las personas normales. Era casi imposible para él conocer a una mujer cotidiana, de amor sincero, con un cariño y una generosidad similar a la de cualquiera que viviera con tranquilidad, sin altibajos. Aunque quería pertenecer a esa gran mayoría que camina por el mundo desahogada y placenteramente hasta la muerte, le era imposible. Tanto tiempo aguantando las sombras de la vida habían hecho de él un huraño, un solitario empedernido, alguien incapaz de proseguir caminando por el estrecho sendero de malezas en la que se había convertido su vida, una vida repleta de desgracias ajenas desembocando en él.
Cuando ya ni siquiera el diablo ni el Otro esperaban nada de Álvaro, apareció Ignacia, una bella y joven mujer que fue a vivir al mismo edificio, al mismo rellano donde habitaba el ahora enigmático hombre de mediana edad, de barba entrecana y medio calvo. El apodo de enigmático no era porque tuviera algo especial, algo oculto —que también pudiera ser—, más bien se lo habían atribuido porque hacía tiempo que no hablaba con nadie, por lo cual los demás decidieron catalogarlo con ese adjetivo, a falta de otro mejor que acudiera a sus espesas mentes.
Puede que Ignacia también fuese una huraña, una persona cansada de relacionarse con mediocres dándoselas de genios, de falsos atletas a los que les costaba respirar cuando se apartaban a cualquier rincón, de vanidosos amantes que eyaculaban en los pantalones antes siquiera de penetrarla, de cotillas y chafarderos que se pasaban las horas criticando a todo el mundo y viendo la paja en el ojo ajeno cuando en el suyo tenían una viga. Era Ignacia una mujer cansada de conocer a ególatras insolidarios y rufianes.
Entablaron relación rápidamente. Apenas discutían porque apenas interactuaban. Era una relación sosa e insulsa en sus comienzos y así prosiguió durante meses, hartando de tanta cotidianidad a Ignacia, la que se dijo que para eso estaba mejor antes, cuando estaba sola, cuando era libre, sin estúpidas ataduras. Como siempre, terminaban sus relaciones pronto, devolviéndola a una soledad acostumbrada, a la espera de la llegada de algún que otro ser extraño.
Álvaro se dio cuenta que pronto quedaría sin compañía alguna, que no vería más su bello rostro y no escucharía más las pocas palabras melódicas que le dedicaba su nueva compañera; que no se deleitaría gozando de su torso desnudo ni de las pocas veces que realizaban el acto sexual cotidiano, el del eterno e incansable misionero. Pensar que su vida volvería a parámetros anteriores le angustiaba más que la muerte misma.
No encontrando ninguna idea, forma o manera de contener la marcha de su compañera, decidió arrojarse al suelo, a sus pies, a la tierra que pisaba su amada Ignacia. Decidió convertirse en un gusano reptante hasta el fin de sus días, hasta su muerte, si fuera necesario. Decidió sisear la tierra que pisaba Ignacia como una vulgar serpiente rechoncha, fofa, de cabeza grande y coronilla amplia. Decidió humillarse, dirían unos; luchar con las armas o el saber que tiene cada uno de los individuos que pueblan este planeta, dirían otros.
Se deslizaba por el suelo como una vulgar sabandija. Dormía, comía y hacía sus necesidades tendido, con la ayuda de un orinal y una palangana para estas últimas necesidades. Se arrastraba tras ella como lo haría un perro transformado en reptil sudoroso y torpe, como un escarabajo pelotero que se acurrucaba en sí mismo al menor contratiempo o regañina de Ignacia. La miraba constantemente con una carita de pena que daría asco a cualquiera por su sumisión, por su patético rogar de ojos reblandecidos y siempre llorosos, por su abatimiento para luchar por la vida como lo haría un hombre. Era repugnante el verlo así y a pesar de todo Ignacia disfrutaba, se reía a carcajadas de él, no con él. Era para ella una novedad asombrosa y original. Jamás tuvo a nadie tan a sus pies, tan a su merced. Por primera vez en sus días era la dueña de un ser humano, pudiendo someterlo a cualquier capricho, vejación o lo que le viniera en gana.
Esta nueva y peculiar actitud de Álvaro la desconcertó al principio, luego le dio pena y más tarde le hizo gracia. Pero fuese por lo que fuese tenía claro que no podía dejar a aquel hombre en semejante posición porque, estaba segura de ello, Álvaro permanecería así hasta su muerte, y moriría si alguien no le ayudaba. Estaba segura porque el mismo Álvaro se lo había reiterado en varias ocasiones, no porque ella fuera adivina. Quería convencerlo para que depusiera una actitud tan poco digna de una persona de su edad, para luego abandonarlo. La batalla sentimental estaba planteada.
—No me vas a chantajear, ¿me entiendes? —le gritaba, bajando la mirada para disfrutar de tal sumisión, mientras lo señalaba con el dedo índice abriéndose y cerrándose, casi con erotismo— No te servirá esta tontería, me marcharé de todos modos y te dejaré ahí tendido como una babosa ridícula.
Pero Álvaro no contestaba. Se limitaba a ponerse boca arriba, mirándola con ojos de gatito que no comprendiera a su ama, lloriqueando. Entonces a Ignacia se le volvía a reblandecer el corazón, se acuclillaba y le acariciaba los pocos pelos de la cabeza como si de tal gatito ignorante se tratara. En esos momentos, Álvaro parecía ser el más feliz del mundo, al dar por hecho que había logrado retenerla otra noche más.
—Está bien, si quieres que me quede tendrás que estar dispuesto a demostrar que me amas más que a nadie, más que a ti mismo, bueno, esto no, ya ha quedado claro que amor por ti no tienes ni el más mínimo —una risa estridente resonó por el comedor al decirlo— ¡Venga!, limpia con la lengua todo el suelo si quieres que me quede. Yo mientras te observaré desde el sofá. Será divertido saber hasta qué punto estás dispuesto a humillarte —ahora las risas eran limpias. Era evidente que Ignacia disfrutaba de verdad, que le hacía una gracia enorme la situación y el mismo Álvaro.
Fue a buscarle un recipiente con agua, para que no se le secara la lengua, e hizo lo que dijo: se sentó en el sofá a mirar cómo el pobre hombre reptante limpiaba con esmero el comedor. Ignacia pensó que se había hecho una ama sadomasoquista de la noche a la mañana, aunque ni siquiera tenía claro lo que significaba esa palabra. Mientras la novata ama se reclinaba en el sofá, regocijándose del panorama y de la coronilla pelada de Álvaro, este pasaba su ancha lengua una y otra vez sobre las baldosas grisáceas. Ignacia, cada vez más alegre y excitada, arrojaba vasos de agua que caían sobre el cuerpo del laborioso gusano y en el suelo del comedor.
—¡Esto es una puta locura, estás como una puta cabra! —gritaba desnuda y de pie, dando saltitos en el sofá, aplaudiéndolo, gesticulando como una forofa empedernida, exclamando insultos e improperios.
De repente se lanzó sobre él, le dio media vuelta, le quitó la ropa empapada y le besó la boca como nunca lo había hecho con nadie. El sudor y el agua formaron un mismo cuerpo, como el de Álvaro e Ignacia, y jadearon y chapotearon hasta quedar exhaustos de sexo y de risas.
Esa noche durmieron juntos sobre un colchón y unas mantas tendidas en el frío y húmedo suelo. Esa noche, Álvaro fue feliz al yacer junto a su compañera; no tuvo que ver el lateral de la cama como otras veces, oyendo el respirar e imaginándose los sueños de ella. Esa noche soñaban juntos.
Transcurrían los días, y a pesar de los buenos momentos que pasaban, mucho más ella que él, las nuevas vivencias chocaban con las antiguas costumbres inculcadas en la mujer. Se decía que no estaba bien esa manera de vivir. Álvaro debía ponerse de pie de una vez por todas y ser una persona normal; pero todas las charlas que le daba eran inútiles. Debía acrecentar las humillaciones o intentar cosas nuevas que indujeran a Álvaro a cambiar de postura, a izarse y a charlar, a convivir otra vez con la gente y su mundo.
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Existen seres que parecen embudos por donde las desgracias y los males que les rodean descienden hasta el centro de su mundo, afectándoles y cambiándoles la vida constantemente. El diablo los deja en paz, quizá porque se da por contento con el sufrir diario de estos individuos, o porque la persona que sufre todo ese polvo negro de su alrededor se convierte en un aliado eficaz, sabiendo el diablo que tarde o temprano irán a desembocar a su reino. Con el tiempo casi todas las personas les hacen hueco, una cavidad que acaba arrastrándolos a una soledad querida tanto por ellos como por los que los circundan, al darse cuenta ambos bandos de que hay algo destructivo en medio de ellos: mala suerte, algo que hasta ahora desconocemos, el mismo diablo, o el destino, simplemente.
Álvaro era una de ellas, un imán poderoso que atraía a individuos diferentes a los demás, originales, pero descarrilados de las vías que conducían el tren de las personas normales. Era casi imposible para él conocer a una mujer cotidiana, de amor sincero, con un cariño y una generosidad similar a la de cualquiera que viviera con tranquilidad, sin altibajos. Aunque quería pertenecer a esa gran mayoría que camina por el mundo desahogada y placenteramente hasta la muerte, le era imposible. Tanto tiempo aguantando las sombras de la vida habían hecho de él un huraño, un solitario empedernido, alguien incapaz de proseguir caminando por el estrecho sendero de malezas en la que se había convertido su vida, una vida repleta de desgracias ajenas desembocando en él.
Cuando ya ni siquiera el diablo ni el Otro esperaban nada de Álvaro, apareció Ignacia, una bella y joven mujer que fue a vivir al mismo edificio, al mismo rellano donde habitaba el ahora enigmático hombre de mediana edad, de barba entrecana y medio calvo. El apodo de enigmático no era porque tuviera algo especial, algo oculto —que también pudiera ser—, más bien se lo habían atribuido porque hacía tiempo que no hablaba con nadie, por lo cual los demás decidieron catalogarlo con ese adjetivo, a falta de otro mejor que acudiera a sus espesas mentes.
Puede que Ignacia también fuese una huraña, una persona cansada de relacionarse con mediocres dándoselas de genios, de falsos atletas a los que les costaba respirar cuando se apartaban a cualquier rincón, de vanidosos amantes que eyaculaban en los pantalones antes siquiera de penetrarla, de cotillas y chafarderos que se pasaban las horas criticando a todo el mundo y viendo la paja en el ojo ajeno cuando en el suyo tenían una viga. Era Ignacia una mujer cansada de conocer a ególatras insolidarios y rufianes.
Entablaron relación rápidamente. Apenas discutían porque apenas interactuaban. Era una relación sosa e insulsa en sus comienzos y así prosiguió durante meses, hartando de tanta cotidianidad a Ignacia, la que se dijo que para eso estaba mejor antes, cuando estaba sola, cuando era libre, sin estúpidas ataduras. Como siempre, terminaban sus relaciones pronto, devolviéndola a una soledad acostumbrada, a la espera de la llegada de algún que otro ser extraño.
Álvaro se dio cuenta que pronto quedaría sin compañía alguna, que no vería más su bello rostro y no escucharía más las pocas palabras melódicas que le dedicaba su nueva compañera; que no se deleitaría gozando de su torso desnudo ni de las pocas veces que realizaban el acto sexual cotidiano, el del eterno e incansable misionero. Pensar que su vida volvería a parámetros anteriores le angustiaba más que la muerte misma.
No encontrando ninguna idea, forma o manera de contener la marcha de su compañera, decidió arrojarse al suelo, a sus pies, a la tierra que pisaba su amada Ignacia. Decidió convertirse en un gusano reptante hasta el fin de sus días, hasta su muerte, si fuera necesario. Decidió sisear la tierra que pisaba Ignacia como una vulgar serpiente rechoncha, fofa, de cabeza grande y coronilla amplia. Decidió humillarse, dirían unos; luchar con las armas o el saber que tiene cada uno de los individuos que pueblan este planeta, dirían otros.
Se deslizaba por el suelo como una vulgar sabandija. Dormía, comía y hacía sus necesidades tendido, con la ayuda de un orinal y una palangana para estas últimas necesidades. Se arrastraba tras ella como lo haría un perro transformado en reptil sudoroso y torpe, como un escarabajo pelotero que se acurrucaba en sí mismo al menor contratiempo o regañina de Ignacia. La miraba constantemente con una carita de pena que daría asco a cualquiera por su sumisión, por su patético rogar de ojos reblandecidos y siempre llorosos, por su abatimiento para luchar por la vida como lo haría un hombre. Era repugnante el verlo así y a pesar de todo Ignacia disfrutaba, se reía a carcajadas de él, no con él. Era para ella una novedad asombrosa y original. Jamás tuvo a nadie tan a sus pies, tan a su merced. Por primera vez en sus días era la dueña de un ser humano, pudiendo someterlo a cualquier capricho, vejación o lo que le viniera en gana.
Esta nueva y peculiar actitud de Álvaro la desconcertó al principio, luego le dio pena y más tarde le hizo gracia. Pero fuese por lo que fuese tenía claro que no podía dejar a aquel hombre en semejante posición porque, estaba segura de ello, Álvaro permanecería así hasta su muerte, y moriría si alguien no le ayudaba. Estaba segura porque el mismo Álvaro se lo había reiterado en varias ocasiones, no porque ella fuera adivina. Quería convencerlo para que depusiera una actitud tan poco digna de una persona de su edad, para luego abandonarlo. La batalla sentimental estaba planteada.
—No me vas a chantajear, ¿me entiendes? —le gritaba, bajando la mirada para disfrutar de tal sumisión, mientras lo señalaba con el dedo índice abriéndose y cerrándose, casi con erotismo— No te servirá esta tontería, me marcharé de todos modos y te dejaré ahí tendido como una babosa ridícula.
Pero Álvaro no contestaba. Se limitaba a ponerse boca arriba, mirándola con ojos de gatito que no comprendiera a su ama, lloriqueando. Entonces a Ignacia se le volvía a reblandecer el corazón, se acuclillaba y le acariciaba los pocos pelos de la cabeza como si de tal gatito ignorante se tratara. En esos momentos, Álvaro parecía ser el más feliz del mundo, al dar por hecho que había logrado retenerla otra noche más.
—Está bien, si quieres que me quede tendrás que estar dispuesto a demostrar que me amas más que a nadie, más que a ti mismo, bueno, esto no, ya ha quedado claro que amor por ti no tienes ni el más mínimo —una risa estridente resonó por el comedor al decirlo— ¡Venga!, limpia con la lengua todo el suelo si quieres que me quede. Yo mientras te observaré desde el sofá. Será divertido saber hasta qué punto estás dispuesto a humillarte —ahora las risas eran limpias. Era evidente que Ignacia disfrutaba de verdad, que le hacía una gracia enorme la situación y el mismo Álvaro.
Fue a buscarle un recipiente con agua, para que no se le secara la lengua, e hizo lo que dijo: se sentó en el sofá a mirar cómo el pobre hombre reptante limpiaba con esmero el comedor. Ignacia pensó que se había hecho una ama sadomasoquista de la noche a la mañana, aunque ni siquiera tenía claro lo que significaba esa palabra. Mientras la novata ama se reclinaba en el sofá, regocijándose del panorama y de la coronilla pelada de Álvaro, este pasaba su ancha lengua una y otra vez sobre las baldosas grisáceas. Ignacia, cada vez más alegre y excitada, arrojaba vasos de agua que caían sobre el cuerpo del laborioso gusano y en el suelo del comedor.
—¡Esto es una puta locura, estás como una puta cabra! —gritaba desnuda y de pie, dando saltitos en el sofá, aplaudiéndolo, gesticulando como una forofa empedernida, exclamando insultos e improperios.
De repente se lanzó sobre él, le dio media vuelta, le quitó la ropa empapada y le besó la boca como nunca lo había hecho con nadie. El sudor y el agua formaron un mismo cuerpo, como el de Álvaro e Ignacia, y jadearon y chapotearon hasta quedar exhaustos de sexo y de risas.
Esa noche durmieron juntos sobre un colchón y unas mantas tendidas en el frío y húmedo suelo. Esa noche, Álvaro fue feliz al yacer junto a su compañera; no tuvo que ver el lateral de la cama como otras veces, oyendo el respirar e imaginándose los sueños de ella. Esa noche soñaban juntos.
Transcurrían los días, y a pesar de los buenos momentos que pasaban, mucho más ella que él, las nuevas vivencias chocaban con las antiguas costumbres inculcadas en la mujer. Se decía que no estaba bien esa manera de vivir. Álvaro debía ponerse de pie de una vez por todas y ser una persona normal; pero todas las charlas que le daba eran inútiles. Debía acrecentar las humillaciones o intentar cosas nuevas que indujeran a Álvaro a cambiar de postura, a izarse y a charlar, a convivir otra vez con la gente y su mundo.
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