Guillermo Jaimes
Poeta recién llegado
Y el rocío del silencio
que riega la hierba seca del olvido,
empapa mis sentimientos
llenándolos de lodo.
Las palabras se escaparon
dejando profundas huellas
en la deprimida faz de mi existencia,
que clama una vuelta al ayer.
Caen como lluvia luciérnagas que agonizan,
toda fuente de luz ha de deprimirse,
sin remedio lanzan sus cuerpos al abismo.
Parece estar ausente el motivo de días mejores,
y en mi insistencia de hacerle volver
solo regreso con las manos vacías.
Una daga envenenada está clavada en la tierra
y de la herida supuran lásgrimas de sangre,
parece detener el mundo la noche sin su voz
el día transcurre lento, el viento trae a mi su adiós.
Entre cenizas amazo el recuerdo,
que vivo en mis neuronas es lo único que queda,
esperanzas casi rotas claman ser enmendadas
y hay momentos en que el silencio me reclama
la imprudencia de encerrarme en el calabozo de mi mente,
porque la inacción lo ha mandado todo a su fin
y mis lágrimas protestan humedeciendo mi razón
que riega la hierba seca del olvido,
empapa mis sentimientos
llenándolos de lodo.
Las palabras se escaparon
dejando profundas huellas
en la deprimida faz de mi existencia,
que clama una vuelta al ayer.
Caen como lluvia luciérnagas que agonizan,
toda fuente de luz ha de deprimirse,
sin remedio lanzan sus cuerpos al abismo.
Parece estar ausente el motivo de días mejores,
y en mi insistencia de hacerle volver
solo regreso con las manos vacías.
Una daga envenenada está clavada en la tierra
y de la herida supuran lásgrimas de sangre,
parece detener el mundo la noche sin su voz
el día transcurre lento, el viento trae a mi su adiós.
Entre cenizas amazo el recuerdo,
que vivo en mis neuronas es lo único que queda,
esperanzas casi rotas claman ser enmendadas
y hay momentos en que el silencio me reclama
la imprudencia de encerrarme en el calabozo de mi mente,
porque la inacción lo ha mandado todo a su fin
y mis lágrimas protestan humedeciendo mi razón