Évano
Libre, sin dioses.
De las hojas de los fríos árboles cuelga el tiempo, cansino, adormecido, como si no quisiera avanzar, medio abrigado en sí mismo. El viento a penas se arrastra por las carreteras desoladas; no quiere entrar en los prados, ni rodear ni servir de colchón a las horas que caen por pura pereza. Todo son abrigos y guantes, calcetines gruesos y botas emitiendo unos sordos pasos que no van a ningún lugar; mueren al instante mientras los gorros de lana miran constantes atrás, a cualquier atrás, cualquiera vale. La niebla va surgiendo de las casas de piedra para apoderarse poco a poco de los valles. Es una niebla que sale de los humanos encerrados en sí mismos: una pus emergiendo de sus cuerpos; una limpieza anual innecesaria.
Entre el blanco y espeso manto masticable brotan las flores del tiempo. Las hojas las alimentan y su fruto será la futura primavera. La última. Siempre es la última, la misma: la noria en su apogeo cansada de enseñar lo mismo una y otra vez a unos seres que siempre tienen los mismos ojos vacíos. La flor será negra. Siempre ha sido oscura, con pétalos de sombras. Algunos las ven de colores, pero es azúcar, locura, una falsa ilusión de los amores pasajeros de un barco que siempre acaba naufragando, como un Titanic embistiendo los hielos que navegan por los mares traicioneros.
Por los valles muertos del invierno se oyen los aullidos de los ancestros. Susurran desde los cementerios, nos llaman. Es un ulular volando hacia las flores que brotan de los árboles dormidos por el tiempo cansado que cuelga de las hojas. En las casa de piedra, los humanos van quedándose en huesos y carnes, en esqueletos que quizá resurgirán otra vez en una primavera de piernas delgadas, anoréxicas. Cuerpos inclinados ante la perspectiva de la definitiva bajada a la tierra a la que pertenecen: es el decir adiós al cielo de azúcares oníricos del hombre, el impacto de los huesos contra la dura realidad que somos.
Los árboles del invierno serán carámbanos clavados en la hierba, los recorrerán los espíritus moribundos que se arrastran buscando a sus ánimas. No hay almas. Ninguna logra entrar a ningún sitio, solo a los camposantos de los ancestros. Ellas serán voces que se junten para incrementar el llamamiento a los que se niegan a ser lo que son. Cada vez son más. Cada vez somos más los muertos habitando a este mundo.
El tiempo cuelga perezoso y para siempre de las hojas de los árboles cansados de sobrevivir para embellecer los paisajes de unos ojos que no quieren ver. Quizá todo acabó hace tiempo, ese día en el que no nos arrancamos el corazón ante una injusticia, o delante del amor que nos rechazó. Murió cuando decidimos que la vida era la paz de lo muerto y la seguridad de amarrar a los barcos en los puertos. Falleció cuando no quisimos a las tormentas y a las lluvias y a las nieves y acariciar a las rosas aunque nos rajáramos las manos por las espinas. Ahora colgamos cansinos de las hojas de los árboles de carámbanos dormidos. Ahora ya no somos mas que esqueletos en las habitaciones de las casas de piedra; huesos y carnes alimentando la chimenea por donde sale la poca alma que nos queda. Que les vaya bien a nuestros espíritus, los que vagarán desnudos por los infinitos campos y mares de la soledad más absoluta.
Yo fumo enfrente de la chimenea porque quiero dar un toque de nicotina al vacío del universo, es mi única contribución posible.
Entre el blanco y espeso manto masticable brotan las flores del tiempo. Las hojas las alimentan y su fruto será la futura primavera. La última. Siempre es la última, la misma: la noria en su apogeo cansada de enseñar lo mismo una y otra vez a unos seres que siempre tienen los mismos ojos vacíos. La flor será negra. Siempre ha sido oscura, con pétalos de sombras. Algunos las ven de colores, pero es azúcar, locura, una falsa ilusión de los amores pasajeros de un barco que siempre acaba naufragando, como un Titanic embistiendo los hielos que navegan por los mares traicioneros.
Por los valles muertos del invierno se oyen los aullidos de los ancestros. Susurran desde los cementerios, nos llaman. Es un ulular volando hacia las flores que brotan de los árboles dormidos por el tiempo cansado que cuelga de las hojas. En las casa de piedra, los humanos van quedándose en huesos y carnes, en esqueletos que quizá resurgirán otra vez en una primavera de piernas delgadas, anoréxicas. Cuerpos inclinados ante la perspectiva de la definitiva bajada a la tierra a la que pertenecen: es el decir adiós al cielo de azúcares oníricos del hombre, el impacto de los huesos contra la dura realidad que somos.
Los árboles del invierno serán carámbanos clavados en la hierba, los recorrerán los espíritus moribundos que se arrastran buscando a sus ánimas. No hay almas. Ninguna logra entrar a ningún sitio, solo a los camposantos de los ancestros. Ellas serán voces que se junten para incrementar el llamamiento a los que se niegan a ser lo que son. Cada vez son más. Cada vez somos más los muertos habitando a este mundo.
El tiempo cuelga perezoso y para siempre de las hojas de los árboles cansados de sobrevivir para embellecer los paisajes de unos ojos que no quieren ver. Quizá todo acabó hace tiempo, ese día en el que no nos arrancamos el corazón ante una injusticia, o delante del amor que nos rechazó. Murió cuando decidimos que la vida era la paz de lo muerto y la seguridad de amarrar a los barcos en los puertos. Falleció cuando no quisimos a las tormentas y a las lluvias y a las nieves y acariciar a las rosas aunque nos rajáramos las manos por las espinas. Ahora colgamos cansinos de las hojas de los árboles de carámbanos dormidos. Ahora ya no somos mas que esqueletos en las habitaciones de las casas de piedra; huesos y carnes alimentando la chimenea por donde sale la poca alma que nos queda. Que les vaya bien a nuestros espíritus, los que vagarán desnudos por los infinitos campos y mares de la soledad más absoluta.
Yo fumo enfrente de la chimenea porque quiero dar un toque de nicotina al vacío del universo, es mi única contribución posible.
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