He aquí mi opinión:
Desde el instante mismo perdido en la infinitud del espacio y en la eternidad del tiempo de su origen, y en virtud de la base cuántica misma de la naturaleza física de su constitución orgánica, el ser humana trabaja, porque la sinergia y el intercambio sinérgico son las constantes absolutas, infinitas y eternas de la existencia del universo.
No existe, ni ha existido y nunca existirá en parte alguna del universo, por tanto, un ser humano vivo que no trabaje cada segundo de su existencia, porque, aún dormido, su psiquismo se mantiene activo involuntariamente desarrollando las sinergias y los intercambios sinérgicos naturales del inconsciente.
Pero cuando el ser humano trabaja en la vigilia atenta y perceptiva de la consciencia para satisfacer el imperativo sinérgico de su existencia, en el intercambio sinérgico con la naturaleza de que forma parte, va dejando una estela evanescente de tiempo en la que irremediablemente se incorporan cuántos de energía de su propio ser, que quedan atrapados en el espacio. Esta estela es su movimiento, su propia existencia material, porque el movimiento es, en esencia: energía existiendo en el tiempo, en apariencia: energía existiendo en el espacio, y en su ser concreto: energía existiendo en el espacio-tiempo: materia en transformación.
Como muchos otros especímenes del reino animal, ha logrado aprovechar las ventajas de la inteligencia de que ha sido dotado por la naturaleza para economizar objetivamente el movimiento, ahorrando espacio, tiempo y energía en la satisfacción del imperativo sinérgico de su existencia. Más, oh fatalidad, el sistema nervioso no pudo conformarse con la astucia, así que dio a comer al ser humano el fruto del árbol del conocimiento y he aquí, de pronto comenzó a darse cuenta de que se daba cuenta: la conciencia se manifestó dentro de la consciencia, permitiendo al ser humano eficientizar el ahorro de espacio, tiempo y energía, creando modos y medios cada vez más eficaces de economizar el movimiento para garantizar su propia sinergia, desentrañando incluso los elementos más celosamente encriptados en el movimiento universal.
Uno de estos medios y modos es el despojo, el hurto descarado y violento de espacio, tiempo y energía ahorrados objetivamente por y en sus mismos congéneres, dando lugar a la deflagración del movimiento en su dimensión antropológica, apostando así, a la guerra, como el medio y el modo más expedito y eficaz del despojo, desarrollándose, a la par de ésta y sobre su base, modalidades menos violentas y subliminales: el tributo, la usura, la esclavitud, la servidumbre y el salario.
Descubrió también en el intercambio pacífico de tiempo, espacio y energía objetivamente economizados, una forma racional de evitar el desperdicio de los cuántos de movimiento que implica la guerra, dando origen al trueque y al comercio, a cuyo efecto de facilitar el intercambio pacífico de formas distintivas de movimiento entre congéneres iguales, diseñó un símbolo universal: el dinero, para establecer la equivalencia de espacio, tiempo y energía existente entre cada forma distintiva de su objetivación, que ha venido evolucionando, perfeccionándose gradualmente en la medida en que evolucionan y se perfeccionan los modos y medios de ponderar con mayor precisión los cuántos de movimiento objetivado en cada una de sus distinciones y, en consecuencia, en las relaciones asociativas e interactivas de los intercambios sinérgicos de movimiento del ser humano entre congéneres iguales.
Sin embargo, la serpiente ha reclamado siempre el crédito de la co-consciencia, dejando la mayor parte de tiempo al ser humano a merced de su pura subjetividad psíquica, instigando la primacía supérstite de los instintos sobre la racionalidad, bajo la forma de las diez modalidades del aparecer el ser inferior de la humanidad que constituyen la vanidad: la ignorancia, la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza, el miedo y la tristeza.
Cuatro de estas modalidades ―la ignorancia, la avaricia, la envidia y la pereza―, conforman un entramado complejo de relaciones asociativas e interactivas en la subjetividad psíquica del ser humano, que dan lugar en la objetividad psíquica y en la conciencia al deseo insaciable de apropiación de espacio, tiempo y energía más allá de toda racionalidad: la concupiscencia, con la finalidad de satisfacer a la soberbia, a la lujuria y a la gula, de tal manera que la ira, el miedo y la tristeza no signen la distinción de su automovimiento.
La concupiscencia expresa en el derecho de apropiación privativa, la forma racional de sublimación y justificación, desarrollándose en torno suyo y sobre su base, modos y medios cada vez más sofisticados de sublimación y fascinación, que originan, refuerzan y amplifican un complejo sistema de relaciones asociativas e interactivas en y entre la subjetividad y la objetividad psíquicas del ser humano, dando espacio, tiempo y energía a la alienación. El modo y medio más desarrollado y sofisticado de generación, reforzamiento y amplificación de este complejo sistema objetivo-subjetivo es el mercadeo, que no es otra cosa que la manipulación de las modalidades de la vanidad para instigar la necesidad de su satisfacción.
En conclusión: el despojo, el derecho de apropiación privativa y el mercadeo, conforman la cúspide cultural civilizatoria del ser inferior de la humanidad. Y su crítica racional implacable, en consecuencia, el punto de partida de su superación para la realización del ser superior de la humanidad: la plenitud del ser humano, que consiste en la realización dialéctica integral sus diez modalidades: la sabiduría, la humildad, la generosidad, la autoestima, la paciencia, la castidad, la templanza, la diligencia, la entereza y la serenidad.