Ederick
Poeta recién llegado
Roma salía todas las mañanas,
muy temprano a trabajar; pero sin ansias.
El trabajo en un año llegó a cansarle,
y había menguado en sus labores familiares.
Una mañana Roma entró a la oficina,,
y se encontró con un hombre, que adusto
se instalaba al costado de su escritorio.
De pronto al cruzar miradas, la luz de sus ojos
eclipsó la ardiente y despejada mañana.
Desde aquel día Roma cambió de actitud,
cambió radicalmente de carácter, ganó unas ansias
por el trabajo, que se desesperaba por llegar
cada vez más temprano a su centro de labores.
Martel logró captar su atención, durante aquel tiempo,
y Roma sólo se enfocó en él, aislándolo del resto.
Es constitutivo de nuestra conciencia atender algo
y en especial la mujer, y Martel lo supo bien.
Fue así como en ese lapso de tiempo logró enamorarla.
Una mañana Roma salió de su hogar, una angustia la embargaba,
salió sin decir casi nada. Al llegar a la oficina comunicaba
su decisión a Martel, y él muy contento sonrió satisfecho.
Roma aplicó aquel pretérito dicho de San Agustín:
«Mi amor es mi peso: Por él voy dondequiera que voy».
Roma partió clandestinamente a otra ciudad con Martel,
al llegar la noche, y ver que Roma no llegaba, Aquilino,
su esposo, salió desesperado a buscarla por toda la ciudad,
muy preocupado la buscó y toda su búsqueda fue de adversidad.
Así pasó el tiempo, y las lágrimas de sus dos pequeños hijos
rodaron a diario afligidas por sus frágiles rostros durante varios
meses, Aquilino no podía creer lo que todos le decían,
que su mujer se había largado con su nuevo galán,
él solo creía que su mujer se fue para ganar más dinero.
Desde aquel episodio triste para Aquilino y sus pequeños,
ya han transcurrido quince años, hace días fue el cumpleaños
número dieciocho de Eneas, el menor de sus hijos.
En el esplendor de la noche, Eneas recordó a su mamá.
Después de un rato, Eneas viró la cabeza hacia el postigo,
y se encontró con una sombra, o mejor dicho la silueta
de Roma, esa silueta era como la espada de Diomedes,
sus filos de rencor e incertidumbre estaban a punto
de atravesarle el corazón. Pero Aquilino le salvó.
Roma había regresado arrepentida, Martel se cansó de ella.
Y no halló más solución que volver a pedir perdón a sus hijos,
y sus hijos la perdonaron, Aquilino fluctuó un poco, pero
terminó por perdonar; mas no regresaron con ella, solo la perdonaron
Roma ahora pasa sus días sola, cansada, en un pequeño cuarto
alquilado por sus hijos, que una vez a la semana la visitan.
muy temprano a trabajar; pero sin ansias.
El trabajo en un año llegó a cansarle,
y había menguado en sus labores familiares.
Una mañana Roma entró a la oficina,,
y se encontró con un hombre, que adusto
se instalaba al costado de su escritorio.
De pronto al cruzar miradas, la luz de sus ojos
eclipsó la ardiente y despejada mañana.
Desde aquel día Roma cambió de actitud,
cambió radicalmente de carácter, ganó unas ansias
por el trabajo, que se desesperaba por llegar
cada vez más temprano a su centro de labores.
Martel logró captar su atención, durante aquel tiempo,
y Roma sólo se enfocó en él, aislándolo del resto.
Es constitutivo de nuestra conciencia atender algo
y en especial la mujer, y Martel lo supo bien.
Fue así como en ese lapso de tiempo logró enamorarla.
Una mañana Roma salió de su hogar, una angustia la embargaba,
salió sin decir casi nada. Al llegar a la oficina comunicaba
su decisión a Martel, y él muy contento sonrió satisfecho.
Roma aplicó aquel pretérito dicho de San Agustín:
«Mi amor es mi peso: Por él voy dondequiera que voy».
Roma partió clandestinamente a otra ciudad con Martel,
al llegar la noche, y ver que Roma no llegaba, Aquilino,
su esposo, salió desesperado a buscarla por toda la ciudad,
muy preocupado la buscó y toda su búsqueda fue de adversidad.
Así pasó el tiempo, y las lágrimas de sus dos pequeños hijos
rodaron a diario afligidas por sus frágiles rostros durante varios
meses, Aquilino no podía creer lo que todos le decían,
que su mujer se había largado con su nuevo galán,
él solo creía que su mujer se fue para ganar más dinero.
Desde aquel episodio triste para Aquilino y sus pequeños,
ya han transcurrido quince años, hace días fue el cumpleaños
número dieciocho de Eneas, el menor de sus hijos.
En el esplendor de la noche, Eneas recordó a su mamá.
Después de un rato, Eneas viró la cabeza hacia el postigo,
y se encontró con una sombra, o mejor dicho la silueta
de Roma, esa silueta era como la espada de Diomedes,
sus filos de rencor e incertidumbre estaban a punto
de atravesarle el corazón. Pero Aquilino le salvó.
Roma había regresado arrepentida, Martel se cansó de ella.
Y no halló más solución que volver a pedir perdón a sus hijos,
y sus hijos la perdonaron, Aquilino fluctuó un poco, pero
terminó por perdonar; mas no regresaron con ella, solo la perdonaron
Roma ahora pasa sus días sola, cansada, en un pequeño cuarto
alquilado por sus hijos, que una vez a la semana la visitan.