darwinsin
Poeta que considera el portal su segunda casa
En una catedral melancólica se realiza un ritual satánico. Seres taciturnos caminan lentamente para llevar a cabo tan funesto sacrificio, una virgen es el cuerpo a inmolar, la nave evidencia el procedimiento atroz, gimen las imágenes tenues. Una pequeña luz se arrastra por el rosetón que, como prisma vítreo ilumina un espacio tétrico.
Monjes de la oscuridad desnudan la castidad de la víctima. Los ángeles caídos ríen por el alma condenada puesta a servicio del abismo ardiente.
Una diadema como puñal de acero degüella a la vestal, a borbotones los fluidos torrenciales de sus lamentos se vierten para celebrar el aniversario de Satán.
Caín decapita las ilusiones vagas de la pubescente. Velas negras y blancas lloran por el holocausto, las gárgolas gimen en lamentaciones aciagas; ellas nada pueden hacer para salvar a la doncella que escucha asustada la oración tenue que emiten los ángeles caídos:
¡Oh Lucifer! Que estás en el infierno,
anatemizado sea tu nombre,
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el Averno.
Danos hoy nuestro mal de cada día;
incita nuestras ofensas,
ya que nosotros también maldecimos
a los que nos ofenden;
déjanos caer en la tentación
y líbranos de toda bondad.
Amén.
En un sincretismo irracional fenecen los suspiros umbríos de la nueva Princesa del Infierno, que va a estar a la diestra de nuestro señor Lucifer.
