Prólogo.
Durante la intensa lluvia, la atmósfera se colmó de nebulosa neblina, un silbante viento de fuertes
rachas helaba el cuerpo. En una desvencijada calle de lúgubre silencio, alargada a contra luz, surgió
su sombra; sinuosa sobre el humedecido asfalto, rompía la silenciosa noche con el arrastrar de unos
pasos en dudoso camino, tras los cuales, una andrajosa figura giró la esquina, luciendo sin pudor
sucios harapos.
El devenir de sus pasos rítmicamente seguía, el chirriante girar de las ruedas de un carrito de compra,
sustraído de algún supermercado, colmado en su espacio con plásticas bolsas, que anudaban en ellas,
las pertenencias de tan siniestro personaje.
Llegaban las navidades, tiempo feliz que le agobiaba, él no tenia derecho a esa felicidad, pensó,
acompañado solo por el mecánico crujir de las ruedas del carrito que penosamente empujaba, y,
la alargada sombra de un famélico perro que unió a aquel camino su fiel pisada.
El asfalto humedecido por la llovizna, servia como espejo a la ciudad que en él se reflejaba. A lo largo
de sus pasos hubo visto: casas invertidas, nubes de negros presagios como suelo, paredes de movibles
colores que se ofrecían a su vista. Solo eso, y el silencio. La calle se le inclinó, obligándole a forzar su
lento paso, y en la acera se reflejo la barandilla de un puente. Había llegado. Siguió su penoso vagar
hasta lo más alto de aquella superficie, justamente el centro, donde más altitud le separaba de aquel
mundo que tanto le dañaba.
Tenia que huir de él y aquel era el mejor modo. Se apoyó en la baranda y observó sin miedo la
distancia; pensó en la caída sin importarle. Sintió en su pecho el vértigo al caer, sin miedo alguno.
Solo el golpe final le preocupó. Notó el quebrar de sus huesos por el impacto, sus recuerdos se
agolparon en él y un dolor asfixiante anidó en su pecho, haciéndole sentir como marioneta, derramándose en sanguinolento calor sobre un charcado suelo.
Aquello le preocupó. Sus folios se ensuciarían de sangre, e impediría su lectura, -no- eso no podía
suceder. ¿Cómo solucionarlo?.
Aceleró su quietud hacia el carro y buscó en su miseria la utilidad. Tenía que estar allí. Tras un
acelerado trasiego, al fin respiró; lo había encontrado. Se trataba de un rollo de precinto con el
que atar en una bolsa su escrito. Quinientos folios manuscritos, con los que realizó un contundente
paquete que adosó a su cintura, en un último giro de la adhesiva cinta.
Tras ello, volvió de nuevo a la barandilla aferrándose al frío hierro; la humedad por lo llovido lo había
convertido en resbaladizo pero no le importó, y tras mirar con soberbia al cielo, lo traspasó, para
quedar en su exterior agazapado.
Los deslumbrantes faros de un potente vehículo le iluminaron junto al chirriar de unos frenos.
En el momento de su abandono, alguien saltó del automóvil y en frenética carrera gritó su nombre:
-¡¡ Miguel, Miguel!!
Capítulo 1
Iniciáronse desde lo ínfimo, tenues rayos de claridad, que acrecentándose en su esplendor,
recordaban lanzas de luz; las cuales, tras herir la espesura de hojas, en las tupidas copas de viejos y
gigantescos álamos, cruzaban el estrecho ventanuco, para morir en las arcillosas losas como circulares
óvalos de luz, que daba iluminación a aquel pequeño recinto, donde dos sudorosos cuerpos,
despertaban al alba de un nuevo día.
Al abrir sus oscuros ojos aceitunados, una mueca de alegría rió en su boca. Siempre hubo sido alegre
su despertar; la mañana le aportaba la ilusión, que a lo largo el día solía contradecir. Se incorporó de
la cama y tras apoyar los pies en el frío suelo, quedó sentado en ella. Exuberante fue su bostezo, para
exhibir al máximo una blanca y armoniosa dentadura, mientras sus manos se enlazaban tras su cabeza
y contoneaba un torso de fuerte y musculoso costillar, adosado en robustos dorsales.
Tornó sus manos a las rodillas y permaneció unos segundos, suspendido en el recuerdo de una vida
tiempo atrás dejada.
Se cumplían quince meses de aquella aventura, hubo tardado más de lo previsto pero ahora estaba
culminada: se sintió feliz al reconocer, que por fin lo había logrado, ello le hacía enorgullecerse;
restregó los pies en las baldosas, reconfortándole su frialdad. Jamás le gustó remolonear en la cama,
una vez despertado el cuerpo, rehecho en su cansancio, le exigía el brinco. Las sábanas, impregnadas
del oloroso sudor del sueño, con su calor aún en ellas, le impulsaban a levantarse, sus abotargadas
carnes, marcadas por los serpenteantes dobleces de la arrugada tela, le rogaban, le forzaban a alzarse.
Obligado por esta sensación, su primer deseo al despertar era pisar con desnudo pie el suelo, eso le
despejaba. Era ese su despertar.
Muchos se lavan compulsivamente el rostro con agua fría o templada, otros se humedecen las pestañas
y arrastran de ellas con las uñas los restos del pasado sueño, los hay que toman buchadas con las que,
tras una series de gárgaras, escupen con fuerza; los que asean las comisuras de sus labios, con las
yemas de los dedos y se restriegan los ojos; los hay incluso, que para espabilarse, humedecen sus
cabellos y echan agua en su nuca, e introducen su cabeza por completo en el frescor, o se entregan a la
ducha: muchos son los despertares.
El suyo era sentir bajo el desnudo pie, la frialdad que el suave aire de la noche impregnara sobre el
suelo. Ese al menos hasta entonces, hubo sido siempre el despertar, en los veintisiete años, de aquel
joven vigoroso y decidido, capacitado para alcanzar cualquier meta, dispuesto siempre al máximo
sacrificio por conseguir su objetivo, incapaz de perder la mínima ocasión. En eso era igual a su madre,
una mujer, aun revestida de ausencia, luchadora, tenaz, que tras su viudez, consiguió que el heredado
negocio floreciera y se multiplicase de tal forma, que, tanto ella, como su hijo, pudieran disfrutar de
una desahogada vida. Nunca le faltó nada, jamás supo de una necesidad; sin embargo ahora,
despertaba en la pequeña habitación de un albergue, un asilo de caridad donde adecentar miserias,
donde el que nada tenía, podía disfrutar una frugal cena, un agradable desayuno y sobre todo, una
pequeña cama, para descansar el cuerpo de su vagar diario. Momentos que por propia voluntad, él
sufría.
Había tomado esa decisión un año atrás. Recordó la voz de su madre al saberlo: fría, distante, potente.
Siempre esperó de él que prosiguiera su labor al frente de la empresa, en cambio, le había salido un
hijo escritor, cosa que consideraba una locura. Nunca, aun aceptándola, comprendió aquella su
elección en la vida. Ella era totalmente cerebral, jamás realizaba una acción, si esta no le reportaba
beneficio, por ello, siempre le decepcionó aquella afición de su hijo.
El cual, aunque había editado varios trabajos, todos los consideró sin importancia. Los encontraba
vacíos de sentimientos, historias huecas de una situación acomodada, mantenida por ella.
Con el interés de algún día, convencerle de lo inútil de su vocación. Supo esperar a que se
desilusionara, pretendía que él se hiciese cargo de la empresa y continuamente se lo recordaba.
Él por su parte demostraba ser buen hijo, y aun sin obedecerla en sus continuos consejos, nunca
olvidaba fechas propicias para obsequiarla con flores o bombones, que eran su debilidad y que en
extremo la ilusionaba. Intentaba con sus zalamerías, conseguir el beneficio de su aceptación, sobre
aquel camino, en el cual, se sentía arrastrado a proseguir.
Sus trabajos anteriores le dañaron. Con la ilusión de un crío esperó tras ello la cúspide de la fama,
conoció la decepción de sentirse vulgar. Esas fueron las palabras de su amigo y editor. Le dolió. De
ahí que para buscar solución a aquella vulgaridad, tratara de vivir las experiencias de su propio
personaje: Un escritor sin recursos, que con una gran obra, se enfrentaría a la burocracia de las
editoriales. Con ello quiso, en cierta forma, vengarse de su amigo por el daño causado.
Sin embargo el editor, acogió gustoso aquella idea. Según sus palabras, podría aportarle el
sentimiento que le faltó en sus anteriores trabajos; incluso su madre le alentó, aun con temor, pero
consintió en ello. Su aceptación, encerraba el deseo de que aquel fuera su último intento.
Durante unas semanas lo preparó todo, se concedería unos meses para aquella aventura, dispondría de
lo mínimo: Un tope de dinero mensual, con el que poder pagar su sustento y el tabaco, como único
vicio.
Ahora, tras cumplir el tiempo, con la recopilación de quinientos folios manuscritos, consideró
terminada su idea. Por lo que esa mañana, volvería a su pequeño estudio en el barrio sibarita de
la ciudad, del cual, en aquellos meses estuvo ausente por el pudor a ser reconocido.
Su labor la hubo desarrollado, en lo más humilde de la ciudad, zona de la cual se encontraba ahora
saturado. Y añoró ilusionado, encontrarse de nuevo en el ambiente que su posición le ofrecía.
Tras una rápida ducha programada en un tiempo. Se vistió con sus mejores galas; por no mostrar a
nadie, el mundo del cual salía.
Su camisa, antes pulcramente lavada y tersa en su planchado, presentaba ahora alguna que otra
mancha entre sus innumerables arrugas. Consciente del tiempo que le faltaba para llegar a su casa, no
le importó. Tampoco la vieja mochila, que tras muchas noches de dormir en las aceras sobre viejos
cartones, había usado como almohada: lo que si le interesaba era su contenido, aquellos quinientos
folios, los cuales en una primera corrección, daría pie a su novela.
Alegre, cual quinceañero, abandonó el pequeño dormitorio donde su obeso compañero, bostezaba
el despertar. Este era grande, de ancha frente en amplia cabezota, con incipiente calvicie apenas
oculta por negros y lacios cabellos, de nariz carnosa y de redonda cara, donde de manera especial,
unos ojos diminutos y estrechos, apenas visible por debajo de unos hinchados parpados, llamaban
poderosamente la atención.
Había convivido dos meses con él, soportó sus ronquidos y el fuerte olor de sus pies. Era un hombre
esquivo siempre, de los que aun sin mirarte, están pendiente de ti. Aunque de lo que en aquel alberge
se encontraba pertenecía a lo mejorcito.
Ahora también él se encontraba feliz. Llevaba dos semanas trabajando como guarda jurado, puesto
que a sus cincuenta y dos años, era lo que tras su separación matrimonial, había conseguido.
Muchas noches le había hablado de buscar otro lugar donde dormir, poder pagar una habitación en
casa compartida, para evitarse lo vergonzoso de vivir en un albergue.
Le reconoció un merito, por querer huir de la situación a la que su separación le había llevado.
Entre los que allí se refugiaban era digno de admiración, por esforzarse en abandonar una vida, a la
cual, el resto de aquellos mendigos, se habían habituado, conformándose con el desayuno y la cena,
que por caridad les daban. Y limitándose durante el día, a mendigar el tabaco, la bebida, o la dosis de
droga, que su organismo le reclamaba.
Con el roce de su sien derecha y el leve alzamiento de sus cejas, a modo de saludo, se despidió de
aquel compañero, que, remoloneaba sobre las arrugadas sábanas, para tratar inútilmente de conciliar
un rato más de sueño.
Bajó al amplio y empedrado patio; y tras sortear los viejos y relavados harapos, puestos a secar la
anterior noche, entró en el comedor, donde un viejo cura y su afeminado ayudante, le sirvieron un
tazón de leche con rancias galletas. Apuró en seguidos buches la leche y volvió al patio en dirección a
la verja que le ofrecía la libertad de la calle.
Capítulo 2
Deslumbrado por la luminosidad del día salió del suburbano, a las amplias avenidas de su suntuoso
barrio. Recorrió las limpias y bien adoquinadas aceras con el incontrolado deseo de llegar a su
apartamento. Aceleró sus pasos mientras su mente evocaba tiempos pasados; añoró su antiguo
despacho, revestido en nogal español, iluminado por un amplio ventanal desde donde la vista se
recreaba en el frondoso jardín comunitario, al que desembocaban las entradas de aquellos lujosos
apartamentos. Ansió recorrer sus manos en el amplio escritorio donde a partir de ahora reescribiría su
novela. Presentía que en esta ocasión conseguiría su sueño y una placentera alegría, corrió en su
pensamiento, reflejándose en su boca.
Rió henchido de felicidad, hasta que el eco de su risa le devolvió a la realidad.
Temeroso de ser observado desvió sus pasos, para tomar la frondosa alameda que le conducía a su
hogar; al llegar a la entrada, saludó amablemente al conserje y con decisión se encaminó hacia su casa.
-Perdón ¿Va a…? Preguntó el vigilante, acomodado en su amplia garita desde la cual controlaba al
completo el recinto.
-Voy a mi apartamento, el 4-b, -contestó y a continuación se dispuso a seguir.
-Perdone, pero no le conozco. ¿Visita a….? -Esperó de él que concluyera la pregunta para saber así,
si aquel personaje, de desastroso aspecto, conocía al inquilino de tal apartamento.
-No visito a nadie, voy a mi casa. -Miró al conserje, el cual abandonaba su lugar, interponiéndose
con prontitud a su paso. Se percató de que no era aquel, el portero habitual y comprendió que no le
conociera, amablemente se dirigió nuevamente a él, y pretendió explicarse.
-Vivo aquí. Solo que llevo varios meses fuera y tal vez por ello, no me conoce. Pues he observado
que es usted nuevo.
-Lo siento, pero creo que se equivoca, llevo tres años en esta comunidad y nunca le he visto, además
en el apartamento 4-b vive una señorita, la cual no creo le conozca. -Concluyó el conserje,
interponiéndose descaradamente a su paso y con despreciadora mirada, recorrió hasta los pies la
vertical de su cuerpo.
Se sorprendió, volvió a mirar al conserje sin comprender por que le decía de llevar tres años en aquel
puesto. Él conocía a Daniel, al que había dejado unos meses atrás, por lo que estaba seguro de quien
era su conserje, simplemente pensó que aquel era un sustituto. Con amplia sonrisa se dirigió
nuevamente a él, dudoso ante lo absurdo de tal situación.
-Mire señor, esta usted equivocado, permítame pasar y se lo demostraré.
-Un momento. -Fue su respuesta, e introduciéndose de nuevo en la garita, telefoneó. Tras unos
instantes le preguntó. -¿Cómo se llama?
-Miguel. Miguel Segura, del 4-b. -Esperó unos segundos, impacientándose por momentos.
Oyó al vigilante comentar al teléfono, sobre si le conocían, el resultado: una nueva negativa, con
la débil escusa de que no habitaba allí. Aquella incomprensible situación, alteró sus nervios, trató de
razonar con aquel energúmeno que le impedía el paso. La conclusión, una nueva explicación negada
nuevamente por su interlocutor. Ya un tanto alterado trató inútilmente de conseguir pasar, por lo que
el conserje más violentamente terminó impidiéndoselo.
Ambos se enzarzaron en una agria discusión que fue bruscamente cortada con la llegada policial.
Cuando el trajeado agente se acercó, lo primero fue mostrarle en su diestra la placa policial
identificativa. Luego, pedirle la documentación. Más tarde tras oír en partes el motivo de los dos, y
aun posicionándose más hacia la versión del conserje, decidió.
-Veamos en sí el estudio - y acompañándoles llegaron al apartamento.
En el primer intento por abrir, comprendió que algo extraño ocurría, no logró introducir el llavín, por
lo que supo, que no era esa su cerradura. Atónito se desmoronó en la duda, no sabía que ocurría,
aquella era su casa por lo tanto, ¿porque la llave no la abría?. No supo que decir, ni que pensar, e
inútilmente susurró.
-Yo vivo aquí. – Mientras observaba la risa burlona que florecía en el conserje.
El agente pulsó el timbre y una elegante joven de sinuosa figura abrió la puerta.
-Perdón señora, ¿conoce usted a este hombre? -Preguntó amablemente el agente.
La joven le escrutó con una desconfiada mirada y contestó con un rotundo.
-No, nunca le he visto.
Él no comprendía nada. Aquella mujer se había adueñado de su hogar..., pero ¿Por qué?, ¿Qué estaba
ocurriendo? No comprendía, llegó incluso a dudar el haberse equivocado de casa, buscó a su
alrededor, para tratar inútilmente de saber; sus ojos descubrieron al conserje, que con jocosa y burlona
sonrisa, le señalaba mientras giraba un dedo sobre su sien, acusándole de loco.
-No estoy loco -casi gritó -Y se lo demostraré. -Dirigiéndose al policía le suplicó. -Puedo
demostrárselo explicándole como es mi casa, aquí, a la derecha, esta el despacho, enfrente hay un
salón, en el fondo….
-Un momento. Ordenó el agente y dirigiéndose a la joven preguntó. -¿Podríamos pasar señora?
-Por supuesto, -respondió ella, y dejó franca la entrada. Tras cruzar la puerta, él, seguido del agente,
se encaminó al despacho. Fue el entrar y se sintió aturdido. Sacudió la cabeza queriendo despejar
aquella duda, no lo comprendía aquel no era su despacho.
Las paredes, revestidas de nogal, se mostraban ahora enteladas en una sarga beige, rayadas en oro
viejo y corinto. Su mesa había desaparecido, para dejar en su lugar unos confortables butacones, desde
los cuales se apreciaba un fornido mueble de roble, en el cual entre libros, reposaba un gran televisor.
Aquella no era su casa, solo recordaba de ella, el frondoso olivo que a través del ventanal se veía.
Era lo único que coincidía en su recuerdo.
-No puede ser, es imposible, no sé qué pasa pero esta era mi casa. -Humillado se abandonó en uno de
los butacones sin comprender que le ocurría; una infinita tristeza le invadió y dos furtivas lágrimas de
impotencia, recorrieron sus mejillas. El agente con ayuda del conserje le incorporó y tras excusarse
con la joven abandonaron la casa.
Se sentía hundido, miles de ideas inundaban su mente, preguntas sin respuesta que, dolorizaban su
pensamiento. Pero no fue aquel su único desengaño. Al llegar de nuevo a la salida, el segundo agente
le preguntó.
-¿Por qué dice vivir aquí? Alejandro. En su documento consta otra dirección. -El miró al conserje,
creyendo que era a quien preguntaban.
-A ver, contésteme. ¿Por qué dice que vive aquí?
Comprendió que la pregunta iba dirigida a su persona, aun sin llamarle por su nombre.
-Porque es así. He estado unos meses fuera, documentándome para escribir una novela, soy escritor
y vivo…. vivía aquí
-A ver Alejandro ¿qué has fumado? ¿De qué vas?
-No me llamo Alejandro. Fue su contestación. -Me llamo Miguel. Miguel Segura. No Alejandro.
-¿Seguro? -Le volvió a preguntar el agente, mostrándole su documento de identificación.
Miró su carnet, y comprobó que ciertamente en él, rezaba el nombre de Alejandro. Su cara era la suya,
sin embargo el nombre… Trató de aclarar aquella absurda situación, en el justo momento en que uno
de los secretas, decidía.
-Llevémonoslo hasta que se le pase la “pea”.
-¡No estoy borracho, ni drogado. Me llamo Miguel y vivo aquí, en el 4-b, suéltenme!.
Lucho vanamente por deshacerse de unas manos, que fuertemente le esposaban y lo introducían en la
parte trasera del vehículo. Acobardado en el asiento, repitió una y otra vez. Como queriéndose
asegurar de ello, me llamo Miguel, Miguel Segura, Miguel. Y en su impotencia amargamente lloró.
Capítulo 3
No es triste ni temerosa la semioscuridad, ni es agobiante el asfixiante olor de la humedad, ni la
frialdad de unos barrotes, ni la soledad y el abandono. Lo verdaderamente triste, lo pavoroso, es el
crujir de los goznes de la enrejada puerta, cuando tras de ti se cierra. Te produce el hiriente dolor de la
humillación, la desesperante soledad de lo injusto. Ese fue el sentimiento que le produjo, al ser
encerrado en aquel calabozo.
Tras su injusta detención. Cuando su pensamiento reaccionó, ante situación tan extraña, con la duda
aún de no comprender lo pasado, de cómo aquella vida, que hasta ese día había considerado suya, se
había evaporado; haciéndole dudar incluso de su identidad, perdiendo de la noche a la mañana, el
derecho a mantener un nombre, unos recuerdos que por lo demostrado, no le pertenecían, pero que
seguía aferrado a ellos, por ser lo único que conocía. Le habían repetido hasta la saciedad, su nuevo
nombre. Pero era algo que no comprendía, no sabía nada del tal Alejandro, sus recuerdos eran de
Miguel. Sin embargo la realidad le decía lo contrario.
Cómo podría solucionar aquel problema; salir de aquel sueño, aquella locura, que poco a poco se
apoderaba de su pensar, quiso por un momento, en su deseo de comprender, situarse en la piel de
aquel extraño que trataba de apoderarse de su mente, pero no encontró recuerdo alguno al que poder
aferrarse.
Cansado, sintiendo el pulso en su sien, rendido, se dejó caer en el alargado poyete, que, muriendo bajo
el diminuto ventanuco, le ofrecía el descanso de su semioscuridad.
Durante horas, como falsa moneda, de mano en manos rodó. Sobre un largo mostrado fue preguntado,
mancharon sus dedos de negra tinta y deslumbraron sus ojos cegadores focos, con la misma monotonía
en sus oídos. Preguntas y más preguntas que atosigaban su cabeza. Una desgarradora opresión le
asfixiaba en el pecho y un desesperado grito se iba apagando en su garganta. Tan extremo fue el
momento, que en su pensamiento arraigó la duda. Ahora, libre ya de sus presencias, retornaba de
nuevo a su principio. Él era Miguel, Miguel Segura.
Su cabeza inició el razonamiento, para analizar fríamente tan extraña situación.
-Me llamo Miguel. -Se dijo. -Y soy escritor. -Se afianzó en su idea y en ensoñación recordó su
tiempo pasado, vio a su madre y le pareció oír sus palabras: secas, precisas, pero a su vez justas y
sinceras. Pocas veces en su niñez le hizo carantoñas, de vanas palabras, su hablar siempre fue
explicativo, razonable. Jamás le trató como infantil, su trato fue siempre de mayor a mayor, excepto
cuando en la noche le arropaba y desvelaba en parte su sueño, con la delicadeza de varios besos.
Ella lo aclararía todo, tendría que llamarla y solicitar su ayuda.
Pero… -El engranaje de su mente, puesta ya a pleno rendimiento, le mostró la realidad. Ella estaba
muy lejos, sabía que la distancia entre ambos, le haría perder unos días. Tenía que solucionarlo antes.
En su pensamiento apareció entonces el nombre de su amigo, Ramón, amigo y editor, él demostraría
su verdadera identidad. Debía llamarle.
Tras incorporarse, corrió a la enrejada puerta y con incontrolable fuerza, sacudió sus barrotes, con un
asomo de ilusión en su desgarrado grito.
-¡¡Oiga… oiga…!!. Gritó con la esperanza contenida. El silencio fue su respuesta.
Nuevamente llamó, con idéntico resultado. Llamó y rellamó. Hasta que su voz cansada se aminoró
en el tiempo, y terminó en un susurroso gemido de impotencia.
Resbaló sus manos por los negros barrotes, hasta humillado, caer rendido sobre el suelo.
No supo que tiempo permaneció así, su agotamiento fue sorprendido por la apertura de la puerta
general, a la que desembocaba el largo pasillo, jalonado a su derecha por las continuas rejas, de
aquellos receptáculos que formaran los calabozos.
-¡Oiga!… -Recobró el ánimo, el contemplar la imagen que se le aproximaba -Agente… Oiga… Quisiera hacer una llamada. -Observó en espera a su ruego la voluminosa formadel policía, que aferrando fuertemente a un detenido, lo encaminaba hacia la celda contigua a la suya.Con dominante movimiento, introdujo en ella a un debilucho chico de apenas veinte años, tembloroso entre las manos de aquel gigantón.
Tras cerrar secamente la reja, parsimoniosamente se dirigió a él.
-Y tú, ¿Qué quieres? -Casi le escupió a la cara.
-Quiero hacer una llamada. Tengo un amigo que confirmará mi declaración.
-De acuerdo. -Fue su seca respuesta. Tras la cual encaminó lentamente sus pasos, hacia la entrada.
Nuevamente la soledad y el silencio reinaron, en espera a los resultados de su pedido. Miró de soslayo
al joven, acurrucado en el poyete similar al suyo, que aparte de para sentarse, hacía las veces de
camastro, y le apenó. Sabía los momentos que estaba viviendo, conocía sus momentos.
Nada sabía de las razones que contra él tendrían, pero le apenaba el que apenas un chiquillo fuese así
tratado. También el joven le miró, y marcó en sus labios el saludo de una tímida sonrisa, apenas
visible en la penumbra reinante.
-Hola. -Fue su saludo, y el mismo hola, la contestación.
En silencio volvió a tomar asiento, en espera de aquel ruego de una llamada, a la que todo detenido
tenía derecho. Eterno se le hizo el tiempo hasta volver a escuchar nuevamente la puerta y ver aquella
figura, que tras detenerse y abrirle la reja, se limitó a decir.
-Bueno ¿Qué? ¿No querías llamar?
-Si, si. -Contestó, con la ilusión en la voz reflejada.
El trato de aquel gigantón, como siempre, fue rudo. Tomándole de un brazo casi le arrastró por el
largo pasillo.
Le deslumbró la luminosidad de la sala, a extremo de tener que cerrar los ojos. Un nuevo empujón del policía, le hizo reaccionar, encaminándose en la dirección indicada por el agente.
Arrinconadas, tras unos bancos de espera, había dos cabinas telefónicas, indicándole una de ella soltó
su brazo, permitiéndole la entrada.
Respiró profundamente y tras coger el auricular, inició el marcaje del número de su amigo. Sin dejar
de ser observado por el gigantón. En la distancia sonó uno tras otro tres timbrazos, antes de oír la
familiar voz de su editor y amigo.
-Ramón Esteban al aparato, dígame. Fue el inicio de aquella conversación.
-Hola Ramón, necesito que me ayudes.
-Hola. -Contestó su amigo. ¿Quién eres? Preguntó a continuación
-Soy Miguel. ¿No me reconoces?
-¿Perdona? -Con esa pregunta contestó a la suya.
-Soy Miguel Segura, tu amigo. Volvió a repetirle.
-¿Cómo dice?
-¡Hostia tío!. Miguel Segura. Casi gritó. Transcurrieron unos intensos segundos, que le parecieron
larguísimos, cuando nuevamente sonó la voz del amigo, tras hacerlo, le invadió una tremenda duda.
-No sé quién es usted, ni qué pretende. Pero me parece muy injusto lo que intenta.
-¿Cómo? Contestó desde la duda. ¿Qué dices? ¿No me conoces?, soy yo tío. Acuérdate, te deje hace
unos meses para escribir sobre la mendicidad, aconsejado por ti.
-¿Cómo sabe eso?. Fue la extraña contestación -Sé quien era Miguel, ciertamente él decidió estar un
tiempo fuera de circulación; pero usted no puede ser él.
-¿Cómo que no? Preguntó impaciente. ¿Cómo que no soy yo?...
-Mire oiga, si es una broma me parece de muy mal gusto, no sé qué intenta, pero es muy
desagradable, así que lo siento…
Presintió que trataba de colgar el auricular. Y desesperadamente rogó.
-Por favor no cuelgues, soy yo, me han detenido y necesito tu ayuda.
-Lo siento, no puedo ayudarle, y vuelvo a repetirle que no le conozco de nada.
-Por favor solo tienes que decir que soy Miguel.
-Mire no insista. Usted no puede ser mi amigo Miguel.
-¿Por qué no? Preguntó desesperadamente.
-Me desagrada lo que está haciendo. Usted no puede ser mi amigo, porque él hace cinco meses que
murió, así…
-¿Cómo? Cortó así aquella afirmación. ¿Qué he muerto?, no, no es cierto, estoy aquí, me han
detenido…
-Mire señor olvídeme. Si le han detenido, usted sabrá por qué, pero respete la memoria de mi amigo.
Esas fueron sus últimas palabras. Tras ellas, sonó el continuado pitido, de haber colgado el auricular.
Envuelto nuevamente en la duda se apoyó tristemente sobre la cabina, para quedar inerte, sin poder
reaccionar. La puerta de la cabina se abrió y nuevamente el gigantón le cogió por el brazo, sacándole
con violencia a la luminosa sala.
Capítulo 4
Extenuante fue el tiempo. Cuando la débil luz en aquel ventanuco, mostraba la oscuridad de la
cerrada noche, su cuerpo rendido concilio el sueño. Tras la esperanzada y a la vez decepcionante
llamada, volvieron a introducirlo de nuevo en el receptáculo enrejado de su celda. Él se sumió en el
silencio; incapaz de coordinar alguna idea, con la mirada perdida sobre los negros barrotes,
permaneció callado. Le pareció oír como un murmullo, al joven en la celda contigua.
Pero nada le importó, quedó quieto y callado, sentado sobre el catre de fría mampostería, ausente de
aquella agobiante realidad.
La noticia de su muerte le resultó demoledora, ni sabía ni quería saber, por qué la vida se le había
tornado de tal manera. No comprendía aquel absurdo, ¿porque tenerle por muerto? si él sentía como
respiraba, como estaba presente entre aquellas rejas, ¿quién o por qué le complicaban así la vida? No
quería pensar y no lograba frenar su pensamiento.
Apenas si se percató cuando anochecido ya, le trajeron un bocadillo y una bebida como cena, ni se
movió, y aunque creyó oír a su compañero pidiéndole aquella frugal comida, se limitó a callar y
vagamente dejarse caer sobre la fría piedra del camastro, hasta que rendido se adormiló.
-¡Fuego… fuego! gritaban con fuerza y angustiosa voz. ¡Fuego…fuego!
Se encontraba envuelto en un espeso humo, que le impedía ver y le asfixiaba, ansiaba buscar el aire, se
forzaba en ello sin conseguirlo. De pronto la puerta se abrió de fuerte golpe y una tremenda llamarada
iluminó la estancia, mientras la angustiosa voz volvió a gritar. – ¡Fuego!
Ese fue su despertar. Sobrecogido, empapado en frío sudor, se arrinconó sobre el camastro, mientras
con espantada mirada, buscaba el terrible fuego que amenazaba con devorarle.
Sin embargo la celda seguía envuelta en la penumbra del día anterior.
-¿Que te ha pasado? Preguntó su compañero de celda, ante el aspaviento de su despertar.
Le miró con el corazón palpitante y le alegró comprobar su realidad, se sintió feliz de estar en ella,
pues a pesar de su crudeza, acababa de dejar una aún más terrible; miró a su asombrado acompañante
y una leve sonrisa floreció en sus labios
-¿Qué te ha pasado? Volvió a preguntarle su extrañado compañero. -¿Una pesadilla? Concluyó.
-Si-. Contestó él, con el agradecimiento reflejado en la mirada, al contemplar la preocupación que su
sueño había ocasionado en aquel joven.
-Soñé que había un incendio, y que las llamas me abrazaban.
-Eso es bueno. Confirmó el joven. -Soñar con fuego es dinero. Lo mismo te toca la lotería. Y rió de
una forma escandalosa, la cual consiguió contagiársela. Fue la válvula de escape que necesitaba.
Con la risa aún en los labios, miró a su interlocutor y una chispa de agradecimiento brilló en sus ojos.
-Si-. Confirmó este. -Dicen que soñar con fuego significa dinero, lo chungo es soñar con agua sucia.
Y nuevamente se miraron naciendo en ellos el brote de la camaradería. Estuvieron unos momentos en
silencio tras los cuales fue el joven el primero en romperlo
-Me llamo Mario. Dijo mientras extendía su mano entre los barrotes.
-Mi… Dudó un momento y mientras estrechaba el ofrecimiento de aquella mano, confirmó.
-Miguel, Miguel Segura.
-Encantado colega-. Fue la respuesta del joven. -¿Y por qué ha sido…? Le preguntó.
Él lo escrutó con la mirada, el joven comprendió su silencio pero no se dejó vencer.
¿Qué por qué te han detenido? Su insistencia le incitó a contestar. Sin embargo aunque aquel chico
parecía agradable, él, tras los momentos vividos, se tornó desconfiado, debido a lo cual prefirió callar.
-A mi me cogieron por droga. Según ellos por negociar con droga, “amos” como si uno tuviera una
tienda de ropa. Y rió, aunque aquella risa estuvo velada de amargura. -Hijos de puta. Concretó. -Por
trapichear unas posturitas me enchironan y al que me lo pasa, si lo cogen, no le ocurre nada, ni lo traen
aquí, claro como hay “moni” por medio. Hijos de puta.
Tan abrumadora sinceridad, ganó su confianza y aun sin abrirse a él, murmuró.
-Si yo te contara. Su interlocutor aprovechó aquel inicio de confianza para incitarle de nuevo con su
pregunta.
-¿Por qué te han cogido? ¿También por droga?, No, tú no tienes pinta de eso. -Aquello le gustó, el no
parecer a los ojos de aquel joven un simple drogadicto, le agradó, aunque él tampoco tenía pinta de
ello, y según sus propias palabras en ello estaba.
-No, no es por droga, es peor…
-¿Por robo? Preguntó intrigado el compañero. -¿Por asesinato? En esta última pregunta, temeroso
bajó el tono de voz.
Él, con la sorpresa reflejada en la cara, afirmó.
-No, qué va, por nada de eso. Y poco a poco fue confiándose a aquel chico. Hasta, a grandes rasgos,
contarle sus novedades.
-¡Hostia tío!, eso es fuerte. Confirmó el joven, tras oír aquella extraña historia. Después
simpáticamente concluyó. -Pues di que te llamas Miguelandro-. Y río su propia gracia. Su risa era
contagiosa, tanto que aun sin hacerle gracia su conclusión, también él rió.
-¿Y qué piensas hacer? Le volvió a interrogar.
-No me daré por vencido, demostraré quien soy. Le explicaré al juez y él comprenderá…
-Negro lo llevas. -Sentenció el joven. - Como le vayas con ello al juez, te encierran por loco. No, no,
para nada. Estas gentes no se andan con pamplinas. Lo mejor es que aceptes al tal Alejandro si
quieres salir de aquí. Si no, te lo juro, a esta gente no le importa nada, te meten en un manicomio y te
pudres dentro. Seguro colega.
Analizó las palabras del joven, y reconoció que estaba en lo cierto. Si nadie excepto él, le había creído,
por qué iba a creerle un juez. Sin embargo el aceptarse como Alejandro, no le resultaba fácil. Pero lo
primordial era salir de allí y la mejor solución se la ofreció aquel joven.
-Tienes razón. -aceptó.
-Y tanto. Dijo el joven que como Mario se hubo presentado. -Una vez fuera, investiga al editor, a mi
me suena que no es trigo limpio.
-Cierto, algo tiene que ocultar porque de no ser….
La puerta de la entrada se abrió de golpe y el fornido agente del día anterior, apareció a contra luz en
ella, después de acercarse a sus celdas en tono burlón dijo.
-Pito, pito, gallinitas, a desayunar, pito, pito. Y rió estrepitosamente. Tras ello les dejó sobre el suelo
un plastificado vaso de humeante café y un bollo. Al ver la cena anterior de Miguel, preguntó.
-¿Esto qué?, ¿estás desganado gallinita? Y volvió a reír.
-¿Cuándo llega el juez? Preguntó Mario.
-Tranquilo gallinita, el juez os verá en un ratito. Y, envuelto en la misma risotada, desapareció como
había aparecido.
-Hijo de puta. Fue la expresión del joven, la cual, asiduamente florecía en su boca.
Miguel por su parte, guardó silencio y reanimado en parte, tras el desahogo que le produjo el confiarse a su compañero, desayunó con ansia aquel refrigerio; mientras lo hacía ordenó su mente y decidió el
camino a seguir.
Tendría que reconocer el llamarse Alejandro… no sabía el apellido, pero igualmente lo aceptaría,
hasta lograr abandonar aquellas paredes, que empezaban a agobiarle. Después, una vez en la calle,
soñó, lo primero que haría no iba a ser el seguir a Ramón. Se presentaría, con la excusa de buscar
editor para sus quinientos folios y frente a él, analizaría su comportamiento. Con ello, con su reacción
frente a frente, sabría a qué atenerse, sabría si le era familiar o no, pues la sorpresa al verle de frente le
resultaría difícil el disimular. Puesto que ahora, comprendía sin saber exactamente el qué, que algo
había, y no lo podía consentir, pues lo seguro era que estaba vivo y que nada sabía del tal Alejandro,
por más que se esforzó su recuerdo pertenecían a Miguel, por lo que tenía que descubrir por qué lo
habían anulado. También telefonearía a su madre, pero no le diría quien era, aunque ella con solo oír
su voz le reconocería, a no ser que también su voz se la hubiesen robado.
Animado por la idea y tras engullir el desayuno, se sintió reconfortado. Seguía sin comprender nada,
pero lo aclararía. No iba a consentir que de un solo plumazo lo anularan.
Miró a Mario, que con el puño de su camisa se limpiaba la boca y aun sin decir nada, se sintió
agradecido hacia aquel joven, el cual le había reconfortado. Este al sentirse observado le miró y al
cruzarse con sus ojos sonrió, luego dijo.
-¿Qué? Y tras la interrogación volvió a reír, alegrando en parte aquel siniestro recinto.
Capítulo 5
La pulida superficie de la barnizada mesa reflejaba, a contraluz, las voluminosas estanterías repletas
de libros. Entre ellos la rubia cabeza de prominentes entradas, sobre el rostro sonrosado del editor jefe.
En el embaldosado suelo de mármol blanco, más libros y manuscritos, simulaban columnas de corta
altura, que adosadas al poco espacio libre en las paredes, recortaba la distancia entre los distintos
escritorios.
En uno de ellos, Mercedes, joven de lánguida y celestiales ojos, con la tristeza de un amor
incomprendido, reflejado en la sumisa mirada, como ratón de biblioteca, entre papeles y tomos de
encuadernaciones.
Frente a ella, una amplia puerta de dos hojas, en su mitad acristalada, y pintada en blanco, daba paso
a una pequeña sala, donde eran recibidos los distintos escritores o poetas, ilusionados en la edición de
su obra.
Las paredes, estaban igualmente cubiertas por estantes, con más libros en los que se apreciaban
distintos formatos, grandes, pequeños, gruesos, finos, con mejor o peor encuadernación, según el
precio que el autor desease. En el centro, una mesa camilla vestida con faldón turquesa, que aportaba
un toque hogareño a aquella sala: sobre su tapa circular, un amplio cenicero pulcramente limpio y un
ramillete de frescas margaritas; rodeada por cuatro sillones de brazos cuyo asiento y respaldo, estaban
tapizados del mismo tejido que el faldón. Luego en la pared de entrada dos antiguos cuadros de viejos
escritores.
Esos eran los dominios de Ramón Esteban García, jefe de la editorial Nuevas Letras. Sito en el centro
de la ciudad hacia donde Miguel se dirigió.
El recibimiento fue correcto. Le abrió Mercedes con una sonrisa amable, aunque tímida, ausente,
típica en ella. La conoció en pocas ocasiones y siempre se mostró seria, reservada: su obligación
estribaba en recibir las concertadas visitas y en la corrección de los diferentes manuscritos; los demás
acuerdos eran personalmente tratados por su amigo, al cual tras tomar asiento esperó, oyéndole hablar
al teléfono.
-Si, se puso en contacto… esta todo en marcha… no, sin problema… no, no se preocupe, si… por
supuesto… no se preocupe, todo saldrá bien, de acuerdo, adiós, hasta luego… si… si, la tendré al
corriente… después le llamo… hasta luego, adiós, adiós.
Luego sonó cómo colgaba el auricular y sus pasos acercándose; había llegado el momento. Su mano
apretó con fuerza la turquesa falda de la mesa camilla, se humedeció los resecos labios e impaciente
esperó, mientras escrutaba con la mirada el hueco de la doble puerta.
-Hola, soy Ramón. -Y tendió su mano como saludo. Sin la mínima sorpresa en su sonrosada faz.
Tomó asiento frente a él, mientras amable le ofrecía un cigarrillo; tras cederle fuego.
-Bien usted dirá. Me comentó que tenía un escrito que deseaba editar-. Y se acomodó en el sillón,
en espera a su respuesta.
Aquella reacción, rompió sus esperanzas. Desde el principio creyó que al tenerle frente a frente, su
amigo se desmoronaría, y confesaría el motivo por el cual le había mentido, sin embargo ahí estaba,
con ambas manos apoyadas en la mesa y el humeante cigarrillo, entre los labios; pero ninguna
reacción que delatase su ocultación. ¿O es que era sincero, mientras que él estaba equivocado?, la duda
le inundaba, pero reaccionó a ella mientras trataba de mostrarse sereno.
-Si, se trata de una novela sobre la mendicidad. -En lo de mendicidad masticó lentamente las silabas,
con el análisis de los mínimos gestos de aquel hombre al que tiempos atrás nombró de amigo.
Los quinientos folios pasaron de mano y antes de pronunciar palabra alguna, el tal Ramón, los hojeó
entre sus dedos, apoyó el cigarrillo en el pulcro cenicero y se recreó en los primeros párrafos, tras unos
segundos, dejó el escrito sobre la circular tapa y se enfrentó a él.
-Bien, hablemos claro. - Le impresionó aquella frase.
Temió, no supo la razón de aquel temor pero temió, esperó con impaciencia las siguientes palabras, y
estas llegaron.
-Lo primero, habría sin duda que hacerle una corrección, después acordar la encuadernación, el tipo
de tapa….
Esa era su forma de hablar claro, - ja, casi río ante tal decepción, esperaba un esclarecimiento de su
situación y él hablaba de negocio. Eso era lo que llamaba hablar claro.
Deseó tomarle por la solapa y zarandearlo, escupirle a la cara su falsedad, le repugnaba estar junto al
que antes tuviera como amigo.
Ramón, por su parte, tomó algunos ejemplares de distintos formatos y con ello retornó a la mesa.
-Bien, dijo. -Quisiera mostrarle distintos formatos en los que podríamos edit….
-¡Ya vale!. -Le espetó a la cara. Se alzó con violencia del asiento, enfrentándose descaradamente con su amigo. -¿Qué pretendes?, ¿Qué intentas?, ¿Por qué ese comportamiento? -Zarandeó violentamente
al editor, que intimidado balbuceó.
-Perdón… ¿se encuentra bien?
-Si. Y como ves, vivo.
-Perdón, pero no comprendo. No sé qué quiere decir.
-Que soy yo. Miguel Segura, yo, el que te tenía por amigo, el que no sé por qué razón quieres anular,
yo… yo. Miguel.
-Con que es usted. -Fue la sorprendente contestación del editor. -Ahora comprendo, usted es el que
pretende ser mi amigo.
Le maravillaba la frialdad de aquel hombre, cómo podía seguir si reconocerle, cómo era posible tanta
falsedad.
-¿Cómo? -Preguntó alucinado por aquella reacción.
-Mire, me alegro de tenerle presente; vamos a aclarar de una vez por todas, este asunto.
Tras ello entró en el despacho contiguo, del cual retornó tras tranquilizar a Mercedes, con varios libros
en sus manos. En concreto tres ejemplares, que él reconoció como sus anteriores trabajos.
En ellos rezaba su nombre, Miguel Segura. Luego volteó los libros y mostró en ellos una diminuta
fotografía junto a la repetición de su nombre y un pequeño curriculum.
Justamente el nombre era el suyo, sin embargo, la foto mostraba a un hombre de rasgos finos, casi
afeminado, de larga y descuidada cabellera, intensamente negra y lacia, lo opuesto a su vigorosa
imagen, de cabellos agraciados en dulces rizos.
-Este es… era mi amigo, por ello no puedo comprender su actitud al asegurar ser él.
-Pero… -No supo que decir, se abandonó en su asiento y hundió en su pecho la ahoyada barbilla.
-¿Se encuentra bien?, Mercedes trae un poco de agua, oiga, ¿esta bien? -Volvió a preguntar mientras
zarandeaba su maltrecha figura.
En el justo momento en que la tímida Mercedes le ofrecía la refrescante bebida, se incorporó, y tras
recoger parsimoniosamente sus folios, se encaminó hacia la entrada; sin un adiós, sin ningún tipo de saludo, sin ninguna reacción, como ausente de esta atmósfera desapareció tras la puerta.
Ramón se mostró triste, suspiró profundamente y, en parte también hundido, se dirigió a su mesa.
Capítulo 6
Cuando el dolor te agobia, entras en la celda de la pena; el desconcierto te atenaza las sienes y
sientes como desde el interior, te atormenta el pensamiento; el pecho en forzado respirar te aprisiona
la garganta y notas un arañar en las órbitas de tus ojos. Hasta mover el mínimo músculo agota tu
cuerpo.
Esa era su sensación al dejar tras de sí, aquel momento. Con pasos dubitativos, consiguió llegar a la
recoleta plaza, cercana al despacho, donde tan cruda realidad le había herido; dolorido por la angustia
en su interior, abandonó su ser en duro banco de frío hierro y un vértigo de dudas le inundó; sin
apenas poder mantener su frente erguida, dejó caer la humillada cabeza entre sus manos, hastiado de
tantas y tales rarezas, no quiso pensar en nada, aborreció su existencia, pero a pesar del dolor, ni una
tímida lágrima humedeció sus verdes pupilas.
Herida su alma en la tristeza, buscó la esperanza en las alturas; quiso ser aire, y se sintió flotar en la
suave brisa de aquel paseo, embriagó su alma entre las flores; ausente ya de una existencia, que tan
amarga realidad le ofrecía; como muñeco de trapo se abandonó en el asiento, y su espíritu deseó volar
hacia otro tiempo; navegó sobre el aroma del romero y con ansia aspiró la madreselva, retozó, como
potro desbocado, entre floridos arriates, mientras recorría los ojos sobre las flores y ajada, dejaba su
vista sobre la arena.
Luego, después de revolotear como pajarillo, quebró su vuelo y deseoso del beber, buscó la plata de
una fuente cantarina, que en su centro, derramaba en frescura su voz dulce y serena.
Con destrozado cuerpo, ansioso de olvidar los últimos momentos, se incorporó y con torpe paso,
inició un dudoso camino, sin deseos de llegar a meta alguna; deambuló de acera en acera paso tras
paso sin cuidarse de vehículos, o personas, que con acelerado caminar dirigíanse hacia un destino.
Él sin prisa, en su lento caminar, jugó como de niño con las enlosadas aceras, esta no la piso por
estar torcida, de losa a losa posó sus pies y evitó el pisar entre sus juntas, giró a izquierda o derecha,
según la pendiente; se dejó guiar por los neones, que con sus llamativos encendidos, anunciaban
el final de aquella tarde. Giró sobre sus pasos y desanduvo el camino, sin fijarse en los acelerados
transeúntes que burlones le miraban; se descaró con ellos y alzando la voz casi hasta el grito, les
espetó con desafío.
-¿Qué pasa? ¿Qué? -Sin obtener respuesta a su pregunta, continuó su ruta, mientras analizaba
aquellas esquivas miradas, que temerosas huían de sus ojos. Se recreó en los niños, que inocentes
corrían las calles sin importarles el tropiezo, perseguidos en todo momento por los maternales
consejos de, con cuidado.
Un nuevo giro a sus pies, le hizo recobrar la dirección dejada, e irguió su figura ante el cristal de
llamativos escaparates, donde inmóviles criaturas, lucían colores y formas aconsejadas.
Anduvo y anduvo, sin saber, ni importarle hacia donde; no tenía sitio donde llegar, cualquier lugar
le era válido. Notó en sus tripas el rugir del hambre, pero nada tenía con que saciarla.
Recordó la frugal cena del refugio y la pequeña cama, donde tal vez su compañero se preparaba ahora
para el descanso. Tendría que volver allí, hoy le sería imposible, pero tras esa noche, habría de retornar
de nuevo a lo dejado y probablemente, buscar como su compañero un trabajo, de guarda jurado. No le
apetecía, nunca le gustaron los uniformes. Se entristeció y aun sin querer pensar volvieron a su mente
unos recuerdos que no pudo detener.
Sabía, ya demostrado, que no era quien siempre creyó; sin embargo le resultaba increíble su seguridad
en ello; debería llamar a su madre, necesitaba volver a su vida, pero eran tan grandes sus dudas. Notó
cómo nuevamente se hundía en la quimera y por desahogarse gritó.
En un principio un no, desgarrado, que hizo tornar hacia él miradas de temor y sorpresa. Luego fue
otro y otro no, cada vez más apagado, más para sí mismo, en silencio casi, pero cargado de amargura.
Apoyó su espalda sobre una fachada dejando resbalar su cuerpo hasta el suelo; y lloró amargamente,
sin importarle las miradas que curiosas unas, conmovidas otras, se posaban de pasada en su figura.
Alguien preocupado le preguntó.
-¿Se encuentra bien? -Entre lágrimas le miró, y avergonzado por su situación, bajo los ojos.
-¿Necesita ayuda? -Volvió a preguntar un hombre no mucho mayor que él; tristemente rió, mientras
en un murmullo repetía.
-Ayuda, ayuda. -Y sin motivo para ello la amarga muesca de una sonrisa lució en sus labios.
El interlocutor, aun sin obtener respuesta, le ofreció unas monedas, que al no recoger él, dejó sobre el
suelo. Comprendió su situación, con aquellas monedas, había pasado a ser lo que durante meses
pretendiera, se había convertido con tan simple gesto, en un mendigo.
Descorazonado, humillado, recogió las monedas y alzose con dificultad para iniciar de nuevo sus
indecisos pasos.
Anduvo sin rumbo fijo ni dirección, hasta que sus pies le condujeron a otra placita, pero en diferencia
a la dejada, esta estaba acordonada por fachadas de floridos balcones, su enlosado suelo de grandes
baldosa, se encontraba en su mayor espacio jalonado de veladores, donde al resguardo de amplias
sombrillas, parejas de enamorados y reuniones de amigos, contribuían al sonoro ambiente del
fortificado lugar.
Irguiéndose en la plenitud de su estatura, ojeo el bullicioso espacio, envuelto en el ensordecedor ruido
de diversas músicas, que desde los distintos locales, colmaban de sonidos aquella zona, donde el
personal, no dejaba de fluir entre el jolgorio de la diversión.
Los descubrió en el espacio más apartado de la plazoleta. Estaban allí; silenciosos, casi inexistentes,
observaban defraudados el disfrute del recinto, casi escondidos entre la boca del suburbano y un
destartalado quiosco de prensa. Ellos, los oscuros, casi mimetizados con el rincón donde estaban,
distinguiéndose con sus andrajosos ropajes, del luminoso colorido circundante; los mendigos, su
nuevo lugar en el escalafón social, escogido voluntariamente por él.
Hacia ellos encaminó sus pasos y al llegar a su altura, saludó, sin conseguir respuesta alguna, buscó
un arrinconado portal y tras limpiar de una resbalada pisada el pequeño escalón, tomó asiento en su
superficie.
Aun sin ver mirada alguna, se sintió observado. Poco tiempo después, sin haberse percatado de su
llegada, alguien junto a él preguntó.
-¿Nuevo? -Tornó hacia él la mirada y contempló a un sujeto, similar en estatura a la suya y aunque
con una edad indefinida, aparentaba ser mayor que él, al menos sus abundantes canas así lo
demostraban. Tras oír el si a su respuesta, ofreció en silencio un cigarrillo, que él gustoso aceptó,
después de aportarle fuego, aquel sujeto nuevamente preguntó.
-¿De dónde eres?
-De aquí. -Contestó, sin querer entrar en más explicaciones, mientras expulsaba el humo, de la
primera calada al cigarrillo. Después un largo silencio, que nuevamente rompió el sujeto aquel, con
una nueva pregunta.
-¿Tienes donde ir?
-No. -Fue nuevamente su rápida respuesta, que con una pregunta a su vez, la concluyó. -¿Por qué?
Una nueva calada al cigarrillo y con su expulsión, la respuesta.
-Porque por poco dinero puedes pasar la noche aquí cerca. -Una sonrisa triste se dibujó en sus labios,
tras ello.
-No tengo dinero, ¡bueno! -Recordó la limosna cedida anteriormente y sacándola del bolsillo,
concretó. -Tengo esto-. Mostró su extendida mano y tras cerrarla aclaró. -Pero prefiero comer algo.
Nuevamente un silencio, luego de lanzar con fuerza el apurado cigarro, otra vez habló aquel sujeto.
-Aquí a la vuelta. -Señaló.- Tienes una tienda donde te preparan bocadillos; después un silencio
y en el mismo sigilo que apareció, con un -hasta luego-, se separó de su lado.
Le vio alejarse, y en parte extrañado le analizó; sin duda era uno más de aquellos mendigos, su
andrajosa ropa así lo confirmaba; llevaba una arrugada camisa, ocultando esta, el trozo de cuerda que
como cinturón anudaba un ancho pantalón de pana, en pleno verano, aunque lo que más le sorprendió
fue destacar en él, sus lustrosos zapatos: cosa que tremendamente le extrañó.
Al quedar solo, decidió comprar algo y acercándose a la tienda indicada, consiguió un par de bollos
y una cerveza, que supuso casi al completo las tres monedas que le ofreciera el desconocido.
Gracias a lo cual, comería lo primero de aquel día que había ya pasado.
Tras ello, más relajado, se recreó en ver aquel tumulto de gentes, que poco a poco disminuía, e iba
dejando la pequeña plaza cada vez más solitaria. Cuando la mayoría en ella eran ellos, los oscuros,
un maquinal movimiento funcionó y mientras unos se separaban en distintas direcciones, otros entre
ellos él, se acomodaban sobre cartones y harapos para conciliar el sueño.
Capítulo 7
Triste fue el despertar, y no debido al amanecer que resultó esplendoroso en luminosidad. Los
primeros rayos de Sol, impregnaron de luz la recoleta plaza: los perros correteaban libres de las
correas, para buscar espacios donde dejar sus marcas: bandadas de pajarillos trinaban y en dura lucha,
buscaban residuos, donde la noche anterior estuvieron emplazados los poblados veladores, temerosos
de los juguetones perros que le forzaban a alzar el vuelo, para pasado el peligro, retornar a la laboriosa
búsqueda de su alimento entre los restos que alfombraba la plazoleta.
Desacostumbrado a dormir sobre la piedra, en la anterior noche le había costado conciliar el sueño,
que ya, a altas horas, terminó rindiéndolo, de ahí lo tardío de su despertar; añoró el albergue, por su
cama y en especial, por aquel vaso de leche que ahora tanto le apetecía; se incorporó y tras cargarse la
mochila, que en la noche le hubo aislado de la fría piedra, inició con desgana un lento e indefinido
recorrido.
Leyó en la distancia, las primeras páginas de los distintos periódicos, ordenados cuidadosamente sobre
un ridículo mostrador de baja altura, extendido delante del quiosco de prensa.
Después echó a andar, acercándose sigilosamente hasta una frutería, que con sus productos
expuestos en la puerta, invitaba a la tentación de comer de ellas. Dudó un momento, pero tras ver
cómo el frutero, se introducía dentro para sacar al expositor nueva mercancía, tomó con avidez una
manzana y agilizó su pisar para tras enfilar rápido la calle, girar en la primera esquina, por huir de las
miradas de quien le hubiera visto. Tomó la calle abajo llevándose a la boca el fruto de su robo; el
fresco sabor de aquella roja manzana corrió por su garganta, e inundó de dulzor su paladar.
Sabía que la acción no era digna de él, pero no podía pagar la necesidad de comer que tenía para
alejar de su boca el pegajoso sabor del sueño.
Tras aquella consumición se sintió más relajado. Llegó así a una gran avenida, donde amplio
acerado, de florecidos arriates y frondosa arboleda, invitaba a sentarse sobre uno de sus numerosos
bancos y entretenerse en ver el pasar del transeúnte y los numerosos vehículos, que aun ruidosos en
el centro de la calzada, parecían distante de aquella arboleda, que amortiguaba totalmente el rugir de
sus motores.
Ahuyentándose de su alrededor, centró su pensamiento en decidir qué haría en aquel día, en el que su
vagamundeo se iniciaba forzoso: su primera meta era la comida, por lo que debería buscar dónde
conseguirla; el desayuno lo hubo solucionado con aquel pequeño hurto, sin embargo, no debía
aficionarse a ello, por lo que tendría que buscar algún comedor de caridad, donde lograr al menos una
comida diaria. En cuanto a conseguir dinero, el mendigar le avergonzaba, pero no tenía otro remedio
que aceptar aquella nueva situación. Había observado a muchos mendigos, por lo que no le importaba
utilizar uno de sus folios, en el que lastimeramente expresar su necesidad y, como el que pesca,
sentarse a esperar los resultados. Mientras, trataría de repasar su escrito.
Estaba decidido y así lo haría. Sin embargo lo acuciante ahora, era conseguir informarse de un
comedor gratuito.
Quiso iniciar el retorno a la plazoleta en la que pensó, encontraría la información necesaria, sin
embargo, la idea de repasar su escrito fue creciendo en él, hasta convencerle plenamente.
Desde que lo empezara, lo había leído una o dos veces y normalmente, un trozo por adelantado, cada
vez que lo volvía a iniciar, por lo que estaría bien el leerlo. Fue dicho y hecho, colocó el folio
suplicante a sus pies y se enfrascó en su lectura; leyó lo que definió como primer capítulo y al
concluirlo, lo notó falto de fuerza, por lo que tomó el bolígrafo y comenzó la lectura, para reescribir
sobre las líneas, nuevas expresiones que a su parecer enriquecían lo anterior, se centró tanto en su
trabajo, que le voló el tiempo.
Tras bajar de la nube donde le subiera su concentración, se encontró con infinidad de hojas corregidas
para según su idea, mejor.
Después de apartarlo, agilizó sus manos con rápidos movimientos, para así, destensar el
agarrotamiento de sus dedos, e hizo girar en círculos sus manos y su cabeza, tras lo cual irguió su
espalda en un desperezo.
Miró el reloj y con ello se percató de cómo había pasado la mañana, recogió en la mochila los folios
y al hacerlo, descubrió el efecto de su escrito suplicatorio, en unas monedas que no supo cómo,
alguien dejó. Le hizo reír el comprobar, hasta que punto se hubo concentrado, que no logró ver a
quien o quienes, les habían dejado aquellas monedas, supo que con ellas podría comer algo y se
alegró aún más.
Tras recoger sus pertenencias, inició, la vuelta hacia aquella plazoleta que dejase en la mañana,
compraría algo de comida y, para compensar al frutero por el hurto, algo de fruta: tenía pocas
monedas, pero las creía suficientes. Continuó su camino y justo en ese momento, tuvo la sensación de
ser observado; se detuvo y buscó con la mirada a su alrededor, nada notó y continuó su caminar, pero
con la extraña sensación de que era vigilado.
En el camino de vuelta, encontró la tienda señalada la noche anterior, pequeña, pero bien surtida en
comestible, tras un mostrador de madera desgastada por los años y los fuertes limpiados dados por una
señora de cabellos plateados, con indefinible edad, pues aun mayor, se la veía fuerte y enérgica, de
amable y parlanchina voz, que le recibió y, demostró gran psicología, al prepararle un enorme
bocadillo, el cual debido al hambre que tenía, le pareció excelente junto a una cerveza.
También compró dos piezas de fruta y con ellas, se dirigió al rincón donde durmiera. En ese momento
vio al hombre que en la noche anterior le había hablado .
El canoso blancor de su cabeza, destacaba en la distancia y aunque inclinado sobre la ventanilla de un
coche, se apreciaba su figura. Por lo que le pareció, charlaba con una joven que le resultó conocida,
no sabía de qué, o de cuándo, pero sabía que la conocía; escrutó sobre ella la mirada y buscó el
recuerdo de aquella mujer; en ese momento, los ojos de la joven se cruzaron con los suyos y le pareció concebir nerviosismo en ella. Luego para conseguir huir de aquella situación, tras unas breves palabras
subió la ventanilla del vehículo, y desapareció calle abajo, pero dejó una sensación extraña en él.
Buscó en su pensamiento, por averiguar el por qué de aquella sensación.
No supo el motivo, pero la duda arraigó en su mente.
Llegado al rincón y aposentado en el frío escalón, engulló con avidez el bocadillo y una de las
manzanas, con la duda aún en su cabeza. Ensimismado en su pensar, no se percató de la llegada del
canoso desconocido, que nuevamente logró sorprenderle.
-Hola-. Fue el saludo que le sobresaltó, sacándole de su ensimismamiento.
-Hola. -Contestó, en parte sobrecogido.
-¿Escribes? -Le preguntó ofreciéndole un cigarrillo, que el gustoso aceptó, sorprendiéndole aún más
por la pregunta hecha.
-¿Cómo sabes?.. -Contestó y mostró con ello su extrañeza, mientras golpeaba sobre la uña de su
pulgar el cigarrillo.
-Te vi en el paseo y me pareció que escribías. -Concretó aquel sujeto mientras entre sus manos
cóncavas le ofrecía el fuego de un encendedor.
-¡Ah! -Exclamó él y a continuación confirmó. –Si, soy escritor.- Se enorgulleció con inaguantable
sonrisa de satisfacción en aquella afirmación.
-A mi me gusta mucho leer. -Aclaró el sujeto para a continuación explayarse en una verborrea
literaria, sobre escritores y estilos que en parte, a él le sorprendió; nunca hubiese pensado que aquel
tipo pudiese ser tan erudito; él siempre había creído que el mendigo, era un ser inculto, casi
analfabeto, al que solo le interesaba la vagancia y la continua borrachera, sin embargo aquel sujeto
venía a romper sus esquemas. Le observó ensimismado en su palabrería, aceptándole como un hombre
culto, al que tal vez las circunstancias le forzaron a mendigar, pensó en sí mismo y comprendió que al
igual que a él, pudo pasarle a otros. Él se veía ahora abocado a la calle, sin embargo antes tuvo una
vida, que sin comprender los motivos, le habían quitado, tuvo una casa…
Ese fue el momento, al recordar su casa acudió a su mente la imagen de aquella mujer, era la misma;
la que momentos antes viera que hablaba tan familiarmente con aquel tipo y la que se adueñara de su
casa, eran la misma mujer.
Una gran duda le invadió y mientras su contertulio seguía su intelectual cháchara, su pensamiento
divagó en lo visto anteriormente. ¿Quién era ese hombre?, ¿Cómo conocía a aquella mujer?, ¿Por
qué la mirada de ella al sentirse observada?, ¿Qué lazos de unión existían entre ellos? ¿Por qué?
¿Qué le ocultaba aquel tipo que tan amablemente le hacia compañía?, ¿Qué estaba ocurriendo?.
Absorto en tales ideas, se aposentó en su pensar la desconfianza, y no pudo coordinar las terribles
dudas que se apoderaban de él.
Sin un por qué, se incorporó del asiento y angustiado paseó frenéticamente por la enlosada plazoleta,
hasta extenuado volver al asiento. Mientras aquel hombre sorprendido, mostraba la incomprensión de
tan extraño comportamiento.
-¡¿Por qué hablabas con ella?! -Le espetó a bocajarro. -¡¿Por qué?!
-¿Cómo?- Preguntó a su vez aquel sujeto.
-La del coche. ¿Qué hablabas con ella? ¿De que la conoces?
Le miro fijamente, para mostrar extrañeza antes aquel tan raro comportamiento, después lentamente
contestó.
-No la conozco de nada, preguntaba por una calle. ¿Por qué crees que la conozco?
No supo qué decir, aunque recordó la sensación que había sentido de ser observado, ahora sabía de
quien provenía. Miró con desconfianza a su contertulio, y pensó que le mentía.
Recordó su imagen, apoyado en la ventanilla del vehículo y le pareció más familiar de lo que él
confesaba ahora. Algo extraño ocurría y tendría que averiguarlo.
Capítulo 8
Durante la noche pensó en su situación; no sabía qué ocurría y deseaba descubrirlo, sin embargo,
tras recapacitar, en su pensar supo que lo mejor, lo que debería hacer era desaparecer.
Quienes les habían degradado, hasta el momento en que se encontraba, parecían ser capaces de todo,
por lo que mejor sería apartarse del camino hasta saber más al respecto. Empezaría de nuevo su
búsqueda; en esta ocasión iniciaría su indagación por su madre, ella sin duda alguna, podría aclararle
la extraña vivencia que sufría.
Sabía quién era y, tras las rarezas ocurridas, estaba convencido de que algo había, recordó los libros
mostrados por su editor, en ellos no estaba su imagen, sin embargo él se sabía autor de ellos; así
que su nuevo camino sería el contactar con su madre; la llamaría y aun sin decirle quien era, pues
temía que lo dicho por su amigo fuese verdad y le tuviesen por muerto, callaría su nombre, ella por su
voz le reconocería. Una vez aclarado, de vuelta a su vida, vería los motivos que su editor tenía, para
no quererle reconocer como su amigo Miguel. Si, eso haría.
Con el ánimo resuelto, repuesto de energía, se alzó del suelo, cuando apenas las primeras luces del
alba, empezaban a despejar aquella delirante noche. Rascó con fuerza su poblada barba y alisó con
sus dedos la abundante cabellera. Su imagen hubo cambiado, de ir siempre impoluto, ahora su
aspecto era mugriento; hacia varios días que no tomaba una ducha, él, acostumbrado al aseo diario,
se hubo abandonado de tal forma, que poca variación existía con el resto de aquellos mendigos.
Tomó de la mochila la manzana sobrante y tras un fuerte bocado abandonó la recoleta plaza.
Su primer objetivo era el conseguir dinero, por ello, cuando hubo andado tanto, que las corvas de sus
piernas se negaban a llevarle; ante la puerta de una sucursal bancaria, se acomodó como pudo,
exponiendo sobre el suelo sus ruegos en aquel folio, que el día anterior le supuso la comida.
Tomó su escrito entre las manos y trató inútilmente de centrarse en su lectura, imposible, su obsesión
por conseguir brevemente las monedas necesarias para telefonear a su madre, acaparó por completo
su pensamiento.
Vio entradas y salidas de aquella oficina, pero sin resultado positivo a su necesidad. Momento tras
momento se fue encendiendo su furor, frente a la indiferencia del transeúnte.
Tras dos horas de paciente espera, se alzó del suelo y comenzó de nuevo su caminar a ninguna parte.
Las piernas le dolían y dificultaba sus pasos. –Tal vez, si fuese a su banco- pensó, pero nada
conseguiría; su documento señalaba otro nombre, no podía identificarse como Miguel Segura, por lo
cual, nada podría conseguir, aparte de que tras los días que llevaba en la calle, su imagen no era la
más adecuada, aun a su pesar, hubo de aceptar la idea de volver al refugio, que una semana atrás, con
la ilusión a flor de piel, abandonase; con un trabajo en las manos, que le hizo soñar en su
encumbramiento como escritor y que ahora, viviendo lo real, lo encontraba vano, fuera de una
realidad, que por momentos le asfixiaba, la idea del fracaso se acomodó en su mente y su cansado
cuerpo no pudo soportar peso tan grande.
Nuevamente se sintió humillado, despreciable y por primera vez, se arrepintió de haber iniciado
aquella aventura en la cual ahora se encontraba atado.
Recordó de nuevo su anterior hogar, mentalmente recorrió su casa, desde la cocina hasta el aseo,
desde el dormitorio al confortable salón. Pero su mayor goce fue el sentirse en su despacho, donde se
crecía su fantasía y viajaba en la ilusión de sus personajes; recordó su amplia mesa y le pareció sentir,
su pulida superficie bajo el tacto de los dedos. ¿Cómo era posible que tan claros recuerdos no fueran
realidad? ¿Quién era aquel Alejandro, que se adueñó de su vida y del que no tenía recuerdo alguno?
¿Cómo pudo ser? ¿En qué paso del camino perdió a su persona? ¿Cómo poder recobrarla?.
Infinidad de preguntas atosigaron su mente hasta el punto de sentirlas pulsar con fuerzas en su sienes.
Le siguió un penetrante dolor dentro del pecho, la mirada se le jalonó de vaho, buscó con ansias donde
aferrarse al sentirse de tal modo desfallecer. El débil tronco de un pequeño árbol, le sirvió de apoyo;
a él como a un bastón se agarró, con sus mermadas fuerzas y tomó con avaricia, bocanadas de aire
para su forzada respiración. Miró a su alrededor con suplicantes ojos, pero nula fue su petición de
ayuda. El mundo continuaba su ruta, sin que nadie se percatara de su extrema necesidad. - Debo
sobreponerme-. Se repitió mentalmente y trató de regular su acelerada respiración.
Poco a poco, sin abandonar el sostén del árbol, fue recobrando las fuerzas, casi perdidas momentos
antes, sintió cómo sus doloridas piernas recobraban el peso de su cuerpo y lentamente la angustia
vivida le fue abandonando; una brizna de alegría al encontrarse capaz, recorrió su cuerpo; en la
cercanía descubrió un banco donde descansar y trabajosamente, midiendo a cada paso la distancia,
caminó hacia él, para tras su llegada con fuerte suspirar, abandonarse en la piedra.
No calculó el tiempo pasado, pero sintiéndose en parte restablecido, trató de aportarse el ánimo
necesario, para continuar el camino. Sin idea fija de hacia donde ir, se alzó y con el dolor de piernas
cada vez más fuerte, penosamente anduvo. En su paso encontró una zona ajardinada, con un grifo,
del cual bebían acalorados críos, refrescó su garganta y aderezó su desordenada cabellera; hasta
encontrarse reconfortado, dispuesto de nuevo a seguir su recorrido.
Divisó unas niñas que reposaban en uno de los bancos, deleitándose con chucherías y llegado a su
altura, les pidió.
-¿Podríais darme un caramelo? -Ambas chicas le miraron con desconfianza, él agregó. -Por favor.
Aquel ruego pareció conmover a las pequeñas, que tímidamente le ofrecieron unas golosinas en sus
pequeñas manos. Él con mirada sonriente susurró.
-Gracias. -Luego, tras tomar aquellos caramelos, con sonrisa de agradecimiento, se sentó de nuevo
en uno de los bancos y saboreó con ansias las golosinas.
Apenas las hubo terminado, cuando de nuevo las niñas se le acercaron, con un pequeño bocadillo,
al parecer ofrecido por la mujer que a lo lejos las miraba; para demostrar con ello, comprender la
necesidad que como bandera, se reflejaba en su semblante. En la distancia le saludó, con una leve
inclinación de su rizada cabeza y a las pequeñas le dio inmensas gracias, con amable sonrisa entre los
labios.
Como la pólvora, corrió la noticia entre la chiquillería que, aunque por timidez respetaron la distancia,
desde ella le observaban, ocultándose rápida y tímidamente, cuando él, tras descubrirles mirándole,
fijaba en ellos sus ojos. Entre nerviosas risas de los críos y guiños tontos por su parte, pasó el tiempo.
Tras un rato, varios de ellos corrieron hasta él y con la alegría reflejadas en sus pequeños rostros, bajo
las atentas miradas de sus madres a lo lejos, le hicieron entrega de unas monedas, que a él le
conmovieron al punto de las lágrimas, se lo agradeció rozando levemente las pequeñas cabezas y con
una nueva inclinación, hacia las madres, como agradecimiento por aquella inesperada limosna, que
anteriormente ante la puerta de la sucursal bancaria, le denegaran.
A veces la alegría y la pena, se confunden en el pecho y con risa nerviosa se llora la pena, o con
lágrimas, se ríe la alegría, esos confusos sentimientos invadieron su ser, al ver alejarse a aquellos
pequeños, que en la distancia mostraban en alto sus pequeñas manos, en señal de despedida.
Luego: la soledad, la añoranza del cariño mostrado por aquellas criaturas, necesidad de un cariño, que
en algunos momentos todos sentimos.
Miró entre sus manos la caridad de unos críos, que aun en míseras monedas, significaron para él un
gran tesoro, la tristeza desbancó la ínfima alegría que la chiquillería le aportara.
De nuevo el caminar, el cansancio y de nuevo aquel dolor en el pecho, que le atenazaba en asfixia la
garganta.
En nueva necesidad buscó donde apoyarse y dubitativo, trató de acercarse al sostén de otro árbol; no
lo pudo conseguir, el dolor se intensificó oprimiéndole el pecho, trató inútilmente de superarlo,
pero por momentos se debilitaba.
Buscó, con desesperados ojos, ayuda entre las pocas personas que frecuentaban el recinto. Nadie le
miró. Intentó gritar auxilio, pero de su voz solo brotó un –aaah-. de queja; e inerte, sin fuerzas con
qué soportar su cuerpo, con un frío sudor, que recorrió su frente, cayó a tierra.
En un último esfuerzo, alzó del arenoso suelo la cara, divisó las miradas asombradas de algunos
transeúntes, que con acelerados pasos se acercaban a su persona. Un murmullo de abejas, susurró en
sus oídos, el grito murió en su voz y tras una cegadora neblina en la mirada, se abandonó a su suerte,
adaptándose inerte sobre la arenosa superficie.
Capítulo 9
La luminosidad de una luz indirecta encendía el blancor puro de las paredes, en contraste con la
semioscuridad, que, a través de la acristalada ventana, ofrecía la cerrada noche.
Despertó, sobre una tubular cama de blancas y olorosas sábanas; el monótono sonido de un artefacto,
de parpadeantes y pequeñas luces que, junto a su cabecera, se unía al cuerpo por finos cables de
distintos y llamativos colores, llamó su atención. En su brazo, una sonda de transparente plástico, que
le comunicaba a una también plastificada bolsa, desde donde el gorjeo de una gota, corría por el
tubular conducto a su antebrazo, unido a él, por la cruz de un esparadrapo.
Movió con dificultad su cuerpo, para tratar inútilmente de incorporarse. Tras el vano intento, se relajó
sobre las blancas sábanas, y aspiró en ella un fuerte olor a desinfectante; supuso sin saberlo
exactamente, dónde podría encontrarse. Los últimos recuerdos acudieron a su mente y le hicieron que
palpase su pecho, aún con un leve pinchazo del dolor soportado.
Justo en ese momento, sin el menor miramiento y con cierta brusquedad, se abrió repentinamente
la puerta, que frente a la acristalada ventana, era el acceso a la pequeña habitación; dando paso a
una mujer, de descomunal tamaño: una cara sonrosada de rojizos mofletes le sonrió y con voz
potente preguntó, dirigiéndose activa hacia la cama.
-¿Qué tal se encuentra? -Sin esperar respuesta, trasteó la sábana, para alisar enérgicamente su
superficie. Después, sin prestarle la mínima atención, sacudió la transparente bolsa, y golpeó con la
uña de su dedo índice, la unión con el conducto.
-¿Dónde estoy? -Preguntó él, intimidado ante tal derroche de energía.
-En San Carlos. -Fue la respuesta de la exuberante mujer, luego algo más dulce aún sin apartarse de
su brusquedad continuó. -Esta vez tuviste suerte, pero tendrás que cuidarte y lo primero que harás
será levantarte y darte una ducha-. Concluyó, para volver de nuevo a su activa brusquedad.
Tras ello, empezó con rápidos movimientos a desconectarle de aquel trasto, de parpadeantes
lucecillas; destapó la antes alisada sábana, para dejar al descubierto su desnudo cuerpo, cubierto
solo por una verde bata, anudada a su cuello y a la espalda de su cintura.
-Vamos. –Dijo; tras lo cual, pasó una fuerte mano por su cuello y de rápido movimiento, irguió su
torso sobre la cama; obligándole en cierta forma, a alzarse en ella. Luego siempre enérgicamente,
sosteniéndole por un brazo, lo condujo hasta una puerta blanca, en ángulo recto con la entrada y tras
abrirla, lo introdujo en ella, junto al rodante soporte de la plastificada bolsa, que era el único cable que
aún seguía en contacto con él, y del cual lo desconectó, para al salir llevarlo consigo.
-Y ahora dese un buen lavado, que aunque ya yo lo aseé un poco, todavía le queda suciedad y a ver
si no se deja tanto, no es bueno. -Las últimas palabras las dijo en un tono maternal, ilógico en cierta
forma, con su aspecto y actividad. Tras ello, salió de la sala, con la misma arrolladora actitud con la
que hubo entrado.
Disfrutó aquella ducha. No recordaba los días que habían pasado desde la última, fue un verdadero
alivio, el sentir correr por él la tibieza del agua y el aromático jabón, que inundó con su fragancia el
pequeño baño.
En mitad de ello, sin el menor pudor, arrolladora como siempre, entró aquella marabunta de mujer,
llegándole a intimidar su desnudez para colgar de un diminuto perchero, una nueva bata, tras recoger
la usada. Con los mismos rápidos movimiento salió, y encajó tras de sí, la blanca puerta.
Fue un respiro para él su salida, pues le había cohibido tanto, que avergonzado, trató de cubrir su
intimidad. Aun sin notar en ella, la mínima mirada.
Una vez restablecido, dejó el aseo, para de nuevo volver a la habitación en cuya mesita, la voluminosa
mujer, dejara un pequeño bol con algo de fruta en almíbar, junto a un vaso de tibia leche.
Ella estaba haciendo la cama con sábanas limpias y ante su llegada preguntó.
-¿Qué tal? -Y se aportó la respuesta con un: -¿Mejor no? -Luego tras señalar el bol le ordenó.
-Cómase eso. -Y concluyó aclarándole. -Luego vendrá la doctora, le traeré una maquinilla para que
se afeite. -Sin dejarle hablar, avasallándole con sus enérgicos movimientos, abandonó como una
exhalación la habitación, donde él quedó sumido en una infinita tranquilidad.
Comió aquellos trozos de dulce pera y bebió con avidez la leche, luego se echó en la cama, pero por el
temor a deshacerla y ante lo despejado que le hubo dejado el baño, al no tener sueño alguno, decidió
incorporarse: paseó por la habitación, e incluso abrió la puerta y observó el largo y solitario pasillo;
tornó de nuevo y sentado sobre la silla, apoyo para el visitante, se recreó en las blancas y vacías
paredes, mientras esperaba al alba.
Tras la ventana, se fue encendiendo el día, que desgalonó las anochecidas sombras, en las verdi-
blancas hojas de gigantescos álamos, reverdeciendo de esperanza su color. Trinos de alborotadores
pajarillos, cantaban al despertar y lentamente el día, se fue tornando en níveo blancor.
El vaho de su aliento nubló el cristal y con su dedo jugó sobre él, para dejar inconexo dibujo, que su
relajada mente le inspiraban.
Recordó a su madre, no había podido llamarla, tal vez desde allí pudiera. Pensó en pedir permiso a
aquella activa mujer, en la primera ocasión.
No supo que tiempo permaneció ensimismado en aquel amanecer.
Se inició el trasiego del hospital; el chirrido de ruedas, en el largo pasillo, se dejó oír, con el reparto
del desayuno. Llegado a la puerta de su habitación, introdujeron en ella una amplia bandeja, con
un humeante café y tostadas, junto a dos pequeñas porciones de mantequilla y mermelada, que él
gustoso degustó.
Después, una joven opuesta en todo a la voluminosa mujer de horas antes, le llevó su ropas, las cuales,
fueron lavadas y planchadas, cosa que en extremo agradeció. La joven de negra melena en trenza
recogida, le dio con tímida sonrisa, una bolsa de neceser, en cuyo interior, aparte de dos diminutos
botes de gel y champú, descubrió varias maquinillas de afeitar. Tras su entrega concretó.
-Me lo dio para usted, Encarna. - No supo quien era, pero pensó que sería, la voluminosa mujer de
horas antes.
Agradeciéndolo con una sonrisa, vio alejarse a la dulce enfermera de larga trenza. Luego, inició el
afeitado recomendado por la voluminosa Encarna y apenas terminado, una nueva y agradable mujer le
sorprendió.
Vestida de blanca bata, de corto y canoso pelo, sobre una enjuta cara de morena piel, entró la doctora,
acompañada por la dulce enfermera; portaba una carpeta, en la cual anotaba datos de los enfermos, en
su matinal recorrido, dirigiéndose a él mientras auscultaba su pecho, la canosa doctora con agradable
sonrisa le informó.
-Ha sufrido usted un amago cardíaco; gracias a que le cogimos a tiempo, lo ha superado, pero tendrá
que cuidarse, nada de tabaco, ni alcohol y tómese estas pastillas. -Finalizó extendiéndole una receta.
Él recordando a su madre le preguntó.
-Doctora, ¿podría hacer una llamada telefónica?
-Supongo que si, infórmese en recepción. -Y tras la seca respuesta, dejó la habitación seguida por la
joven enfermera del trenzado pelo.
Se vistió con la impaciencia de un crío, ilusionado en poder realizar la llamada deseada, esperaba que
todo saliera según su deseo.
En el amplio mostrador de recepción, donde también estaba enclavado un dispensario en el cual
conservar los diferentes medicamentos, le atendió una nueva enfermera, de hermosa figura, con
escandalosa melena rubia, aunque en la raíz del cabello, se apreciaba el castaño oscuro, de su
verdadero color. Tomó la receta de su mano y tras unos breves momentos en el dispensario, volvió
con una pequeña caja de pastillas y trató de explicarle cómo consumirla.
Él, cuyo único deseo era conseguir telefonear, explicó a la joven su intención. Sin embargo la rubia
enfermera, tal vez ofendida por sus prisas, le señaló el teléfono público, en la sala de espera. En parte
avergonzado, le confesó que no tenía dinero para ello; a lo que la rubia encogiéndose de hombros,
aseguró que lo sentía.
Una nueva decepción: sin embargo, en ese mismo instante, apareció como siempre acelerada la tal
Encarna, la cual al saber su problema, aceptó el ayudarle, le condujo dentro del dispensario, mientras
oía las continuas gracias que el joven le daba, en especial por la limpieza de su ropa.
Con una amable sonrisa le ofreció el auricular que él ansioso tomó de su mano, luego tras ella alejarse,
quedó en parte solo, mientras Encarna, como siempre frenética, preparaba sobre una bandeja dosis de
distintas medicinas.
Tras pulsar el número, esperó impaciente la conocida voz de su madre; no fue esa la que oyó, sino la
de otra mujer, para él desconocida.
-Dígame. -Dudó unos segundos, para luego pedir.
-Me pone por favor con Isabel Narváez.
-¿Cómo? Fue su respuesta.
-Isabel Narváez. -Masticó las silabas para a continuación oír la contestación.
-Perdone, creo que se equivocó, aquí no hay ninguna Isabel.
-¿Cómo? Ella es la dueña del negocio, la jefa.
-Perdone, esto es un particular. -Fue la respuesta.
-Pero… es el, -descifró el número, a lo que le contestaron.
-Si; pero como le he dicho aquí no vive ninguna Isabel.
Quedó atónito, sin saber que decir, durante todo aquellos meses había soñado ese momento, el hablar con su madre y recibir por ella la solución de aquella extraña vivencia, no comprendía nada,
desilusionado, con la mirada baja y sin despedirse de la frenética Encarna, que tanto bien le hubo
proporcionado, anduvo el largo pasillo con dirección a la salida.
En redacción.
Continúa...
Durante la intensa lluvia, la atmósfera se colmó de nebulosa neblina, un silbante viento de fuertes
rachas helaba el cuerpo. En una desvencijada calle de lúgubre silencio, alargada a contra luz, surgió
su sombra; sinuosa sobre el humedecido asfalto, rompía la silenciosa noche con el arrastrar de unos
pasos en dudoso camino, tras los cuales, una andrajosa figura giró la esquina, luciendo sin pudor
sucios harapos.
El devenir de sus pasos rítmicamente seguía, el chirriante girar de las ruedas de un carrito de compra,
sustraído de algún supermercado, colmado en su espacio con plásticas bolsas, que anudaban en ellas,
las pertenencias de tan siniestro personaje.
Llegaban las navidades, tiempo feliz que le agobiaba, él no tenia derecho a esa felicidad, pensó,
acompañado solo por el mecánico crujir de las ruedas del carrito que penosamente empujaba, y,
la alargada sombra de un famélico perro que unió a aquel camino su fiel pisada.
El asfalto humedecido por la llovizna, servia como espejo a la ciudad que en él se reflejaba. A lo largo
de sus pasos hubo visto: casas invertidas, nubes de negros presagios como suelo, paredes de movibles
colores que se ofrecían a su vista. Solo eso, y el silencio. La calle se le inclinó, obligándole a forzar su
lento paso, y en la acera se reflejo la barandilla de un puente. Había llegado. Siguió su penoso vagar
hasta lo más alto de aquella superficie, justamente el centro, donde más altitud le separaba de aquel
mundo que tanto le dañaba.
Tenia que huir de él y aquel era el mejor modo. Se apoyó en la baranda y observó sin miedo la
distancia; pensó en la caída sin importarle. Sintió en su pecho el vértigo al caer, sin miedo alguno.
Solo el golpe final le preocupó. Notó el quebrar de sus huesos por el impacto, sus recuerdos se
agolparon en él y un dolor asfixiante anidó en su pecho, haciéndole sentir como marioneta, derramándose en sanguinolento calor sobre un charcado suelo.
Aquello le preocupó. Sus folios se ensuciarían de sangre, e impediría su lectura, -no- eso no podía
suceder. ¿Cómo solucionarlo?.
Aceleró su quietud hacia el carro y buscó en su miseria la utilidad. Tenía que estar allí. Tras un
acelerado trasiego, al fin respiró; lo había encontrado. Se trataba de un rollo de precinto con el
que atar en una bolsa su escrito. Quinientos folios manuscritos, con los que realizó un contundente
paquete que adosó a su cintura, en un último giro de la adhesiva cinta.
Tras ello, volvió de nuevo a la barandilla aferrándose al frío hierro; la humedad por lo llovido lo había
convertido en resbaladizo pero no le importó, y tras mirar con soberbia al cielo, lo traspasó, para
quedar en su exterior agazapado.
Los deslumbrantes faros de un potente vehículo le iluminaron junto al chirriar de unos frenos.
En el momento de su abandono, alguien saltó del automóvil y en frenética carrera gritó su nombre:
-¡¡ Miguel, Miguel!!
Capítulo 1
Iniciáronse desde lo ínfimo, tenues rayos de claridad, que acrecentándose en su esplendor,
recordaban lanzas de luz; las cuales, tras herir la espesura de hojas, en las tupidas copas de viejos y
gigantescos álamos, cruzaban el estrecho ventanuco, para morir en las arcillosas losas como circulares
óvalos de luz, que daba iluminación a aquel pequeño recinto, donde dos sudorosos cuerpos,
despertaban al alba de un nuevo día.
Al abrir sus oscuros ojos aceitunados, una mueca de alegría rió en su boca. Siempre hubo sido alegre
su despertar; la mañana le aportaba la ilusión, que a lo largo el día solía contradecir. Se incorporó de
la cama y tras apoyar los pies en el frío suelo, quedó sentado en ella. Exuberante fue su bostezo, para
exhibir al máximo una blanca y armoniosa dentadura, mientras sus manos se enlazaban tras su cabeza
y contoneaba un torso de fuerte y musculoso costillar, adosado en robustos dorsales.
Tornó sus manos a las rodillas y permaneció unos segundos, suspendido en el recuerdo de una vida
tiempo atrás dejada.
Se cumplían quince meses de aquella aventura, hubo tardado más de lo previsto pero ahora estaba
culminada: se sintió feliz al reconocer, que por fin lo había logrado, ello le hacía enorgullecerse;
restregó los pies en las baldosas, reconfortándole su frialdad. Jamás le gustó remolonear en la cama,
una vez despertado el cuerpo, rehecho en su cansancio, le exigía el brinco. Las sábanas, impregnadas
del oloroso sudor del sueño, con su calor aún en ellas, le impulsaban a levantarse, sus abotargadas
carnes, marcadas por los serpenteantes dobleces de la arrugada tela, le rogaban, le forzaban a alzarse.
Obligado por esta sensación, su primer deseo al despertar era pisar con desnudo pie el suelo, eso le
despejaba. Era ese su despertar.
Muchos se lavan compulsivamente el rostro con agua fría o templada, otros se humedecen las pestañas
y arrastran de ellas con las uñas los restos del pasado sueño, los hay que toman buchadas con las que,
tras una series de gárgaras, escupen con fuerza; los que asean las comisuras de sus labios, con las
yemas de los dedos y se restriegan los ojos; los hay incluso, que para espabilarse, humedecen sus
cabellos y echan agua en su nuca, e introducen su cabeza por completo en el frescor, o se entregan a la
ducha: muchos son los despertares.
El suyo era sentir bajo el desnudo pie, la frialdad que el suave aire de la noche impregnara sobre el
suelo. Ese al menos hasta entonces, hubo sido siempre el despertar, en los veintisiete años, de aquel
joven vigoroso y decidido, capacitado para alcanzar cualquier meta, dispuesto siempre al máximo
sacrificio por conseguir su objetivo, incapaz de perder la mínima ocasión. En eso era igual a su madre,
una mujer, aun revestida de ausencia, luchadora, tenaz, que tras su viudez, consiguió que el heredado
negocio floreciera y se multiplicase de tal forma, que, tanto ella, como su hijo, pudieran disfrutar de
una desahogada vida. Nunca le faltó nada, jamás supo de una necesidad; sin embargo ahora,
despertaba en la pequeña habitación de un albergue, un asilo de caridad donde adecentar miserias,
donde el que nada tenía, podía disfrutar una frugal cena, un agradable desayuno y sobre todo, una
pequeña cama, para descansar el cuerpo de su vagar diario. Momentos que por propia voluntad, él
sufría.
Había tomado esa decisión un año atrás. Recordó la voz de su madre al saberlo: fría, distante, potente.
Siempre esperó de él que prosiguiera su labor al frente de la empresa, en cambio, le había salido un
hijo escritor, cosa que consideraba una locura. Nunca, aun aceptándola, comprendió aquella su
elección en la vida. Ella era totalmente cerebral, jamás realizaba una acción, si esta no le reportaba
beneficio, por ello, siempre le decepcionó aquella afición de su hijo.
El cual, aunque había editado varios trabajos, todos los consideró sin importancia. Los encontraba
vacíos de sentimientos, historias huecas de una situación acomodada, mantenida por ella.
Con el interés de algún día, convencerle de lo inútil de su vocación. Supo esperar a que se
desilusionara, pretendía que él se hiciese cargo de la empresa y continuamente se lo recordaba.
Él por su parte demostraba ser buen hijo, y aun sin obedecerla en sus continuos consejos, nunca
olvidaba fechas propicias para obsequiarla con flores o bombones, que eran su debilidad y que en
extremo la ilusionaba. Intentaba con sus zalamerías, conseguir el beneficio de su aceptación, sobre
aquel camino, en el cual, se sentía arrastrado a proseguir.
Sus trabajos anteriores le dañaron. Con la ilusión de un crío esperó tras ello la cúspide de la fama,
conoció la decepción de sentirse vulgar. Esas fueron las palabras de su amigo y editor. Le dolió. De
ahí que para buscar solución a aquella vulgaridad, tratara de vivir las experiencias de su propio
personaje: Un escritor sin recursos, que con una gran obra, se enfrentaría a la burocracia de las
editoriales. Con ello quiso, en cierta forma, vengarse de su amigo por el daño causado.
Sin embargo el editor, acogió gustoso aquella idea. Según sus palabras, podría aportarle el
sentimiento que le faltó en sus anteriores trabajos; incluso su madre le alentó, aun con temor, pero
consintió en ello. Su aceptación, encerraba el deseo de que aquel fuera su último intento.
Durante unas semanas lo preparó todo, se concedería unos meses para aquella aventura, dispondría de
lo mínimo: Un tope de dinero mensual, con el que poder pagar su sustento y el tabaco, como único
vicio.
Ahora, tras cumplir el tiempo, con la recopilación de quinientos folios manuscritos, consideró
terminada su idea. Por lo que esa mañana, volvería a su pequeño estudio en el barrio sibarita de
la ciudad, del cual, en aquellos meses estuvo ausente por el pudor a ser reconocido.
Su labor la hubo desarrollado, en lo más humilde de la ciudad, zona de la cual se encontraba ahora
saturado. Y añoró ilusionado, encontrarse de nuevo en el ambiente que su posición le ofrecía.
Tras una rápida ducha programada en un tiempo. Se vistió con sus mejores galas; por no mostrar a
nadie, el mundo del cual salía.
Su camisa, antes pulcramente lavada y tersa en su planchado, presentaba ahora alguna que otra
mancha entre sus innumerables arrugas. Consciente del tiempo que le faltaba para llegar a su casa, no
le importó. Tampoco la vieja mochila, que tras muchas noches de dormir en las aceras sobre viejos
cartones, había usado como almohada: lo que si le interesaba era su contenido, aquellos quinientos
folios, los cuales en una primera corrección, daría pie a su novela.
Alegre, cual quinceañero, abandonó el pequeño dormitorio donde su obeso compañero, bostezaba
el despertar. Este era grande, de ancha frente en amplia cabezota, con incipiente calvicie apenas
oculta por negros y lacios cabellos, de nariz carnosa y de redonda cara, donde de manera especial,
unos ojos diminutos y estrechos, apenas visible por debajo de unos hinchados parpados, llamaban
poderosamente la atención.
Había convivido dos meses con él, soportó sus ronquidos y el fuerte olor de sus pies. Era un hombre
esquivo siempre, de los que aun sin mirarte, están pendiente de ti. Aunque de lo que en aquel alberge
se encontraba pertenecía a lo mejorcito.
Ahora también él se encontraba feliz. Llevaba dos semanas trabajando como guarda jurado, puesto
que a sus cincuenta y dos años, era lo que tras su separación matrimonial, había conseguido.
Muchas noches le había hablado de buscar otro lugar donde dormir, poder pagar una habitación en
casa compartida, para evitarse lo vergonzoso de vivir en un albergue.
Le reconoció un merito, por querer huir de la situación a la que su separación le había llevado.
Entre los que allí se refugiaban era digno de admiración, por esforzarse en abandonar una vida, a la
cual, el resto de aquellos mendigos, se habían habituado, conformándose con el desayuno y la cena,
que por caridad les daban. Y limitándose durante el día, a mendigar el tabaco, la bebida, o la dosis de
droga, que su organismo le reclamaba.
Con el roce de su sien derecha y el leve alzamiento de sus cejas, a modo de saludo, se despidió de
aquel compañero, que, remoloneaba sobre las arrugadas sábanas, para tratar inútilmente de conciliar
un rato más de sueño.
Bajó al amplio y empedrado patio; y tras sortear los viejos y relavados harapos, puestos a secar la
anterior noche, entró en el comedor, donde un viejo cura y su afeminado ayudante, le sirvieron un
tazón de leche con rancias galletas. Apuró en seguidos buches la leche y volvió al patio en dirección a
la verja que le ofrecía la libertad de la calle.
Capítulo 2
Deslumbrado por la luminosidad del día salió del suburbano, a las amplias avenidas de su suntuoso
barrio. Recorrió las limpias y bien adoquinadas aceras con el incontrolado deseo de llegar a su
apartamento. Aceleró sus pasos mientras su mente evocaba tiempos pasados; añoró su antiguo
despacho, revestido en nogal español, iluminado por un amplio ventanal desde donde la vista se
recreaba en el frondoso jardín comunitario, al que desembocaban las entradas de aquellos lujosos
apartamentos. Ansió recorrer sus manos en el amplio escritorio donde a partir de ahora reescribiría su
novela. Presentía que en esta ocasión conseguiría su sueño y una placentera alegría, corrió en su
pensamiento, reflejándose en su boca.
Rió henchido de felicidad, hasta que el eco de su risa le devolvió a la realidad.
Temeroso de ser observado desvió sus pasos, para tomar la frondosa alameda que le conducía a su
hogar; al llegar a la entrada, saludó amablemente al conserje y con decisión se encaminó hacia su casa.
-Perdón ¿Va a…? Preguntó el vigilante, acomodado en su amplia garita desde la cual controlaba al
completo el recinto.
-Voy a mi apartamento, el 4-b, -contestó y a continuación se dispuso a seguir.
-Perdone, pero no le conozco. ¿Visita a….? -Esperó de él que concluyera la pregunta para saber así,
si aquel personaje, de desastroso aspecto, conocía al inquilino de tal apartamento.
-No visito a nadie, voy a mi casa. -Miró al conserje, el cual abandonaba su lugar, interponiéndose
con prontitud a su paso. Se percató de que no era aquel, el portero habitual y comprendió que no le
conociera, amablemente se dirigió nuevamente a él, y pretendió explicarse.
-Vivo aquí. Solo que llevo varios meses fuera y tal vez por ello, no me conoce. Pues he observado
que es usted nuevo.
-Lo siento, pero creo que se equivoca, llevo tres años en esta comunidad y nunca le he visto, además
en el apartamento 4-b vive una señorita, la cual no creo le conozca. -Concluyó el conserje,
interponiéndose descaradamente a su paso y con despreciadora mirada, recorrió hasta los pies la
vertical de su cuerpo.
Se sorprendió, volvió a mirar al conserje sin comprender por que le decía de llevar tres años en aquel
puesto. Él conocía a Daniel, al que había dejado unos meses atrás, por lo que estaba seguro de quien
era su conserje, simplemente pensó que aquel era un sustituto. Con amplia sonrisa se dirigió
nuevamente a él, dudoso ante lo absurdo de tal situación.
-Mire señor, esta usted equivocado, permítame pasar y se lo demostraré.
-Un momento. -Fue su respuesta, e introduciéndose de nuevo en la garita, telefoneó. Tras unos
instantes le preguntó. -¿Cómo se llama?
-Miguel. Miguel Segura, del 4-b. -Esperó unos segundos, impacientándose por momentos.
Oyó al vigilante comentar al teléfono, sobre si le conocían, el resultado: una nueva negativa, con
la débil escusa de que no habitaba allí. Aquella incomprensible situación, alteró sus nervios, trató de
razonar con aquel energúmeno que le impedía el paso. La conclusión, una nueva explicación negada
nuevamente por su interlocutor. Ya un tanto alterado trató inútilmente de conseguir pasar, por lo que
el conserje más violentamente terminó impidiéndoselo.
Ambos se enzarzaron en una agria discusión que fue bruscamente cortada con la llegada policial.
Cuando el trajeado agente se acercó, lo primero fue mostrarle en su diestra la placa policial
identificativa. Luego, pedirle la documentación. Más tarde tras oír en partes el motivo de los dos, y
aun posicionándose más hacia la versión del conserje, decidió.
-Veamos en sí el estudio - y acompañándoles llegaron al apartamento.
En el primer intento por abrir, comprendió que algo extraño ocurría, no logró introducir el llavín, por
lo que supo, que no era esa su cerradura. Atónito se desmoronó en la duda, no sabía que ocurría,
aquella era su casa por lo tanto, ¿porque la llave no la abría?. No supo que decir, ni que pensar, e
inútilmente susurró.
-Yo vivo aquí. – Mientras observaba la risa burlona que florecía en el conserje.
El agente pulsó el timbre y una elegante joven de sinuosa figura abrió la puerta.
-Perdón señora, ¿conoce usted a este hombre? -Preguntó amablemente el agente.
La joven le escrutó con una desconfiada mirada y contestó con un rotundo.
-No, nunca le he visto.
Él no comprendía nada. Aquella mujer se había adueñado de su hogar..., pero ¿Por qué?, ¿Qué estaba
ocurriendo? No comprendía, llegó incluso a dudar el haberse equivocado de casa, buscó a su
alrededor, para tratar inútilmente de saber; sus ojos descubrieron al conserje, que con jocosa y burlona
sonrisa, le señalaba mientras giraba un dedo sobre su sien, acusándole de loco.
-No estoy loco -casi gritó -Y se lo demostraré. -Dirigiéndose al policía le suplicó. -Puedo
demostrárselo explicándole como es mi casa, aquí, a la derecha, esta el despacho, enfrente hay un
salón, en el fondo….
-Un momento. Ordenó el agente y dirigiéndose a la joven preguntó. -¿Podríamos pasar señora?
-Por supuesto, -respondió ella, y dejó franca la entrada. Tras cruzar la puerta, él, seguido del agente,
se encaminó al despacho. Fue el entrar y se sintió aturdido. Sacudió la cabeza queriendo despejar
aquella duda, no lo comprendía aquel no era su despacho.
Las paredes, revestidas de nogal, se mostraban ahora enteladas en una sarga beige, rayadas en oro
viejo y corinto. Su mesa había desaparecido, para dejar en su lugar unos confortables butacones, desde
los cuales se apreciaba un fornido mueble de roble, en el cual entre libros, reposaba un gran televisor.
Aquella no era su casa, solo recordaba de ella, el frondoso olivo que a través del ventanal se veía.
Era lo único que coincidía en su recuerdo.
-No puede ser, es imposible, no sé qué pasa pero esta era mi casa. -Humillado se abandonó en uno de
los butacones sin comprender que le ocurría; una infinita tristeza le invadió y dos furtivas lágrimas de
impotencia, recorrieron sus mejillas. El agente con ayuda del conserje le incorporó y tras excusarse
con la joven abandonaron la casa.
Se sentía hundido, miles de ideas inundaban su mente, preguntas sin respuesta que, dolorizaban su
pensamiento. Pero no fue aquel su único desengaño. Al llegar de nuevo a la salida, el segundo agente
le preguntó.
-¿Por qué dice vivir aquí? Alejandro. En su documento consta otra dirección. -El miró al conserje,
creyendo que era a quien preguntaban.
-A ver, contésteme. ¿Por qué dice que vive aquí?
Comprendió que la pregunta iba dirigida a su persona, aun sin llamarle por su nombre.
-Porque es así. He estado unos meses fuera, documentándome para escribir una novela, soy escritor
y vivo…. vivía aquí
-A ver Alejandro ¿qué has fumado? ¿De qué vas?
-No me llamo Alejandro. Fue su contestación. -Me llamo Miguel. Miguel Segura. No Alejandro.
-¿Seguro? -Le volvió a preguntar el agente, mostrándole su documento de identificación.
Miró su carnet, y comprobó que ciertamente en él, rezaba el nombre de Alejandro. Su cara era la suya,
sin embargo el nombre… Trató de aclarar aquella absurda situación, en el justo momento en que uno
de los secretas, decidía.
-Llevémonoslo hasta que se le pase la “pea”.
-¡No estoy borracho, ni drogado. Me llamo Miguel y vivo aquí, en el 4-b, suéltenme!.
Lucho vanamente por deshacerse de unas manos, que fuertemente le esposaban y lo introducían en la
parte trasera del vehículo. Acobardado en el asiento, repitió una y otra vez. Como queriéndose
asegurar de ello, me llamo Miguel, Miguel Segura, Miguel. Y en su impotencia amargamente lloró.
Capítulo 3
No es triste ni temerosa la semioscuridad, ni es agobiante el asfixiante olor de la humedad, ni la
frialdad de unos barrotes, ni la soledad y el abandono. Lo verdaderamente triste, lo pavoroso, es el
crujir de los goznes de la enrejada puerta, cuando tras de ti se cierra. Te produce el hiriente dolor de la
humillación, la desesperante soledad de lo injusto. Ese fue el sentimiento que le produjo, al ser
encerrado en aquel calabozo.
Tras su injusta detención. Cuando su pensamiento reaccionó, ante situación tan extraña, con la duda
aún de no comprender lo pasado, de cómo aquella vida, que hasta ese día había considerado suya, se
había evaporado; haciéndole dudar incluso de su identidad, perdiendo de la noche a la mañana, el
derecho a mantener un nombre, unos recuerdos que por lo demostrado, no le pertenecían, pero que
seguía aferrado a ellos, por ser lo único que conocía. Le habían repetido hasta la saciedad, su nuevo
nombre. Pero era algo que no comprendía, no sabía nada del tal Alejandro, sus recuerdos eran de
Miguel. Sin embargo la realidad le decía lo contrario.
Cómo podría solucionar aquel problema; salir de aquel sueño, aquella locura, que poco a poco se
apoderaba de su pensar, quiso por un momento, en su deseo de comprender, situarse en la piel de
aquel extraño que trataba de apoderarse de su mente, pero no encontró recuerdo alguno al que poder
aferrarse.
Cansado, sintiendo el pulso en su sien, rendido, se dejó caer en el alargado poyete, que, muriendo bajo
el diminuto ventanuco, le ofrecía el descanso de su semioscuridad.
Durante horas, como falsa moneda, de mano en manos rodó. Sobre un largo mostrado fue preguntado,
mancharon sus dedos de negra tinta y deslumbraron sus ojos cegadores focos, con la misma monotonía
en sus oídos. Preguntas y más preguntas que atosigaban su cabeza. Una desgarradora opresión le
asfixiaba en el pecho y un desesperado grito se iba apagando en su garganta. Tan extremo fue el
momento, que en su pensamiento arraigó la duda. Ahora, libre ya de sus presencias, retornaba de
nuevo a su principio. Él era Miguel, Miguel Segura.
Su cabeza inició el razonamiento, para analizar fríamente tan extraña situación.
-Me llamo Miguel. -Se dijo. -Y soy escritor. -Se afianzó en su idea y en ensoñación recordó su
tiempo pasado, vio a su madre y le pareció oír sus palabras: secas, precisas, pero a su vez justas y
sinceras. Pocas veces en su niñez le hizo carantoñas, de vanas palabras, su hablar siempre fue
explicativo, razonable. Jamás le trató como infantil, su trato fue siempre de mayor a mayor, excepto
cuando en la noche le arropaba y desvelaba en parte su sueño, con la delicadeza de varios besos.
Ella lo aclararía todo, tendría que llamarla y solicitar su ayuda.
Pero… -El engranaje de su mente, puesta ya a pleno rendimiento, le mostró la realidad. Ella estaba
muy lejos, sabía que la distancia entre ambos, le haría perder unos días. Tenía que solucionarlo antes.
En su pensamiento apareció entonces el nombre de su amigo, Ramón, amigo y editor, él demostraría
su verdadera identidad. Debía llamarle.
Tras incorporarse, corrió a la enrejada puerta y con incontrolable fuerza, sacudió sus barrotes, con un
asomo de ilusión en su desgarrado grito.
-¡¡Oiga… oiga…!!. Gritó con la esperanza contenida. El silencio fue su respuesta.
Nuevamente llamó, con idéntico resultado. Llamó y rellamó. Hasta que su voz cansada se aminoró
en el tiempo, y terminó en un susurroso gemido de impotencia.
Resbaló sus manos por los negros barrotes, hasta humillado, caer rendido sobre el suelo.
No supo que tiempo permaneció así, su agotamiento fue sorprendido por la apertura de la puerta
general, a la que desembocaba el largo pasillo, jalonado a su derecha por las continuas rejas, de
aquellos receptáculos que formaran los calabozos.
-¡Oiga!… -Recobró el ánimo, el contemplar la imagen que se le aproximaba -Agente… Oiga… Quisiera hacer una llamada. -Observó en espera a su ruego la voluminosa formadel policía, que aferrando fuertemente a un detenido, lo encaminaba hacia la celda contigua a la suya.Con dominante movimiento, introdujo en ella a un debilucho chico de apenas veinte años, tembloroso entre las manos de aquel gigantón.
Tras cerrar secamente la reja, parsimoniosamente se dirigió a él.
-Y tú, ¿Qué quieres? -Casi le escupió a la cara.
-Quiero hacer una llamada. Tengo un amigo que confirmará mi declaración.
-De acuerdo. -Fue su seca respuesta. Tras la cual encaminó lentamente sus pasos, hacia la entrada.
Nuevamente la soledad y el silencio reinaron, en espera a los resultados de su pedido. Miró de soslayo
al joven, acurrucado en el poyete similar al suyo, que aparte de para sentarse, hacía las veces de
camastro, y le apenó. Sabía los momentos que estaba viviendo, conocía sus momentos.
Nada sabía de las razones que contra él tendrían, pero le apenaba el que apenas un chiquillo fuese así
tratado. También el joven le miró, y marcó en sus labios el saludo de una tímida sonrisa, apenas
visible en la penumbra reinante.
-Hola. -Fue su saludo, y el mismo hola, la contestación.
En silencio volvió a tomar asiento, en espera de aquel ruego de una llamada, a la que todo detenido
tenía derecho. Eterno se le hizo el tiempo hasta volver a escuchar nuevamente la puerta y ver aquella
figura, que tras detenerse y abrirle la reja, se limitó a decir.
-Bueno ¿Qué? ¿No querías llamar?
-Si, si. -Contestó, con la ilusión en la voz reflejada.
El trato de aquel gigantón, como siempre, fue rudo. Tomándole de un brazo casi le arrastró por el
largo pasillo.
Le deslumbró la luminosidad de la sala, a extremo de tener que cerrar los ojos. Un nuevo empujón del policía, le hizo reaccionar, encaminándose en la dirección indicada por el agente.
Arrinconadas, tras unos bancos de espera, había dos cabinas telefónicas, indicándole una de ella soltó
su brazo, permitiéndole la entrada.
Respiró profundamente y tras coger el auricular, inició el marcaje del número de su amigo. Sin dejar
de ser observado por el gigantón. En la distancia sonó uno tras otro tres timbrazos, antes de oír la
familiar voz de su editor y amigo.
-Ramón Esteban al aparato, dígame. Fue el inicio de aquella conversación.
-Hola Ramón, necesito que me ayudes.
-Hola. -Contestó su amigo. ¿Quién eres? Preguntó a continuación
-Soy Miguel. ¿No me reconoces?
-¿Perdona? -Con esa pregunta contestó a la suya.
-Soy Miguel Segura, tu amigo. Volvió a repetirle.
-¿Cómo dice?
-¡Hostia tío!. Miguel Segura. Casi gritó. Transcurrieron unos intensos segundos, que le parecieron
larguísimos, cuando nuevamente sonó la voz del amigo, tras hacerlo, le invadió una tremenda duda.
-No sé quién es usted, ni qué pretende. Pero me parece muy injusto lo que intenta.
-¿Cómo? Contestó desde la duda. ¿Qué dices? ¿No me conoces?, soy yo tío. Acuérdate, te deje hace
unos meses para escribir sobre la mendicidad, aconsejado por ti.
-¿Cómo sabe eso?. Fue la extraña contestación -Sé quien era Miguel, ciertamente él decidió estar un
tiempo fuera de circulación; pero usted no puede ser él.
-¿Cómo que no? Preguntó impaciente. ¿Cómo que no soy yo?...
-Mire oiga, si es una broma me parece de muy mal gusto, no sé qué intenta, pero es muy
desagradable, así que lo siento…
Presintió que trataba de colgar el auricular. Y desesperadamente rogó.
-Por favor no cuelgues, soy yo, me han detenido y necesito tu ayuda.
-Lo siento, no puedo ayudarle, y vuelvo a repetirle que no le conozco de nada.
-Por favor solo tienes que decir que soy Miguel.
-Mire no insista. Usted no puede ser mi amigo Miguel.
-¿Por qué no? Preguntó desesperadamente.
-Me desagrada lo que está haciendo. Usted no puede ser mi amigo, porque él hace cinco meses que
murió, así…
-¿Cómo? Cortó así aquella afirmación. ¿Qué he muerto?, no, no es cierto, estoy aquí, me han
detenido…
-Mire señor olvídeme. Si le han detenido, usted sabrá por qué, pero respete la memoria de mi amigo.
Esas fueron sus últimas palabras. Tras ellas, sonó el continuado pitido, de haber colgado el auricular.
Envuelto nuevamente en la duda se apoyó tristemente sobre la cabina, para quedar inerte, sin poder
reaccionar. La puerta de la cabina se abrió y nuevamente el gigantón le cogió por el brazo, sacándole
con violencia a la luminosa sala.
Capítulo 4
Extenuante fue el tiempo. Cuando la débil luz en aquel ventanuco, mostraba la oscuridad de la
cerrada noche, su cuerpo rendido concilio el sueño. Tras la esperanzada y a la vez decepcionante
llamada, volvieron a introducirlo de nuevo en el receptáculo enrejado de su celda. Él se sumió en el
silencio; incapaz de coordinar alguna idea, con la mirada perdida sobre los negros barrotes,
permaneció callado. Le pareció oír como un murmullo, al joven en la celda contigua.
Pero nada le importó, quedó quieto y callado, sentado sobre el catre de fría mampostería, ausente de
aquella agobiante realidad.
La noticia de su muerte le resultó demoledora, ni sabía ni quería saber, por qué la vida se le había
tornado de tal manera. No comprendía aquel absurdo, ¿porque tenerle por muerto? si él sentía como
respiraba, como estaba presente entre aquellas rejas, ¿quién o por qué le complicaban así la vida? No
quería pensar y no lograba frenar su pensamiento.
Apenas si se percató cuando anochecido ya, le trajeron un bocadillo y una bebida como cena, ni se
movió, y aunque creyó oír a su compañero pidiéndole aquella frugal comida, se limitó a callar y
vagamente dejarse caer sobre la fría piedra del camastro, hasta que rendido se adormiló.
-¡Fuego… fuego! gritaban con fuerza y angustiosa voz. ¡Fuego…fuego!
Se encontraba envuelto en un espeso humo, que le impedía ver y le asfixiaba, ansiaba buscar el aire, se
forzaba en ello sin conseguirlo. De pronto la puerta se abrió de fuerte golpe y una tremenda llamarada
iluminó la estancia, mientras la angustiosa voz volvió a gritar. – ¡Fuego!
Ese fue su despertar. Sobrecogido, empapado en frío sudor, se arrinconó sobre el camastro, mientras
con espantada mirada, buscaba el terrible fuego que amenazaba con devorarle.
Sin embargo la celda seguía envuelta en la penumbra del día anterior.
-¿Que te ha pasado? Preguntó su compañero de celda, ante el aspaviento de su despertar.
Le miró con el corazón palpitante y le alegró comprobar su realidad, se sintió feliz de estar en ella,
pues a pesar de su crudeza, acababa de dejar una aún más terrible; miró a su asombrado acompañante
y una leve sonrisa floreció en sus labios
-¿Qué te ha pasado? Volvió a preguntarle su extrañado compañero. -¿Una pesadilla? Concluyó.
-Si-. Contestó él, con el agradecimiento reflejado en la mirada, al contemplar la preocupación que su
sueño había ocasionado en aquel joven.
-Soñé que había un incendio, y que las llamas me abrazaban.
-Eso es bueno. Confirmó el joven. -Soñar con fuego es dinero. Lo mismo te toca la lotería. Y rió de
una forma escandalosa, la cual consiguió contagiársela. Fue la válvula de escape que necesitaba.
Con la risa aún en los labios, miró a su interlocutor y una chispa de agradecimiento brilló en sus ojos.
-Si-. Confirmó este. -Dicen que soñar con fuego significa dinero, lo chungo es soñar con agua sucia.
Y nuevamente se miraron naciendo en ellos el brote de la camaradería. Estuvieron unos momentos en
silencio tras los cuales fue el joven el primero en romperlo
-Me llamo Mario. Dijo mientras extendía su mano entre los barrotes.
-Mi… Dudó un momento y mientras estrechaba el ofrecimiento de aquella mano, confirmó.
-Miguel, Miguel Segura.
-Encantado colega-. Fue la respuesta del joven. -¿Y por qué ha sido…? Le preguntó.
Él lo escrutó con la mirada, el joven comprendió su silencio pero no se dejó vencer.
¿Qué por qué te han detenido? Su insistencia le incitó a contestar. Sin embargo aunque aquel chico
parecía agradable, él, tras los momentos vividos, se tornó desconfiado, debido a lo cual prefirió callar.
-A mi me cogieron por droga. Según ellos por negociar con droga, “amos” como si uno tuviera una
tienda de ropa. Y rió, aunque aquella risa estuvo velada de amargura. -Hijos de puta. Concretó. -Por
trapichear unas posturitas me enchironan y al que me lo pasa, si lo cogen, no le ocurre nada, ni lo traen
aquí, claro como hay “moni” por medio. Hijos de puta.
Tan abrumadora sinceridad, ganó su confianza y aun sin abrirse a él, murmuró.
-Si yo te contara. Su interlocutor aprovechó aquel inicio de confianza para incitarle de nuevo con su
pregunta.
-¿Por qué te han cogido? ¿También por droga?, No, tú no tienes pinta de eso. -Aquello le gustó, el no
parecer a los ojos de aquel joven un simple drogadicto, le agradó, aunque él tampoco tenía pinta de
ello, y según sus propias palabras en ello estaba.
-No, no es por droga, es peor…
-¿Por robo? Preguntó intrigado el compañero. -¿Por asesinato? En esta última pregunta, temeroso
bajó el tono de voz.
Él, con la sorpresa reflejada en la cara, afirmó.
-No, qué va, por nada de eso. Y poco a poco fue confiándose a aquel chico. Hasta, a grandes rasgos,
contarle sus novedades.
-¡Hostia tío!, eso es fuerte. Confirmó el joven, tras oír aquella extraña historia. Después
simpáticamente concluyó. -Pues di que te llamas Miguelandro-. Y río su propia gracia. Su risa era
contagiosa, tanto que aun sin hacerle gracia su conclusión, también él rió.
-¿Y qué piensas hacer? Le volvió a interrogar.
-No me daré por vencido, demostraré quien soy. Le explicaré al juez y él comprenderá…
-Negro lo llevas. -Sentenció el joven. - Como le vayas con ello al juez, te encierran por loco. No, no,
para nada. Estas gentes no se andan con pamplinas. Lo mejor es que aceptes al tal Alejandro si
quieres salir de aquí. Si no, te lo juro, a esta gente no le importa nada, te meten en un manicomio y te
pudres dentro. Seguro colega.
Analizó las palabras del joven, y reconoció que estaba en lo cierto. Si nadie excepto él, le había creído,
por qué iba a creerle un juez. Sin embargo el aceptarse como Alejandro, no le resultaba fácil. Pero lo
primordial era salir de allí y la mejor solución se la ofreció aquel joven.
-Tienes razón. -aceptó.
-Y tanto. Dijo el joven que como Mario se hubo presentado. -Una vez fuera, investiga al editor, a mi
me suena que no es trigo limpio.
-Cierto, algo tiene que ocultar porque de no ser….
La puerta de la entrada se abrió de golpe y el fornido agente del día anterior, apareció a contra luz en
ella, después de acercarse a sus celdas en tono burlón dijo.
-Pito, pito, gallinitas, a desayunar, pito, pito. Y rió estrepitosamente. Tras ello les dejó sobre el suelo
un plastificado vaso de humeante café y un bollo. Al ver la cena anterior de Miguel, preguntó.
-¿Esto qué?, ¿estás desganado gallinita? Y volvió a reír.
-¿Cuándo llega el juez? Preguntó Mario.
-Tranquilo gallinita, el juez os verá en un ratito. Y, envuelto en la misma risotada, desapareció como
había aparecido.
-Hijo de puta. Fue la expresión del joven, la cual, asiduamente florecía en su boca.
Miguel por su parte, guardó silencio y reanimado en parte, tras el desahogo que le produjo el confiarse a su compañero, desayunó con ansia aquel refrigerio; mientras lo hacía ordenó su mente y decidió el
camino a seguir.
Tendría que reconocer el llamarse Alejandro… no sabía el apellido, pero igualmente lo aceptaría,
hasta lograr abandonar aquellas paredes, que empezaban a agobiarle. Después, una vez en la calle,
soñó, lo primero que haría no iba a ser el seguir a Ramón. Se presentaría, con la excusa de buscar
editor para sus quinientos folios y frente a él, analizaría su comportamiento. Con ello, con su reacción
frente a frente, sabría a qué atenerse, sabría si le era familiar o no, pues la sorpresa al verle de frente le
resultaría difícil el disimular. Puesto que ahora, comprendía sin saber exactamente el qué, que algo
había, y no lo podía consentir, pues lo seguro era que estaba vivo y que nada sabía del tal Alejandro,
por más que se esforzó su recuerdo pertenecían a Miguel, por lo que tenía que descubrir por qué lo
habían anulado. También telefonearía a su madre, pero no le diría quien era, aunque ella con solo oír
su voz le reconocería, a no ser que también su voz se la hubiesen robado.
Animado por la idea y tras engullir el desayuno, se sintió reconfortado. Seguía sin comprender nada,
pero lo aclararía. No iba a consentir que de un solo plumazo lo anularan.
Miró a Mario, que con el puño de su camisa se limpiaba la boca y aun sin decir nada, se sintió
agradecido hacia aquel joven, el cual le había reconfortado. Este al sentirse observado le miró y al
cruzarse con sus ojos sonrió, luego dijo.
-¿Qué? Y tras la interrogación volvió a reír, alegrando en parte aquel siniestro recinto.
Capítulo 5
La pulida superficie de la barnizada mesa reflejaba, a contraluz, las voluminosas estanterías repletas
de libros. Entre ellos la rubia cabeza de prominentes entradas, sobre el rostro sonrosado del editor jefe.
En el embaldosado suelo de mármol blanco, más libros y manuscritos, simulaban columnas de corta
altura, que adosadas al poco espacio libre en las paredes, recortaba la distancia entre los distintos
escritorios.
En uno de ellos, Mercedes, joven de lánguida y celestiales ojos, con la tristeza de un amor
incomprendido, reflejado en la sumisa mirada, como ratón de biblioteca, entre papeles y tomos de
encuadernaciones.
Frente a ella, una amplia puerta de dos hojas, en su mitad acristalada, y pintada en blanco, daba paso
a una pequeña sala, donde eran recibidos los distintos escritores o poetas, ilusionados en la edición de
su obra.
Las paredes, estaban igualmente cubiertas por estantes, con más libros en los que se apreciaban
distintos formatos, grandes, pequeños, gruesos, finos, con mejor o peor encuadernación, según el
precio que el autor desease. En el centro, una mesa camilla vestida con faldón turquesa, que aportaba
un toque hogareño a aquella sala: sobre su tapa circular, un amplio cenicero pulcramente limpio y un
ramillete de frescas margaritas; rodeada por cuatro sillones de brazos cuyo asiento y respaldo, estaban
tapizados del mismo tejido que el faldón. Luego en la pared de entrada dos antiguos cuadros de viejos
escritores.
Esos eran los dominios de Ramón Esteban García, jefe de la editorial Nuevas Letras. Sito en el centro
de la ciudad hacia donde Miguel se dirigió.
El recibimiento fue correcto. Le abrió Mercedes con una sonrisa amable, aunque tímida, ausente,
típica en ella. La conoció en pocas ocasiones y siempre se mostró seria, reservada: su obligación
estribaba en recibir las concertadas visitas y en la corrección de los diferentes manuscritos; los demás
acuerdos eran personalmente tratados por su amigo, al cual tras tomar asiento esperó, oyéndole hablar
al teléfono.
-Si, se puso en contacto… esta todo en marcha… no, sin problema… no, no se preocupe, si… por
supuesto… no se preocupe, todo saldrá bien, de acuerdo, adiós, hasta luego… si… si, la tendré al
corriente… después le llamo… hasta luego, adiós, adiós.
Luego sonó cómo colgaba el auricular y sus pasos acercándose; había llegado el momento. Su mano
apretó con fuerza la turquesa falda de la mesa camilla, se humedeció los resecos labios e impaciente
esperó, mientras escrutaba con la mirada el hueco de la doble puerta.
-Hola, soy Ramón. -Y tendió su mano como saludo. Sin la mínima sorpresa en su sonrosada faz.
Tomó asiento frente a él, mientras amable le ofrecía un cigarrillo; tras cederle fuego.
-Bien usted dirá. Me comentó que tenía un escrito que deseaba editar-. Y se acomodó en el sillón,
en espera a su respuesta.
Aquella reacción, rompió sus esperanzas. Desde el principio creyó que al tenerle frente a frente, su
amigo se desmoronaría, y confesaría el motivo por el cual le había mentido, sin embargo ahí estaba,
con ambas manos apoyadas en la mesa y el humeante cigarrillo, entre los labios; pero ninguna
reacción que delatase su ocultación. ¿O es que era sincero, mientras que él estaba equivocado?, la duda
le inundaba, pero reaccionó a ella mientras trataba de mostrarse sereno.
-Si, se trata de una novela sobre la mendicidad. -En lo de mendicidad masticó lentamente las silabas,
con el análisis de los mínimos gestos de aquel hombre al que tiempos atrás nombró de amigo.
Los quinientos folios pasaron de mano y antes de pronunciar palabra alguna, el tal Ramón, los hojeó
entre sus dedos, apoyó el cigarrillo en el pulcro cenicero y se recreó en los primeros párrafos, tras unos
segundos, dejó el escrito sobre la circular tapa y se enfrentó a él.
-Bien, hablemos claro. - Le impresionó aquella frase.
Temió, no supo la razón de aquel temor pero temió, esperó con impaciencia las siguientes palabras, y
estas llegaron.
-Lo primero, habría sin duda que hacerle una corrección, después acordar la encuadernación, el tipo
de tapa….
Esa era su forma de hablar claro, - ja, casi río ante tal decepción, esperaba un esclarecimiento de su
situación y él hablaba de negocio. Eso era lo que llamaba hablar claro.
Deseó tomarle por la solapa y zarandearlo, escupirle a la cara su falsedad, le repugnaba estar junto al
que antes tuviera como amigo.
Ramón, por su parte, tomó algunos ejemplares de distintos formatos y con ello retornó a la mesa.
-Bien, dijo. -Quisiera mostrarle distintos formatos en los que podríamos edit….
-¡Ya vale!. -Le espetó a la cara. Se alzó con violencia del asiento, enfrentándose descaradamente con su amigo. -¿Qué pretendes?, ¿Qué intentas?, ¿Por qué ese comportamiento? -Zarandeó violentamente
al editor, que intimidado balbuceó.
-Perdón… ¿se encuentra bien?
-Si. Y como ves, vivo.
-Perdón, pero no comprendo. No sé qué quiere decir.
-Que soy yo. Miguel Segura, yo, el que te tenía por amigo, el que no sé por qué razón quieres anular,
yo… yo. Miguel.
-Con que es usted. -Fue la sorprendente contestación del editor. -Ahora comprendo, usted es el que
pretende ser mi amigo.
Le maravillaba la frialdad de aquel hombre, cómo podía seguir si reconocerle, cómo era posible tanta
falsedad.
-¿Cómo? -Preguntó alucinado por aquella reacción.
-Mire, me alegro de tenerle presente; vamos a aclarar de una vez por todas, este asunto.
Tras ello entró en el despacho contiguo, del cual retornó tras tranquilizar a Mercedes, con varios libros
en sus manos. En concreto tres ejemplares, que él reconoció como sus anteriores trabajos.
En ellos rezaba su nombre, Miguel Segura. Luego volteó los libros y mostró en ellos una diminuta
fotografía junto a la repetición de su nombre y un pequeño curriculum.
Justamente el nombre era el suyo, sin embargo, la foto mostraba a un hombre de rasgos finos, casi
afeminado, de larga y descuidada cabellera, intensamente negra y lacia, lo opuesto a su vigorosa
imagen, de cabellos agraciados en dulces rizos.
-Este es… era mi amigo, por ello no puedo comprender su actitud al asegurar ser él.
-Pero… -No supo que decir, se abandonó en su asiento y hundió en su pecho la ahoyada barbilla.
-¿Se encuentra bien?, Mercedes trae un poco de agua, oiga, ¿esta bien? -Volvió a preguntar mientras
zarandeaba su maltrecha figura.
En el justo momento en que la tímida Mercedes le ofrecía la refrescante bebida, se incorporó, y tras
recoger parsimoniosamente sus folios, se encaminó hacia la entrada; sin un adiós, sin ningún tipo de saludo, sin ninguna reacción, como ausente de esta atmósfera desapareció tras la puerta.
Ramón se mostró triste, suspiró profundamente y, en parte también hundido, se dirigió a su mesa.
Capítulo 6
Cuando el dolor te agobia, entras en la celda de la pena; el desconcierto te atenaza las sienes y
sientes como desde el interior, te atormenta el pensamiento; el pecho en forzado respirar te aprisiona
la garganta y notas un arañar en las órbitas de tus ojos. Hasta mover el mínimo músculo agota tu
cuerpo.
Esa era su sensación al dejar tras de sí, aquel momento. Con pasos dubitativos, consiguió llegar a la
recoleta plaza, cercana al despacho, donde tan cruda realidad le había herido; dolorido por la angustia
en su interior, abandonó su ser en duro banco de frío hierro y un vértigo de dudas le inundó; sin
apenas poder mantener su frente erguida, dejó caer la humillada cabeza entre sus manos, hastiado de
tantas y tales rarezas, no quiso pensar en nada, aborreció su existencia, pero a pesar del dolor, ni una
tímida lágrima humedeció sus verdes pupilas.
Herida su alma en la tristeza, buscó la esperanza en las alturas; quiso ser aire, y se sintió flotar en la
suave brisa de aquel paseo, embriagó su alma entre las flores; ausente ya de una existencia, que tan
amarga realidad le ofrecía; como muñeco de trapo se abandonó en el asiento, y su espíritu deseó volar
hacia otro tiempo; navegó sobre el aroma del romero y con ansia aspiró la madreselva, retozó, como
potro desbocado, entre floridos arriates, mientras recorría los ojos sobre las flores y ajada, dejaba su
vista sobre la arena.
Luego, después de revolotear como pajarillo, quebró su vuelo y deseoso del beber, buscó la plata de
una fuente cantarina, que en su centro, derramaba en frescura su voz dulce y serena.
Con destrozado cuerpo, ansioso de olvidar los últimos momentos, se incorporó y con torpe paso,
inició un dudoso camino, sin deseos de llegar a meta alguna; deambuló de acera en acera paso tras
paso sin cuidarse de vehículos, o personas, que con acelerado caminar dirigíanse hacia un destino.
Él sin prisa, en su lento caminar, jugó como de niño con las enlosadas aceras, esta no la piso por
estar torcida, de losa a losa posó sus pies y evitó el pisar entre sus juntas, giró a izquierda o derecha,
según la pendiente; se dejó guiar por los neones, que con sus llamativos encendidos, anunciaban
el final de aquella tarde. Giró sobre sus pasos y desanduvo el camino, sin fijarse en los acelerados
transeúntes que burlones le miraban; se descaró con ellos y alzando la voz casi hasta el grito, les
espetó con desafío.
-¿Qué pasa? ¿Qué? -Sin obtener respuesta a su pregunta, continuó su ruta, mientras analizaba
aquellas esquivas miradas, que temerosas huían de sus ojos. Se recreó en los niños, que inocentes
corrían las calles sin importarles el tropiezo, perseguidos en todo momento por los maternales
consejos de, con cuidado.
Un nuevo giro a sus pies, le hizo recobrar la dirección dejada, e irguió su figura ante el cristal de
llamativos escaparates, donde inmóviles criaturas, lucían colores y formas aconsejadas.
Anduvo y anduvo, sin saber, ni importarle hacia donde; no tenía sitio donde llegar, cualquier lugar
le era válido. Notó en sus tripas el rugir del hambre, pero nada tenía con que saciarla.
Recordó la frugal cena del refugio y la pequeña cama, donde tal vez su compañero se preparaba ahora
para el descanso. Tendría que volver allí, hoy le sería imposible, pero tras esa noche, habría de retornar
de nuevo a lo dejado y probablemente, buscar como su compañero un trabajo, de guarda jurado. No le
apetecía, nunca le gustaron los uniformes. Se entristeció y aun sin querer pensar volvieron a su mente
unos recuerdos que no pudo detener.
Sabía, ya demostrado, que no era quien siempre creyó; sin embargo le resultaba increíble su seguridad
en ello; debería llamar a su madre, necesitaba volver a su vida, pero eran tan grandes sus dudas. Notó
cómo nuevamente se hundía en la quimera y por desahogarse gritó.
En un principio un no, desgarrado, que hizo tornar hacia él miradas de temor y sorpresa. Luego fue
otro y otro no, cada vez más apagado, más para sí mismo, en silencio casi, pero cargado de amargura.
Apoyó su espalda sobre una fachada dejando resbalar su cuerpo hasta el suelo; y lloró amargamente,
sin importarle las miradas que curiosas unas, conmovidas otras, se posaban de pasada en su figura.
Alguien preocupado le preguntó.
-¿Se encuentra bien? -Entre lágrimas le miró, y avergonzado por su situación, bajo los ojos.
-¿Necesita ayuda? -Volvió a preguntar un hombre no mucho mayor que él; tristemente rió, mientras
en un murmullo repetía.
-Ayuda, ayuda. -Y sin motivo para ello la amarga muesca de una sonrisa lució en sus labios.
El interlocutor, aun sin obtener respuesta, le ofreció unas monedas, que al no recoger él, dejó sobre el
suelo. Comprendió su situación, con aquellas monedas, había pasado a ser lo que durante meses
pretendiera, se había convertido con tan simple gesto, en un mendigo.
Descorazonado, humillado, recogió las monedas y alzose con dificultad para iniciar de nuevo sus
indecisos pasos.
Anduvo sin rumbo fijo ni dirección, hasta que sus pies le condujeron a otra placita, pero en diferencia
a la dejada, esta estaba acordonada por fachadas de floridos balcones, su enlosado suelo de grandes
baldosa, se encontraba en su mayor espacio jalonado de veladores, donde al resguardo de amplias
sombrillas, parejas de enamorados y reuniones de amigos, contribuían al sonoro ambiente del
fortificado lugar.
Irguiéndose en la plenitud de su estatura, ojeo el bullicioso espacio, envuelto en el ensordecedor ruido
de diversas músicas, que desde los distintos locales, colmaban de sonidos aquella zona, donde el
personal, no dejaba de fluir entre el jolgorio de la diversión.
Los descubrió en el espacio más apartado de la plazoleta. Estaban allí; silenciosos, casi inexistentes,
observaban defraudados el disfrute del recinto, casi escondidos entre la boca del suburbano y un
destartalado quiosco de prensa. Ellos, los oscuros, casi mimetizados con el rincón donde estaban,
distinguiéndose con sus andrajosos ropajes, del luminoso colorido circundante; los mendigos, su
nuevo lugar en el escalafón social, escogido voluntariamente por él.
Hacia ellos encaminó sus pasos y al llegar a su altura, saludó, sin conseguir respuesta alguna, buscó
un arrinconado portal y tras limpiar de una resbalada pisada el pequeño escalón, tomó asiento en su
superficie.
Aun sin ver mirada alguna, se sintió observado. Poco tiempo después, sin haberse percatado de su
llegada, alguien junto a él preguntó.
-¿Nuevo? -Tornó hacia él la mirada y contempló a un sujeto, similar en estatura a la suya y aunque
con una edad indefinida, aparentaba ser mayor que él, al menos sus abundantes canas así lo
demostraban. Tras oír el si a su respuesta, ofreció en silencio un cigarrillo, que él gustoso aceptó,
después de aportarle fuego, aquel sujeto nuevamente preguntó.
-¿De dónde eres?
-De aquí. -Contestó, sin querer entrar en más explicaciones, mientras expulsaba el humo, de la
primera calada al cigarrillo. Después un largo silencio, que nuevamente rompió el sujeto aquel, con
una nueva pregunta.
-¿Tienes donde ir?
-No. -Fue nuevamente su rápida respuesta, que con una pregunta a su vez, la concluyó. -¿Por qué?
Una nueva calada al cigarrillo y con su expulsión, la respuesta.
-Porque por poco dinero puedes pasar la noche aquí cerca. -Una sonrisa triste se dibujó en sus labios,
tras ello.
-No tengo dinero, ¡bueno! -Recordó la limosna cedida anteriormente y sacándola del bolsillo,
concretó. -Tengo esto-. Mostró su extendida mano y tras cerrarla aclaró. -Pero prefiero comer algo.
Nuevamente un silencio, luego de lanzar con fuerza el apurado cigarro, otra vez habló aquel sujeto.
-Aquí a la vuelta. -Señaló.- Tienes una tienda donde te preparan bocadillos; después un silencio
y en el mismo sigilo que apareció, con un -hasta luego-, se separó de su lado.
Le vio alejarse, y en parte extrañado le analizó; sin duda era uno más de aquellos mendigos, su
andrajosa ropa así lo confirmaba; llevaba una arrugada camisa, ocultando esta, el trozo de cuerda que
como cinturón anudaba un ancho pantalón de pana, en pleno verano, aunque lo que más le sorprendió
fue destacar en él, sus lustrosos zapatos: cosa que tremendamente le extrañó.
Al quedar solo, decidió comprar algo y acercándose a la tienda indicada, consiguió un par de bollos
y una cerveza, que supuso casi al completo las tres monedas que le ofreciera el desconocido.
Gracias a lo cual, comería lo primero de aquel día que había ya pasado.
Tras ello, más relajado, se recreó en ver aquel tumulto de gentes, que poco a poco disminuía, e iba
dejando la pequeña plaza cada vez más solitaria. Cuando la mayoría en ella eran ellos, los oscuros,
un maquinal movimiento funcionó y mientras unos se separaban en distintas direcciones, otros entre
ellos él, se acomodaban sobre cartones y harapos para conciliar el sueño.
Capítulo 7
Triste fue el despertar, y no debido al amanecer que resultó esplendoroso en luminosidad. Los
primeros rayos de Sol, impregnaron de luz la recoleta plaza: los perros correteaban libres de las
correas, para buscar espacios donde dejar sus marcas: bandadas de pajarillos trinaban y en dura lucha,
buscaban residuos, donde la noche anterior estuvieron emplazados los poblados veladores, temerosos
de los juguetones perros que le forzaban a alzar el vuelo, para pasado el peligro, retornar a la laboriosa
búsqueda de su alimento entre los restos que alfombraba la plazoleta.
Desacostumbrado a dormir sobre la piedra, en la anterior noche le había costado conciliar el sueño,
que ya, a altas horas, terminó rindiéndolo, de ahí lo tardío de su despertar; añoró el albergue, por su
cama y en especial, por aquel vaso de leche que ahora tanto le apetecía; se incorporó y tras cargarse la
mochila, que en la noche le hubo aislado de la fría piedra, inició con desgana un lento e indefinido
recorrido.
Leyó en la distancia, las primeras páginas de los distintos periódicos, ordenados cuidadosamente sobre
un ridículo mostrador de baja altura, extendido delante del quiosco de prensa.
Después echó a andar, acercándose sigilosamente hasta una frutería, que con sus productos
expuestos en la puerta, invitaba a la tentación de comer de ellas. Dudó un momento, pero tras ver
cómo el frutero, se introducía dentro para sacar al expositor nueva mercancía, tomó con avidez una
manzana y agilizó su pisar para tras enfilar rápido la calle, girar en la primera esquina, por huir de las
miradas de quien le hubiera visto. Tomó la calle abajo llevándose a la boca el fruto de su robo; el
fresco sabor de aquella roja manzana corrió por su garganta, e inundó de dulzor su paladar.
Sabía que la acción no era digna de él, pero no podía pagar la necesidad de comer que tenía para
alejar de su boca el pegajoso sabor del sueño.
Tras aquella consumición se sintió más relajado. Llegó así a una gran avenida, donde amplio
acerado, de florecidos arriates y frondosa arboleda, invitaba a sentarse sobre uno de sus numerosos
bancos y entretenerse en ver el pasar del transeúnte y los numerosos vehículos, que aun ruidosos en
el centro de la calzada, parecían distante de aquella arboleda, que amortiguaba totalmente el rugir de
sus motores.
Ahuyentándose de su alrededor, centró su pensamiento en decidir qué haría en aquel día, en el que su
vagamundeo se iniciaba forzoso: su primera meta era la comida, por lo que debería buscar dónde
conseguirla; el desayuno lo hubo solucionado con aquel pequeño hurto, sin embargo, no debía
aficionarse a ello, por lo que tendría que buscar algún comedor de caridad, donde lograr al menos una
comida diaria. En cuanto a conseguir dinero, el mendigar le avergonzaba, pero no tenía otro remedio
que aceptar aquella nueva situación. Había observado a muchos mendigos, por lo que no le importaba
utilizar uno de sus folios, en el que lastimeramente expresar su necesidad y, como el que pesca,
sentarse a esperar los resultados. Mientras, trataría de repasar su escrito.
Estaba decidido y así lo haría. Sin embargo lo acuciante ahora, era conseguir informarse de un
comedor gratuito.
Quiso iniciar el retorno a la plazoleta en la que pensó, encontraría la información necesaria, sin
embargo, la idea de repasar su escrito fue creciendo en él, hasta convencerle plenamente.
Desde que lo empezara, lo había leído una o dos veces y normalmente, un trozo por adelantado, cada
vez que lo volvía a iniciar, por lo que estaría bien el leerlo. Fue dicho y hecho, colocó el folio
suplicante a sus pies y se enfrascó en su lectura; leyó lo que definió como primer capítulo y al
concluirlo, lo notó falto de fuerza, por lo que tomó el bolígrafo y comenzó la lectura, para reescribir
sobre las líneas, nuevas expresiones que a su parecer enriquecían lo anterior, se centró tanto en su
trabajo, que le voló el tiempo.
Tras bajar de la nube donde le subiera su concentración, se encontró con infinidad de hojas corregidas
para según su idea, mejor.
Después de apartarlo, agilizó sus manos con rápidos movimientos, para así, destensar el
agarrotamiento de sus dedos, e hizo girar en círculos sus manos y su cabeza, tras lo cual irguió su
espalda en un desperezo.
Miró el reloj y con ello se percató de cómo había pasado la mañana, recogió en la mochila los folios
y al hacerlo, descubrió el efecto de su escrito suplicatorio, en unas monedas que no supo cómo,
alguien dejó. Le hizo reír el comprobar, hasta que punto se hubo concentrado, que no logró ver a
quien o quienes, les habían dejado aquellas monedas, supo que con ellas podría comer algo y se
alegró aún más.
Tras recoger sus pertenencias, inició, la vuelta hacia aquella plazoleta que dejase en la mañana,
compraría algo de comida y, para compensar al frutero por el hurto, algo de fruta: tenía pocas
monedas, pero las creía suficientes. Continuó su camino y justo en ese momento, tuvo la sensación de
ser observado; se detuvo y buscó con la mirada a su alrededor, nada notó y continuó su caminar, pero
con la extraña sensación de que era vigilado.
En el camino de vuelta, encontró la tienda señalada la noche anterior, pequeña, pero bien surtida en
comestible, tras un mostrador de madera desgastada por los años y los fuertes limpiados dados por una
señora de cabellos plateados, con indefinible edad, pues aun mayor, se la veía fuerte y enérgica, de
amable y parlanchina voz, que le recibió y, demostró gran psicología, al prepararle un enorme
bocadillo, el cual debido al hambre que tenía, le pareció excelente junto a una cerveza.
También compró dos piezas de fruta y con ellas, se dirigió al rincón donde durmiera. En ese momento
vio al hombre que en la noche anterior le había hablado .
El canoso blancor de su cabeza, destacaba en la distancia y aunque inclinado sobre la ventanilla de un
coche, se apreciaba su figura. Por lo que le pareció, charlaba con una joven que le resultó conocida,
no sabía de qué, o de cuándo, pero sabía que la conocía; escrutó sobre ella la mirada y buscó el
recuerdo de aquella mujer; en ese momento, los ojos de la joven se cruzaron con los suyos y le pareció concebir nerviosismo en ella. Luego para conseguir huir de aquella situación, tras unas breves palabras
subió la ventanilla del vehículo, y desapareció calle abajo, pero dejó una sensación extraña en él.
Buscó en su pensamiento, por averiguar el por qué de aquella sensación.
No supo el motivo, pero la duda arraigó en su mente.
Llegado al rincón y aposentado en el frío escalón, engulló con avidez el bocadillo y una de las
manzanas, con la duda aún en su cabeza. Ensimismado en su pensar, no se percató de la llegada del
canoso desconocido, que nuevamente logró sorprenderle.
-Hola-. Fue el saludo que le sobresaltó, sacándole de su ensimismamiento.
-Hola. -Contestó, en parte sobrecogido.
-¿Escribes? -Le preguntó ofreciéndole un cigarrillo, que el gustoso aceptó, sorprendiéndole aún más
por la pregunta hecha.
-¿Cómo sabes?.. -Contestó y mostró con ello su extrañeza, mientras golpeaba sobre la uña de su
pulgar el cigarrillo.
-Te vi en el paseo y me pareció que escribías. -Concretó aquel sujeto mientras entre sus manos
cóncavas le ofrecía el fuego de un encendedor.
-¡Ah! -Exclamó él y a continuación confirmó. –Si, soy escritor.- Se enorgulleció con inaguantable
sonrisa de satisfacción en aquella afirmación.
-A mi me gusta mucho leer. -Aclaró el sujeto para a continuación explayarse en una verborrea
literaria, sobre escritores y estilos que en parte, a él le sorprendió; nunca hubiese pensado que aquel
tipo pudiese ser tan erudito; él siempre había creído que el mendigo, era un ser inculto, casi
analfabeto, al que solo le interesaba la vagancia y la continua borrachera, sin embargo aquel sujeto
venía a romper sus esquemas. Le observó ensimismado en su palabrería, aceptándole como un hombre
culto, al que tal vez las circunstancias le forzaron a mendigar, pensó en sí mismo y comprendió que al
igual que a él, pudo pasarle a otros. Él se veía ahora abocado a la calle, sin embargo antes tuvo una
vida, que sin comprender los motivos, le habían quitado, tuvo una casa…
Ese fue el momento, al recordar su casa acudió a su mente la imagen de aquella mujer, era la misma;
la que momentos antes viera que hablaba tan familiarmente con aquel tipo y la que se adueñara de su
casa, eran la misma mujer.
Una gran duda le invadió y mientras su contertulio seguía su intelectual cháchara, su pensamiento
divagó en lo visto anteriormente. ¿Quién era ese hombre?, ¿Cómo conocía a aquella mujer?, ¿Por
qué la mirada de ella al sentirse observada?, ¿Qué lazos de unión existían entre ellos? ¿Por qué?
¿Qué le ocultaba aquel tipo que tan amablemente le hacia compañía?, ¿Qué estaba ocurriendo?.
Absorto en tales ideas, se aposentó en su pensar la desconfianza, y no pudo coordinar las terribles
dudas que se apoderaban de él.
Sin un por qué, se incorporó del asiento y angustiado paseó frenéticamente por la enlosada plazoleta,
hasta extenuado volver al asiento. Mientras aquel hombre sorprendido, mostraba la incomprensión de
tan extraño comportamiento.
-¡¿Por qué hablabas con ella?! -Le espetó a bocajarro. -¡¿Por qué?!
-¿Cómo?- Preguntó a su vez aquel sujeto.
-La del coche. ¿Qué hablabas con ella? ¿De que la conoces?
Le miro fijamente, para mostrar extrañeza antes aquel tan raro comportamiento, después lentamente
contestó.
-No la conozco de nada, preguntaba por una calle. ¿Por qué crees que la conozco?
No supo qué decir, aunque recordó la sensación que había sentido de ser observado, ahora sabía de
quien provenía. Miró con desconfianza a su contertulio, y pensó que le mentía.
Recordó su imagen, apoyado en la ventanilla del vehículo y le pareció más familiar de lo que él
confesaba ahora. Algo extraño ocurría y tendría que averiguarlo.
Capítulo 8
Durante la noche pensó en su situación; no sabía qué ocurría y deseaba descubrirlo, sin embargo,
tras recapacitar, en su pensar supo que lo mejor, lo que debería hacer era desaparecer.
Quienes les habían degradado, hasta el momento en que se encontraba, parecían ser capaces de todo,
por lo que mejor sería apartarse del camino hasta saber más al respecto. Empezaría de nuevo su
búsqueda; en esta ocasión iniciaría su indagación por su madre, ella sin duda alguna, podría aclararle
la extraña vivencia que sufría.
Sabía quién era y, tras las rarezas ocurridas, estaba convencido de que algo había, recordó los libros
mostrados por su editor, en ellos no estaba su imagen, sin embargo él se sabía autor de ellos; así
que su nuevo camino sería el contactar con su madre; la llamaría y aun sin decirle quien era, pues
temía que lo dicho por su amigo fuese verdad y le tuviesen por muerto, callaría su nombre, ella por su
voz le reconocería. Una vez aclarado, de vuelta a su vida, vería los motivos que su editor tenía, para
no quererle reconocer como su amigo Miguel. Si, eso haría.
Con el ánimo resuelto, repuesto de energía, se alzó del suelo, cuando apenas las primeras luces del
alba, empezaban a despejar aquella delirante noche. Rascó con fuerza su poblada barba y alisó con
sus dedos la abundante cabellera. Su imagen hubo cambiado, de ir siempre impoluto, ahora su
aspecto era mugriento; hacia varios días que no tomaba una ducha, él, acostumbrado al aseo diario,
se hubo abandonado de tal forma, que poca variación existía con el resto de aquellos mendigos.
Tomó de la mochila la manzana sobrante y tras un fuerte bocado abandonó la recoleta plaza.
Su primer objetivo era el conseguir dinero, por ello, cuando hubo andado tanto, que las corvas de sus
piernas se negaban a llevarle; ante la puerta de una sucursal bancaria, se acomodó como pudo,
exponiendo sobre el suelo sus ruegos en aquel folio, que el día anterior le supuso la comida.
Tomó su escrito entre las manos y trató inútilmente de centrarse en su lectura, imposible, su obsesión
por conseguir brevemente las monedas necesarias para telefonear a su madre, acaparó por completo
su pensamiento.
Vio entradas y salidas de aquella oficina, pero sin resultado positivo a su necesidad. Momento tras
momento se fue encendiendo su furor, frente a la indiferencia del transeúnte.
Tras dos horas de paciente espera, se alzó del suelo y comenzó de nuevo su caminar a ninguna parte.
Las piernas le dolían y dificultaba sus pasos. –Tal vez, si fuese a su banco- pensó, pero nada
conseguiría; su documento señalaba otro nombre, no podía identificarse como Miguel Segura, por lo
cual, nada podría conseguir, aparte de que tras los días que llevaba en la calle, su imagen no era la
más adecuada, aun a su pesar, hubo de aceptar la idea de volver al refugio, que una semana atrás, con
la ilusión a flor de piel, abandonase; con un trabajo en las manos, que le hizo soñar en su
encumbramiento como escritor y que ahora, viviendo lo real, lo encontraba vano, fuera de una
realidad, que por momentos le asfixiaba, la idea del fracaso se acomodó en su mente y su cansado
cuerpo no pudo soportar peso tan grande.
Nuevamente se sintió humillado, despreciable y por primera vez, se arrepintió de haber iniciado
aquella aventura en la cual ahora se encontraba atado.
Recordó de nuevo su anterior hogar, mentalmente recorrió su casa, desde la cocina hasta el aseo,
desde el dormitorio al confortable salón. Pero su mayor goce fue el sentirse en su despacho, donde se
crecía su fantasía y viajaba en la ilusión de sus personajes; recordó su amplia mesa y le pareció sentir,
su pulida superficie bajo el tacto de los dedos. ¿Cómo era posible que tan claros recuerdos no fueran
realidad? ¿Quién era aquel Alejandro, que se adueñó de su vida y del que no tenía recuerdo alguno?
¿Cómo pudo ser? ¿En qué paso del camino perdió a su persona? ¿Cómo poder recobrarla?.
Infinidad de preguntas atosigaron su mente hasta el punto de sentirlas pulsar con fuerzas en su sienes.
Le siguió un penetrante dolor dentro del pecho, la mirada se le jalonó de vaho, buscó con ansias donde
aferrarse al sentirse de tal modo desfallecer. El débil tronco de un pequeño árbol, le sirvió de apoyo;
a él como a un bastón se agarró, con sus mermadas fuerzas y tomó con avaricia, bocanadas de aire
para su forzada respiración. Miró a su alrededor con suplicantes ojos, pero nula fue su petición de
ayuda. El mundo continuaba su ruta, sin que nadie se percatara de su extrema necesidad. - Debo
sobreponerme-. Se repitió mentalmente y trató de regular su acelerada respiración.
Poco a poco, sin abandonar el sostén del árbol, fue recobrando las fuerzas, casi perdidas momentos
antes, sintió cómo sus doloridas piernas recobraban el peso de su cuerpo y lentamente la angustia
vivida le fue abandonando; una brizna de alegría al encontrarse capaz, recorrió su cuerpo; en la
cercanía descubrió un banco donde descansar y trabajosamente, midiendo a cada paso la distancia,
caminó hacia él, para tras su llegada con fuerte suspirar, abandonarse en la piedra.
No calculó el tiempo pasado, pero sintiéndose en parte restablecido, trató de aportarse el ánimo
necesario, para continuar el camino. Sin idea fija de hacia donde ir, se alzó y con el dolor de piernas
cada vez más fuerte, penosamente anduvo. En su paso encontró una zona ajardinada, con un grifo,
del cual bebían acalorados críos, refrescó su garganta y aderezó su desordenada cabellera; hasta
encontrarse reconfortado, dispuesto de nuevo a seguir su recorrido.
Divisó unas niñas que reposaban en uno de los bancos, deleitándose con chucherías y llegado a su
altura, les pidió.
-¿Podríais darme un caramelo? -Ambas chicas le miraron con desconfianza, él agregó. -Por favor.
Aquel ruego pareció conmover a las pequeñas, que tímidamente le ofrecieron unas golosinas en sus
pequeñas manos. Él con mirada sonriente susurró.
-Gracias. -Luego, tras tomar aquellos caramelos, con sonrisa de agradecimiento, se sentó de nuevo
en uno de los bancos y saboreó con ansias las golosinas.
Apenas las hubo terminado, cuando de nuevo las niñas se le acercaron, con un pequeño bocadillo,
al parecer ofrecido por la mujer que a lo lejos las miraba; para demostrar con ello, comprender la
necesidad que como bandera, se reflejaba en su semblante. En la distancia le saludó, con una leve
inclinación de su rizada cabeza y a las pequeñas le dio inmensas gracias, con amable sonrisa entre los
labios.
Como la pólvora, corrió la noticia entre la chiquillería que, aunque por timidez respetaron la distancia,
desde ella le observaban, ocultándose rápida y tímidamente, cuando él, tras descubrirles mirándole,
fijaba en ellos sus ojos. Entre nerviosas risas de los críos y guiños tontos por su parte, pasó el tiempo.
Tras un rato, varios de ellos corrieron hasta él y con la alegría reflejadas en sus pequeños rostros, bajo
las atentas miradas de sus madres a lo lejos, le hicieron entrega de unas monedas, que a él le
conmovieron al punto de las lágrimas, se lo agradeció rozando levemente las pequeñas cabezas y con
una nueva inclinación, hacia las madres, como agradecimiento por aquella inesperada limosna, que
anteriormente ante la puerta de la sucursal bancaria, le denegaran.
A veces la alegría y la pena, se confunden en el pecho y con risa nerviosa se llora la pena, o con
lágrimas, se ríe la alegría, esos confusos sentimientos invadieron su ser, al ver alejarse a aquellos
pequeños, que en la distancia mostraban en alto sus pequeñas manos, en señal de despedida.
Luego: la soledad, la añoranza del cariño mostrado por aquellas criaturas, necesidad de un cariño, que
en algunos momentos todos sentimos.
Miró entre sus manos la caridad de unos críos, que aun en míseras monedas, significaron para él un
gran tesoro, la tristeza desbancó la ínfima alegría que la chiquillería le aportara.
De nuevo el caminar, el cansancio y de nuevo aquel dolor en el pecho, que le atenazaba en asfixia la
garganta.
En nueva necesidad buscó donde apoyarse y dubitativo, trató de acercarse al sostén de otro árbol; no
lo pudo conseguir, el dolor se intensificó oprimiéndole el pecho, trató inútilmente de superarlo,
pero por momentos se debilitaba.
Buscó, con desesperados ojos, ayuda entre las pocas personas que frecuentaban el recinto. Nadie le
miró. Intentó gritar auxilio, pero de su voz solo brotó un –aaah-. de queja; e inerte, sin fuerzas con
qué soportar su cuerpo, con un frío sudor, que recorrió su frente, cayó a tierra.
En un último esfuerzo, alzó del arenoso suelo la cara, divisó las miradas asombradas de algunos
transeúntes, que con acelerados pasos se acercaban a su persona. Un murmullo de abejas, susurró en
sus oídos, el grito murió en su voz y tras una cegadora neblina en la mirada, se abandonó a su suerte,
adaptándose inerte sobre la arenosa superficie.
Capítulo 9
La luminosidad de una luz indirecta encendía el blancor puro de las paredes, en contraste con la
semioscuridad, que, a través de la acristalada ventana, ofrecía la cerrada noche.
Despertó, sobre una tubular cama de blancas y olorosas sábanas; el monótono sonido de un artefacto,
de parpadeantes y pequeñas luces que, junto a su cabecera, se unía al cuerpo por finos cables de
distintos y llamativos colores, llamó su atención. En su brazo, una sonda de transparente plástico, que
le comunicaba a una también plastificada bolsa, desde donde el gorjeo de una gota, corría por el
tubular conducto a su antebrazo, unido a él, por la cruz de un esparadrapo.
Movió con dificultad su cuerpo, para tratar inútilmente de incorporarse. Tras el vano intento, se relajó
sobre las blancas sábanas, y aspiró en ella un fuerte olor a desinfectante; supuso sin saberlo
exactamente, dónde podría encontrarse. Los últimos recuerdos acudieron a su mente y le hicieron que
palpase su pecho, aún con un leve pinchazo del dolor soportado.
Justo en ese momento, sin el menor miramiento y con cierta brusquedad, se abrió repentinamente
la puerta, que frente a la acristalada ventana, era el acceso a la pequeña habitación; dando paso a
una mujer, de descomunal tamaño: una cara sonrosada de rojizos mofletes le sonrió y con voz
potente preguntó, dirigiéndose activa hacia la cama.
-¿Qué tal se encuentra? -Sin esperar respuesta, trasteó la sábana, para alisar enérgicamente su
superficie. Después, sin prestarle la mínima atención, sacudió la transparente bolsa, y golpeó con la
uña de su dedo índice, la unión con el conducto.
-¿Dónde estoy? -Preguntó él, intimidado ante tal derroche de energía.
-En San Carlos. -Fue la respuesta de la exuberante mujer, luego algo más dulce aún sin apartarse de
su brusquedad continuó. -Esta vez tuviste suerte, pero tendrás que cuidarte y lo primero que harás
será levantarte y darte una ducha-. Concluyó, para volver de nuevo a su activa brusquedad.
Tras ello, empezó con rápidos movimientos a desconectarle de aquel trasto, de parpadeantes
lucecillas; destapó la antes alisada sábana, para dejar al descubierto su desnudo cuerpo, cubierto
solo por una verde bata, anudada a su cuello y a la espalda de su cintura.
-Vamos. –Dijo; tras lo cual, pasó una fuerte mano por su cuello y de rápido movimiento, irguió su
torso sobre la cama; obligándole en cierta forma, a alzarse en ella. Luego siempre enérgicamente,
sosteniéndole por un brazo, lo condujo hasta una puerta blanca, en ángulo recto con la entrada y tras
abrirla, lo introdujo en ella, junto al rodante soporte de la plastificada bolsa, que era el único cable que
aún seguía en contacto con él, y del cual lo desconectó, para al salir llevarlo consigo.
-Y ahora dese un buen lavado, que aunque ya yo lo aseé un poco, todavía le queda suciedad y a ver
si no se deja tanto, no es bueno. -Las últimas palabras las dijo en un tono maternal, ilógico en cierta
forma, con su aspecto y actividad. Tras ello, salió de la sala, con la misma arrolladora actitud con la
que hubo entrado.
Disfrutó aquella ducha. No recordaba los días que habían pasado desde la última, fue un verdadero
alivio, el sentir correr por él la tibieza del agua y el aromático jabón, que inundó con su fragancia el
pequeño baño.
En mitad de ello, sin el menor pudor, arrolladora como siempre, entró aquella marabunta de mujer,
llegándole a intimidar su desnudez para colgar de un diminuto perchero, una nueva bata, tras recoger
la usada. Con los mismos rápidos movimiento salió, y encajó tras de sí, la blanca puerta.
Fue un respiro para él su salida, pues le había cohibido tanto, que avergonzado, trató de cubrir su
intimidad. Aun sin notar en ella, la mínima mirada.
Una vez restablecido, dejó el aseo, para de nuevo volver a la habitación en cuya mesita, la voluminosa
mujer, dejara un pequeño bol con algo de fruta en almíbar, junto a un vaso de tibia leche.
Ella estaba haciendo la cama con sábanas limpias y ante su llegada preguntó.
-¿Qué tal? -Y se aportó la respuesta con un: -¿Mejor no? -Luego tras señalar el bol le ordenó.
-Cómase eso. -Y concluyó aclarándole. -Luego vendrá la doctora, le traeré una maquinilla para que
se afeite. -Sin dejarle hablar, avasallándole con sus enérgicos movimientos, abandonó como una
exhalación la habitación, donde él quedó sumido en una infinita tranquilidad.
Comió aquellos trozos de dulce pera y bebió con avidez la leche, luego se echó en la cama, pero por el
temor a deshacerla y ante lo despejado que le hubo dejado el baño, al no tener sueño alguno, decidió
incorporarse: paseó por la habitación, e incluso abrió la puerta y observó el largo y solitario pasillo;
tornó de nuevo y sentado sobre la silla, apoyo para el visitante, se recreó en las blancas y vacías
paredes, mientras esperaba al alba.
Tras la ventana, se fue encendiendo el día, que desgalonó las anochecidas sombras, en las verdi-
blancas hojas de gigantescos álamos, reverdeciendo de esperanza su color. Trinos de alborotadores
pajarillos, cantaban al despertar y lentamente el día, se fue tornando en níveo blancor.
El vaho de su aliento nubló el cristal y con su dedo jugó sobre él, para dejar inconexo dibujo, que su
relajada mente le inspiraban.
Recordó a su madre, no había podido llamarla, tal vez desde allí pudiera. Pensó en pedir permiso a
aquella activa mujer, en la primera ocasión.
No supo que tiempo permaneció ensimismado en aquel amanecer.
Se inició el trasiego del hospital; el chirrido de ruedas, en el largo pasillo, se dejó oír, con el reparto
del desayuno. Llegado a la puerta de su habitación, introdujeron en ella una amplia bandeja, con
un humeante café y tostadas, junto a dos pequeñas porciones de mantequilla y mermelada, que él
gustoso degustó.
Después, una joven opuesta en todo a la voluminosa mujer de horas antes, le llevó su ropas, las cuales,
fueron lavadas y planchadas, cosa que en extremo agradeció. La joven de negra melena en trenza
recogida, le dio con tímida sonrisa, una bolsa de neceser, en cuyo interior, aparte de dos diminutos
botes de gel y champú, descubrió varias maquinillas de afeitar. Tras su entrega concretó.
-Me lo dio para usted, Encarna. - No supo quien era, pero pensó que sería, la voluminosa mujer de
horas antes.
Agradeciéndolo con una sonrisa, vio alejarse a la dulce enfermera de larga trenza. Luego, inició el
afeitado recomendado por la voluminosa Encarna y apenas terminado, una nueva y agradable mujer le
sorprendió.
Vestida de blanca bata, de corto y canoso pelo, sobre una enjuta cara de morena piel, entró la doctora,
acompañada por la dulce enfermera; portaba una carpeta, en la cual anotaba datos de los enfermos, en
su matinal recorrido, dirigiéndose a él mientras auscultaba su pecho, la canosa doctora con agradable
sonrisa le informó.
-Ha sufrido usted un amago cardíaco; gracias a que le cogimos a tiempo, lo ha superado, pero tendrá
que cuidarse, nada de tabaco, ni alcohol y tómese estas pastillas. -Finalizó extendiéndole una receta.
Él recordando a su madre le preguntó.
-Doctora, ¿podría hacer una llamada telefónica?
-Supongo que si, infórmese en recepción. -Y tras la seca respuesta, dejó la habitación seguida por la
joven enfermera del trenzado pelo.
Se vistió con la impaciencia de un crío, ilusionado en poder realizar la llamada deseada, esperaba que
todo saliera según su deseo.
En el amplio mostrador de recepción, donde también estaba enclavado un dispensario en el cual
conservar los diferentes medicamentos, le atendió una nueva enfermera, de hermosa figura, con
escandalosa melena rubia, aunque en la raíz del cabello, se apreciaba el castaño oscuro, de su
verdadero color. Tomó la receta de su mano y tras unos breves momentos en el dispensario, volvió
con una pequeña caja de pastillas y trató de explicarle cómo consumirla.
Él, cuyo único deseo era conseguir telefonear, explicó a la joven su intención. Sin embargo la rubia
enfermera, tal vez ofendida por sus prisas, le señaló el teléfono público, en la sala de espera. En parte
avergonzado, le confesó que no tenía dinero para ello; a lo que la rubia encogiéndose de hombros,
aseguró que lo sentía.
Una nueva decepción: sin embargo, en ese mismo instante, apareció como siempre acelerada la tal
Encarna, la cual al saber su problema, aceptó el ayudarle, le condujo dentro del dispensario, mientras
oía las continuas gracias que el joven le daba, en especial por la limpieza de su ropa.
Con una amable sonrisa le ofreció el auricular que él ansioso tomó de su mano, luego tras ella alejarse,
quedó en parte solo, mientras Encarna, como siempre frenética, preparaba sobre una bandeja dosis de
distintas medicinas.
Tras pulsar el número, esperó impaciente la conocida voz de su madre; no fue esa la que oyó, sino la
de otra mujer, para él desconocida.
-Dígame. -Dudó unos segundos, para luego pedir.
-Me pone por favor con Isabel Narváez.
-¿Cómo? Fue su respuesta.
-Isabel Narváez. -Masticó las silabas para a continuación oír la contestación.
-Perdone, creo que se equivocó, aquí no hay ninguna Isabel.
-¿Cómo? Ella es la dueña del negocio, la jefa.
-Perdone, esto es un particular. -Fue la respuesta.
-Pero… es el, -descifró el número, a lo que le contestaron.
-Si; pero como le he dicho aquí no vive ninguna Isabel.
Quedó atónito, sin saber que decir, durante todo aquellos meses había soñado ese momento, el hablar con su madre y recibir por ella la solución de aquella extraña vivencia, no comprendía nada,
desilusionado, con la mirada baja y sin despedirse de la frenética Encarna, que tanto bien le hubo
proporcionado, anduvo el largo pasillo con dirección a la salida.
En redacción.
Continúa...