Esperaba con ansiedad al cartero. En las cartas de mi tía siempre venía un billete doblado solo una vez, para que no se notara.
Me miraba al espejo tantas veces como comprobaba el buzón. Pegaba tanto la barbilla al cristal que casi lo atravesaba, buscando al menos un pelo nuevo. Pero lo único que aparecía, humillante, era otra espinilla.
La voz ya no era la del año pasado. A veces se quebraba, subía y bajaba sin permiso. Sin embargo, por más que me acercaba, esa voz no se reflejaba en el espejo. Seguía viendo la misma cara, con una espinilla en la frente.
La idea llegó como una sospecha. Revisé el álbum de fotos. Ahí estaba, desde antes de la primera comunión. El flequillo que me tapaba los ojos y que yo apartaba soplando hacia arriba. El que saltaba conmigo cuando intentaba bailar, robándome todo el protagonismo.
Al día siguiente fui al peluquero.
—¿Cómo siempre?
Cambié mi respuesta.
—No. Raya al lado.
Me miraba al espejo tantas veces como comprobaba el buzón. Pegaba tanto la barbilla al cristal que casi lo atravesaba, buscando al menos un pelo nuevo. Pero lo único que aparecía, humillante, era otra espinilla.
La voz ya no era la del año pasado. A veces se quebraba, subía y bajaba sin permiso. Sin embargo, por más que me acercaba, esa voz no se reflejaba en el espejo. Seguía viendo la misma cara, con una espinilla en la frente.
La idea llegó como una sospecha. Revisé el álbum de fotos. Ahí estaba, desde antes de la primera comunión. El flequillo que me tapaba los ojos y que yo apartaba soplando hacia arriba. El que saltaba conmigo cuando intentaba bailar, robándome todo el protagonismo.
Al día siguiente fui al peluquero.
—¿Cómo siempre?
Cambié mi respuesta.
—No. Raya al lado.
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