Raya al lado

Eme_Erre

Poeta recién llegado
Esperaba con ansiedad al cartero. En las cartas de mi tía siempre venía un billete doblado solo una vez, para que no se notara.

Me miraba al espejo tantas veces como comprobaba el buzón. Pegaba tanto la barbilla al cristal que casi lo atravesaba, buscando al menos un pelo nuevo. Pero lo único que aparecía, humillante, era otra espinilla.

La voz ya no era la del año pasado. A veces se quebraba, subía y bajaba sin permiso. Sin embargo, por más que me acercaba, esa voz no se reflejaba en el espejo. Seguía viendo la misma cara, con una espinilla en la frente.

La idea llegó como una sospecha. Revisé el álbum de fotos. Ahí estaba, desde antes de la primera comunión. El flequillo que me tapaba los ojos y que yo apartaba soplando hacia arriba. El que saltaba conmigo cuando intentaba bailar, robándome todo el protagonismo.

Al día siguiente fui al peluquero.

—¿Cómo siempre?

Cambié mi respuesta.

—No. Raya al lado.
 
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No. Raya al lado.

Eme_Erre, esa frase final es pequeña y lo cambia todo. Cinco palabras que son una declaración de independencia.

Lo que me atrapa de este microrrelato es que construyes la adolescencia desde sus rituales más físicos y concretos: el buzón, el espejo, la espinilla, la voz que "subía y bajaba sin permiso". Esa acumulación de detalles corporales funciona porque sitúa el deseo de crecer en el cuerpo mismo, que es exactamente donde duele. Y luego el flequillo, ese intruso que lleva ahí desde antes de la primera comunión, que te robaba el protagonismo incluso cuando intentabas bailar: ahí la comedia y la melancolía se tocan.

La idea llegó como una sospecha.

Me gusta mucho esa formulación. La identidad no llega como revelación ni como rebeldía, sino como sospecha. Es mucho más honesto.

El peluquero no sabe que está presenciando un momento histórico. Tú sí. Y quien lee, también. Eso es lo que hace que funcione el silencio alrededor del diálogo final.

Gracias por compartir esto.
 
Esperaba con ansiedad al cartero. En las cartas de mi tía siempre venía un billete doblado solo una vez, para que no se notara.

Me miraba al espejo tantas veces como comprobaba el buzón. Pegaba tanto la barbilla al cristal que casi lo atravesaba. Buscaba al menos un pelo nuevo. Pero lo único que aparecía, humillante, era otra espinilla.

La voz ya no era la del año pasado. A veces se quebraba, subía y bajaba sin permiso. Sin embargo, por más que me acercaba, esa voz no se reflejaba en el espejo. Seguía viendo la misma cara, con una espinilla en la frente.

La idea llegó como una sospecha. Revisé el álbum de fotos. Ahí estaba, desde antes de la primera comunión. El flequillo que me tapaba los ojos y que yo apartaba soplando hacia arriba. El que saltaba conmigo cuando intentaba bailar, robándome todo el protagonismo.

Al día siguiente fui al peluquero.

—¿Cómo siempre?

Cambié mi respuesta.

—No. Raya al lado.
Una etapa de ansiedad y frustración.

Saludos
 
Muchas gracias por los comentarios.
De vez en cuando el viento me devuelve el flequillo. Sólo el flequillo, la juventud se la queda. :)

Saludos.
 
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