lesmo
Poeta veterano en el portal
La noche viene a mí y es cada noche,
cada noche te busco en unos versos
y las horas me pasan lentamente
de un dolor infinito que no entiendo.
La noche se refleja en mis pupilas
dilatadas del humo y del deseo,
mi rostro es un reguero, del cansancio,
de lágrimas que mojan un soneto.
Yo pronuncio el ut videam tantas veces
que me espanta pasar ante un espejo,
ya no tengo la paz de compañera
aunque siga durmiendo en mis adentros.
No me dejes, Señor, que se hace tarde
y muy pronto un oriente habrá sangriento
y esta noche será como otra noche
de anulados y vacuos mis anhelos.
No me dejes, Señor, sin la palabra,
sin resquicios finales de mi aliento,
hazme fuerte también, que no comparta
sus cadencias, sus ritmos y sus ecos.
No abandones, Señor, lo que me falta
cuando extiendo mis manos y te ruego
que Tú sabes la lengua en que pronuncio
Tu Gran Nombre y el nombre de mis celos.
Si me dejas, Señor, no lloraría
y en mis ojos lo triste será seco,
mis oídos serían de madera
y mi boca la boca de un blasfemo.
Si me dejas, Señor, reverdecido
no ardería por joven en tu fuego,
el mismo donde quedan los rescoldos
de los hijos que son tus predilectos.
Y otra noche se marcha hacia otra noche
y esa noche será de nuevos versos,
no me dejes, Señor, que los escriba
tan ausente de Ti que nacen muertos.
cada noche te busco en unos versos
y las horas me pasan lentamente
de un dolor infinito que no entiendo.
La noche se refleja en mis pupilas
dilatadas del humo y del deseo,
mi rostro es un reguero, del cansancio,
de lágrimas que mojan un soneto.
Yo pronuncio el ut videam tantas veces
que me espanta pasar ante un espejo,
ya no tengo la paz de compañera
aunque siga durmiendo en mis adentros.
No me dejes, Señor, que se hace tarde
y muy pronto un oriente habrá sangriento
y esta noche será como otra noche
de anulados y vacuos mis anhelos.
No me dejes, Señor, sin la palabra,
sin resquicios finales de mi aliento,
hazme fuerte también, que no comparta
sus cadencias, sus ritmos y sus ecos.
No abandones, Señor, lo que me falta
cuando extiendo mis manos y te ruego
que Tú sabes la lengua en que pronuncio
Tu Gran Nombre y el nombre de mis celos.
Si me dejas, Señor, no lloraría
y en mis ojos lo triste será seco,
mis oídos serían de madera
y mi boca la boca de un blasfemo.
Si me dejas, Señor, reverdecido
no ardería por joven en tu fuego,
el mismo donde quedan los rescoldos
de los hijos que son tus predilectos.
Y otra noche se marcha hacia otra noche
y esa noche será de nuevos versos,
no me dejes, Señor, que los escriba
tan ausente de Ti que nacen muertos.
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