marcos aballes
Poeta recién llegado
Apenas era solo un polluelo, con pocas plumas
cuando fui arrojado del nido, sin yo mismo
darme de cuenta, de como pudo ser.
Sentí pena, sentí frió, no sabia que hacer,
me invadió el desconcierto, el mundo a mi alrededor
se me hizo demasiado grande y muy pequeño a la vez.
Salí por la necesidad de supervivencia,
rodé de un lado a otro, siempre con el fuerte temor
a todo lo que para mí, me era desconocido.
No podía ver mas allá de mis propias narices
era tan pequeño y todo a mi alrededor,
alto como bosques gigantescos.
Tenía que cuidarme de todo lo desconocido,
todo me resultaba muy agresivo y belicoso.
El día era la posibilidad, de poder verlo todo
y de sobrevivir. La noche resultaba la oscuridad
de lo que era en sí, mi propia vida.
Vivía en dos mundos de tiran teces
la noche y el día, cada día de ellos aportaban
lo desconocido y mi gran soledad.
Fui creciendo, según fui avanzando por la vida,
mis cañones fueron creciendo con firmeza
vi. crecer mis lúcidas plumas.
Muy a menudo, intentaba levantar el vuela por instinto
de tramo en tramo, cada día lo lograba más distante.
Sabía que algún día lo podría lograr
como todas aquellas aves poderosas
que surcaban raudas y veloz
por el firmamento y azul celeste.
Sentía mucha inquietud, dentro de mi
por poderlo lograr ese bendito día,
quería dejar debajo de mi
todo aquel mundo agresivo
por el cual me arrastraba como una lombriz.
tan insignificante e inofensiva.
Un día, posado en una baja rama
hasta donde yo un día la pude alcanzar,
desperté a los nuevos rayos del día.
Cual no seria mi sorpresa, al ver
que al mover mis grandes alas
repetidas veces, me suspendía,
ya podía volar, me movía de un lado a otro.
Podía valerme de mis propias alas
elevarme a la inmensidad del espacio,
a ese que tantas veces añore poder alcanzar.
Por un momento solo pensé en volar majestuoso
por sobre aquel bosque en el que tanto sufrí.
Lo hice de un lado a otro, me pose sobre
la copa sobresaliente, del árbol mas grade,
ese que erecto en su rebeldía de conquista
por sobre de todos los demás sobre salía.
Desde allí podía dominar con mi aguda vista
todo lo que por debajo de mi se movía.
Me sentí cambiado, me sentí águila imperial,
la euforia embargaban mi pecho.
Todo en mi había cambiado,
mis grandes y poderosas alas
me remontaban al mismo infinito.
Desde allí podía ver las cosas bajo de mí
como si fueran hormigas insignificantes.
Que placer sentía muy dentro de mi,
al ver como todos aquellos
que debajo de mi me conocieron
admiraban mi majestuoso vuelo,
mi vuelo de reina, mi vuelo de águila imperial.
Ahora yo ya era el rey en las alturas
desde donde podía ver los grandes ríos
como culebrillas entre la vegetación.
A partir de ese momento, jamás volví
a tocar la tierra que me vio sufrir.
Mi trono estaba el los penachos mas alto
de las cumbres y en las sobresalientes copas
de los gigantescos árboles del bosque aquel.
Desde las alturas mi nueva vida fue
la de una hermosa águila imperial.
cuando fui arrojado del nido, sin yo mismo
darme de cuenta, de como pudo ser.
Sentí pena, sentí frió, no sabia que hacer,
me invadió el desconcierto, el mundo a mi alrededor
se me hizo demasiado grande y muy pequeño a la vez.
Salí por la necesidad de supervivencia,
rodé de un lado a otro, siempre con el fuerte temor
a todo lo que para mí, me era desconocido.
No podía ver mas allá de mis propias narices
era tan pequeño y todo a mi alrededor,
alto como bosques gigantescos.
Tenía que cuidarme de todo lo desconocido,
todo me resultaba muy agresivo y belicoso.
El día era la posibilidad, de poder verlo todo
y de sobrevivir. La noche resultaba la oscuridad
de lo que era en sí, mi propia vida.
Vivía en dos mundos de tiran teces
la noche y el día, cada día de ellos aportaban
lo desconocido y mi gran soledad.
Fui creciendo, según fui avanzando por la vida,
mis cañones fueron creciendo con firmeza
vi. crecer mis lúcidas plumas.
Muy a menudo, intentaba levantar el vuela por instinto
de tramo en tramo, cada día lo lograba más distante.
Sabía que algún día lo podría lograr
como todas aquellas aves poderosas
que surcaban raudas y veloz
por el firmamento y azul celeste.
Sentía mucha inquietud, dentro de mi
por poderlo lograr ese bendito día,
quería dejar debajo de mi
todo aquel mundo agresivo
por el cual me arrastraba como una lombriz.
tan insignificante e inofensiva.
Un día, posado en una baja rama
hasta donde yo un día la pude alcanzar,
desperté a los nuevos rayos del día.
Cual no seria mi sorpresa, al ver
que al mover mis grandes alas
repetidas veces, me suspendía,
ya podía volar, me movía de un lado a otro.
Podía valerme de mis propias alas
elevarme a la inmensidad del espacio,
a ese que tantas veces añore poder alcanzar.
Por un momento solo pensé en volar majestuoso
por sobre aquel bosque en el que tanto sufrí.
Lo hice de un lado a otro, me pose sobre
la copa sobresaliente, del árbol mas grade,
ese que erecto en su rebeldía de conquista
por sobre de todos los demás sobre salía.
Desde allí podía dominar con mi aguda vista
todo lo que por debajo de mi se movía.
Me sentí cambiado, me sentí águila imperial,
la euforia embargaban mi pecho.
Todo en mi había cambiado,
mis grandes y poderosas alas
me remontaban al mismo infinito.
Desde allí podía ver las cosas bajo de mí
como si fueran hormigas insignificantes.
Que placer sentía muy dentro de mi,
al ver como todos aquellos
que debajo de mi me conocieron
admiraban mi majestuoso vuelo,
mi vuelo de reina, mi vuelo de águila imperial.
Ahora yo ya era el rey en las alturas
desde donde podía ver los grandes ríos
como culebrillas entre la vegetación.
A partir de ese momento, jamás volví
a tocar la tierra que me vio sufrir.
Mi trono estaba el los penachos mas alto
de las cumbres y en las sobresalientes copas
de los gigantescos árboles del bosque aquel.
Desde las alturas mi nueva vida fue
la de una hermosa águila imperial.