Piedad Bonnett es una escritora colombiana nacida en Amalfi Antioquia, aterrizó en Bogotá siendo una niña, donde creció en la localidad de Teusaquillo. Es licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes, donde también ha ejercido como docente. Ha escrito doce libros, entre poesía y novelas. La obra protagonista de esta primera sesión dedicada a esta escritora fue Explicaciones no pedidas, publicada en el año 2011, y que le ha hecho merecedora de distintos reconocimientos.
CICATRICES presenta la dualidad entre el dolor y la curación, donde las heridas son selladas, pero antes de ser vencidas dejan una huella.
Pero sin duda de todos los poemas leídos fue DESGARRADURA, así como la historia detrás de estos versos, pues fue escrito con el dolor que significa un adiós: Piedad se separaba de su hijo Daniel por motivos de viaje, pero parecía una trágica premonición de lo que luego sucedería: Daniel decidió quitarse la vida, desesperado por sus ataques de esquizofrenia.
DESGARRADURA
Otra vez sales de mí, pequeño, mi sufriente.
Otra vez miras todo con mirada reciente,
y llenas tus pulmones con el aire gozoso.
Ya no lloras.
El mundo, de momento, no te duele.
Todo es tibio esta vez, caricia pura,
como una prolongada primavera.
Ignoras
mi útero vacío, mi sangrado.
Desconoces
que el grito de dolor de parturienta
va hacia adentro y se asfixia, sofocado,
para que no trastorne
el silencio que ronda por la casa
como una mosca azul resplandeciente.
Mis manos ya no pueden cobijarte.
Sólo decirte adiós como los días
en que al girar, ansioso, tu cabeza,
mi sonrisa se abría detrás de la ventana
para encender la tuya. Cuando todo
era sencillo transcurrir, no herida,
ni extraña expuesta, ni desgarradura.
LAS CICATRICES
No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.
Otra vez sales de mí, pequeño, mi sufriente.
Otra vez miras todo con mirada reciente,
y llenas tus pulmones con el aire gozoso.
Ya no lloras.
El mundo, de momento, no te duele.
Todo es tibio esta vez, caricia pura,
como una prolongada primavera.
Ignoras
mi útero vacío, mi sangrado.
Desconoces
que el grito de dolor de parturienta
va hacia adentro y se asfixia, sofocado,
para que no trastorne
el silencio que ronda por la casa
como una mosca azul resplandeciente.
Mis manos ya no pueden cobijarte.
Sólo decirte adiós como los días
en que al girar, ansioso, tu cabeza,
mi sonrisa se abría detrás de la ventana
para encender la tuya. Cuando todo
era sencillo transcurrir, no herida,
ni extraña expuesta, ni desgarradura.
LAS CICATRICES
No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.
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