Monica Alejandra
Poeta adicto al portal
No se por qué, ni cual es el motivo.
Todos los poetas tienen la loca manía de contar lunares. Los lunares del retrato. El lunar de tu cuello. Los tres lunares de tu espalda. Los lunares que abrigan tus senos.
Estos deben emanar un efluvio inexorable y dejar bajo encantamiento al desprevenido trovador.
O quizás, no me tome el tiempo necesario para ver tus imperfecciones.
Pero a mi mente viene el recuerdo de tus calcetines. Cenit de pasiones enjugadas. Pináculo en extracto de pasiones que avasallan mis sentidos.
Amor mío, tus calcetines habrían cambiado la historia. Cruzarías el Rubicón sin guerras. Las estepas rusas se derretirían a tu paso. El Parnaso seria nuestra última morada. Todo esto gracias a tus floridos calcetines, de nardos y azucenas todos ellos.
Perceptibles y fragantes vahos tiñeron de matices mis sábanas y sin importar que hayan pasado tres semanas, guardo muy celosamente el lugar que ocupaste en mi lecho.
Tú lado, momificado con mis babas.
Mí lado, impregnado, enjugado en lagrimas y duro de mocos. Tengo el recuerdo en mi almohada donde retozaste y cobra vida. Me agrieto el pecho y la acomodo dentro de él, para que puedas percibir el murmullo del by pass que me ocasionaste. Duele, desesperadamente.
Pero no lo permuto, ni por retratos, ni por agraciados lunares.
El recuerdo de tus calcetines quedo tatuado en mi piel. Invisible a los ojos. Atormentando y dejando sin sentido toda sutileza
Todos los poetas tienen la loca manía de contar lunares. Los lunares del retrato. El lunar de tu cuello. Los tres lunares de tu espalda. Los lunares que abrigan tus senos.
Estos deben emanar un efluvio inexorable y dejar bajo encantamiento al desprevenido trovador.
O quizás, no me tome el tiempo necesario para ver tus imperfecciones.
Pero a mi mente viene el recuerdo de tus calcetines. Cenit de pasiones enjugadas. Pináculo en extracto de pasiones que avasallan mis sentidos.
Amor mío, tus calcetines habrían cambiado la historia. Cruzarías el Rubicón sin guerras. Las estepas rusas se derretirían a tu paso. El Parnaso seria nuestra última morada. Todo esto gracias a tus floridos calcetines, de nardos y azucenas todos ellos.
Perceptibles y fragantes vahos tiñeron de matices mis sábanas y sin importar que hayan pasado tres semanas, guardo muy celosamente el lugar que ocupaste en mi lecho.
Tú lado, momificado con mis babas.
Mí lado, impregnado, enjugado en lagrimas y duro de mocos. Tengo el recuerdo en mi almohada donde retozaste y cobra vida. Me agrieto el pecho y la acomodo dentro de él, para que puedas percibir el murmullo del by pass que me ocasionaste. Duele, desesperadamente.
Pero no lo permuto, ni por retratos, ni por agraciados lunares.
El recuerdo de tus calcetines quedo tatuado en mi piel. Invisible a los ojos. Atormentando y dejando sin sentido toda sutileza