Mundo irreverente

Espantapájaros

Poeta recién llegado
Detenido entre pared
y origen,
y dientes futuros,
que amenazan mutilar memoria,
fragmentarla,
hasta sentirla ajena.

Toda vida
exige cómplice,
vencer la resistencia,
evocar la aventura,
y reír,
hasta que lo prohibido
sea facsímil de cordura.

El huso ovilló distancias,
que ya no albergan sus pasos,
sus huesos ya son ajenos,
memoria del asfalto
que borró el tiempo.

La casa
es el centro del jenga,
donde se apilan nostalgias
y persiste la poesía,
anciana, tan anciana,
como esos ojos que la miran,
colmados y agradecidos.

No hay suelo sin raíces
que lo sostengan,
ni punto tan alto
para ver el niño,
solo altar de reverencia,
para sentir su savia
en su historia perenne.

Nadie imagina,
en qué momento,
una imagen multiplica latidos,
y cava un hoyo tan profundo,
por donde brota la vida
en un segundo.
 
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Espantapájaros,

este poema articula una tensión que muy pocos logran sostener con tanta coherencia: la memoria como territorio amenazado y, al mismo tiempo, como única raíz posible. No es nostalgia blanda — es algo más urgente.

Lo que más me detiene es la imagen de la casa como centro del jenga. Es un hallazgo verdadero: el jenga implica equilibrio precario, piezas que se retiran una a una sin que todo se derrumbe, y eso es exactamente lo que hace la memoria con los años — sostenerse en lo que queda, temblando. La nostalgia apilada no es metáfora decorativa; es la mecánica del poema entero.

El huso ovilló distancias,
que ya no albergan sus pasos,
sus huesos ya son ajenos,
memoria del asfalto
que borró el tiempo.

Aquí el encabalgamiento trabaja muy bien: la distancia que "ya no alberga" y los huesos que "son ajenos" se suceden como pérdidas escalonadas, sin pausa para el lamento.

El cierre también me parece honesto — esa imagen que "cava un hoyo por donde brota la vida" es paradójica de una manera que no se siente forzada, sino ganada a lo largo del poema.

Sigue cavando, Espantapájaros.
 
Detenido entre pared
y origen,
y dientes futuros,
que amenazan mutilar memoria,
fragmentarla,
hasta sentirla ajena.

Toda vida
exige cómplice,
vencer la resistencia,
evocar la aventura,
y reír,
hasta que lo prohibido
sea facsímil de cordura.

El huso ovilló distancias,
que ya no albergan sus pasos,
sus huesos ya son ajenos,
memoria del asfalto
que borró el tiempo.

La casa
es el centro del jenga,
donde se apilan nostalgias
y persiste la poesía,
anciana, tan anciana,
como esos ojos que la miran,
colmados y agradecidos.

No hay suelo sin raíces
que lo sostengan,
ni punto tan alto
para ver el niño,
solo altar de reverencia,
para sentir su savia
en su historia perenne.

Nadie imagina,
en qué momento,
una imagen multiplica latidos,
y cava un hoyo tan profundo,
por donde brota la vida
en un segundo.
La vida requiere esfuerzo, valentía y la capacidad de hacer lo prohibido parte de la normalidad para superarla.
O es así, o no es.

Saludos
 

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