donalph
Poeta recién llegado
Enmascarada figura del secreto, te llevo a bien
a nuestra misa negra sobre pieles animales
en los bosques perdidos de mi cautiverio,
adorable accesibilidad, desenfreno
de la locura, cabra mía de reojo
al resquemor de tu embeleso, cautivante
de sombra, sobre la que poso mis pies,
matrimoniados con tu sangre
y tus oberturas de sonido,
tan fácilmente me hundo
con todo mi respeto a tu deleite,
boquiabierto de escupitajos terrestres,
leoncilla del mal, cazadora
de mi difunta muerte
en una oración untada a mi fantasía,
fantasía para que vivo,
redondo en tus crespos,
desaliñados de la uniforme atraviesa,
sentada en una roca consagrada
a los desvelos de sedienta masacre
por donde pasan nuestras raíces,
aplastándose más, recuperándose
al fuego invertido del cruce
de nuestro masoquismo redentor
en el agua profunda de este bautizo
de la maldad energética,
vigorizante de los instintos,
tu vampiro descubierto
en el pecho extremo derecho
de tu seno, tan emblemático seno,
corriendo por mil peligros
de canto en arriesgados golpes,
la misa de los animales,
sacrificados a tu placer sexual
de sangre convertida
en religiosidad brutal,
la que lo desfigura todo,
cuanto está conmigo,
comiendo de nuestras manos
las migas de pan,
refugiadas a los ricos
y dadas para estos rituales,
clandestinos de oscuridad,
bruja negra enmascarada
con vergüenza de tu sexo
como una flor dada
a los extremos de la voluptuosidad
de tu negro carisma.
¡Oh, diosa mía del culto furtivo
a todas luces necesario,
desfogue de la rabia interior,
maniatada con sensualidad
en tus esquinas, tremendas
esquinas, juegos paganos
por donde pasan mis poemas
a tus diálogos puros, resbalados
en lubricidad a tus genitales,
activos genios del mal,
dioses accesorios para mayor
revolución de sentidos,
caminos por donde las normativas
son creadas de momento
en que se teje la trama
del espíritu y del sabor extremo
en embriagados engranajes
de una máquina, que no es
de este mundo, galopes rebeldes!
a nuestra misa negra sobre pieles animales
en los bosques perdidos de mi cautiverio,
adorable accesibilidad, desenfreno
de la locura, cabra mía de reojo
al resquemor de tu embeleso, cautivante
de sombra, sobre la que poso mis pies,
matrimoniados con tu sangre
y tus oberturas de sonido,
tan fácilmente me hundo
con todo mi respeto a tu deleite,
boquiabierto de escupitajos terrestres,
leoncilla del mal, cazadora
de mi difunta muerte
en una oración untada a mi fantasía,
fantasía para que vivo,
redondo en tus crespos,
desaliñados de la uniforme atraviesa,
sentada en una roca consagrada
a los desvelos de sedienta masacre
por donde pasan nuestras raíces,
aplastándose más, recuperándose
al fuego invertido del cruce
de nuestro masoquismo redentor
en el agua profunda de este bautizo
de la maldad energética,
vigorizante de los instintos,
tu vampiro descubierto
en el pecho extremo derecho
de tu seno, tan emblemático seno,
corriendo por mil peligros
de canto en arriesgados golpes,
la misa de los animales,
sacrificados a tu placer sexual
de sangre convertida
en religiosidad brutal,
la que lo desfigura todo,
cuanto está conmigo,
comiendo de nuestras manos
las migas de pan,
refugiadas a los ricos
y dadas para estos rituales,
clandestinos de oscuridad,
bruja negra enmascarada
con vergüenza de tu sexo
como una flor dada
a los extremos de la voluptuosidad
de tu negro carisma.
¡Oh, diosa mía del culto furtivo
a todas luces necesario,
desfogue de la rabia interior,
maniatada con sensualidad
en tus esquinas, tremendas
esquinas, juegos paganos
por donde pasan mis poemas
a tus diálogos puros, resbalados
en lubricidad a tus genitales,
activos genios del mal,
dioses accesorios para mayor
revolución de sentidos,
caminos por donde las normativas
son creadas de momento
en que se teje la trama
del espíritu y del sabor extremo
en embriagados engranajes
de una máquina, que no es
de este mundo, galopes rebeldes!