pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
El muñequito de nieve temblaba. Se hacía tarde, mas el tiempo parecía estar cambiando. Sus enormes ojos de naranja se reflejaban en los pequeñitos y verdosos de Miguelito. Se sentía bien todavía, ciertamente frío, como a él – buen muñequito de nieve – le gustaba. Su orondo barrigón le imposibilitaba, por más que lo intentaba, para ver lo holgado de sus pies en los que se apoyaba.
Sonrió a Miguelito… ¿cuánto tiempo llevaba allí ese niño mirándole? Le reconoció como a un hermano. ¡No!, como a su propio hijo… ¡no, ni siquiera eso!, su padre, su creador, la persona que más quería. Sabía que se llamaba Miguelito e intuía de él muchas cosas. No en vano, sus pequeñas manos ayudadas por la de su propia hermana, Letizia, le habían dado forma, le habían regalado aquellos grandes ojos de monda de naranja, la comilona boca de gajo de sandía y esa larguísima zanahoria para hacer las veces de nariz respingona.
Y respingaba, ¡vaya que respingaba! El ralente de la noche anterior le había provocado no pocas sacudidas a golpes de estornudos. Incluso había bajado Letizia desde la majestuosa casa que había enfrente con un enorme pañuelo, casi una sábana, para sonarle los moquitos por la mañana. Claro que la hermanita no había tenido más remedio, los gritos de Miguelito no le habían dejado otra opción desde ese jardín blanco donde la hierba sólo aparecía escasamente en motitas verdes bajo un manto de nieve fresca.
Pero los luceros de Miguelito estaban ahora tristes. Tanto como los del propio muñequito de nieve.
Después de veinticuatro horas de un tiempo verdaderamente frío e invernal, los noticiarios habían vaticinado un cambio de los termómetros. De hecho, el mercurio subiría hasta los dieciocho o veinte grados durante el mediodía del día siguiente. Curiosamente, el día de Navidad.
Sus padres, ahora preparando la cena de Nochebuena en casa, le habían dicho:
- ¡Qué suerte, Miguelito! Tú y Letizia podréis salir a la calle con las bicicletas nuevas… bueno, eso siempre que Papá Noel os traiga las bicicletas, claro. Si habéis sido buenos, mañana jugaréis por todo el barrio, que hará muy buen día de sol.
Pero Miguelito no quería eso. Ahora, sentado delante de su muñequito de Navidad, esperaba que su nuevo amigo le hablara. Esperaba que le contara de sus experiencias cuando él y su hermana se retiraban a dormir y le dejaban solo.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una voz amiga. Era Letizia.
- Miguelín, ven para casa, anda… papá y mamá se van a enfadar. ¡Ten! Pon esta manta en el suelo. ¡Como se enteren de que te has sentado en la nieve la arman! Ya en casa te pongo otro pantalón, te has mojado todo el culo en la nieve.
- Leti, ¿verdad que mañana el muñequito de nieve va a estar aquí todavía? Quiero jugar con él, le hablaré y así él aprenderá también a decirme cosas. Quiero preguntarle mañana si ha visto a Papá Noel cuando venga esta noche.
A Letizia se le abrieron los ojos casi como para llorar. No hicieron falta las palabras. Miguelito no pudo disimular la mueca de la inmensa tristeza en su angelical rostro al comprobar la decepción en los de su querida hermana.
- Pero, hermanita… ¿por qué… no podrá estar conmigo y jugar con mis regalos y mis juguetes? Yo sólo le quiero a él… - las lágrimas brotaron repentinas y bañaron sus labios sonrosados.
Letizia le abrazó al instante. Sujetó sus lágrimas dificultosamente. La diferencia de edad entre ellos la convertía en una suerte de segunda mamá para Miguelito.
Mientras, la nariz respingona y aguda del Muñeco pareció moverse un poquito hacia delante. Sus pies de hielo parecían doblarse por una tensión que los fríos de su silueta eran incapaces de evitar. La compostura de sus brazos disimulados junto al groso cuerpo se enervaba, la vida parecía fluir hacia su copete negro de sombrero.
Los niños le miraron dejando el lúgubre trance y dando una especie de tregua a la elegía. Letizia respiró profundamente antes de cerrar un momento los párpados fuertemente, como reteniendo un instante milagroso, una respuesta divina tal vez.
- Miguelín, mañana va a hacer sol, ya lo dijeron las noticias. Va a hacer calor. Hablan incluso del cambio climático en todo el mundo que va a traer calores todo el año, hasta en diciembre. En Navidad, Miguelito. En Nochevieja. El muñequito te quiere mucho, ya lo sé. Pero se va a tener que ir; los muñequitos de nieve sólo viven cuando hace frío. Cuando viene el calor… se van. Se tienen que ir hacia donde haga más frío.
- ¡Pero yo no quiero que se vaya! - exclamó el niño entre lloros - ¡ya no quiero la bicicleta!, no quiero venir mañana a andar en bici por el barrio y que el muñequito ya no esté conmigo… que el campo vuelva a estar verde y las calles mojadas. Quiero venir aquí otra vez a hablar con él, a enseñarle palabras, a jugar al escondite con él, a enseñarle mis cromos y contarle las adivinanzas del abuelo.
Los dos hermanos repitieron de nuevo el abrazo. La hermana del niño pensaba rápidamente, necesitaba soluciones para aquella entelequia.
Entretanto, se abrió una ventana en la casa de los padres y la voz de su madre prorrumpió una especie de lamento compasivo hacia el jardín:
- Pero… ¿aún estáis ahí? ¡Vamos, subir para casa!, dentro de un momento vendrán los abuelos, va a ir vuestro padre a buscarles con el coche en diez minutos, no quiero que os vea todavía en el jardín con el frío… ¡Venga, Letizia, sube a tu hermano ahora mismo a casa! - El tono hacia su hermana se volvió menos dulzón, un poco más desabrido. Era Letizia, de alguna manera, la responsable de Miguelito cuando la madre no podía atenderle.
La ventana de la casa se cerró y Miguelito ya no pudo evitar el abrazarse fuertemente al muñeco de nieve. Letizia no tuvo arrestos para impedir el beso de aquel pobre niño a su amado muñeco. Lo besaba en la piel pulpa de sandía de su boca, en sus mejillas albas, juntaba sus renovadas lágrimas a las imaginarias de su amigo con sabor a naranja, estorbaba la nariz de su amigo con la suya propia…
- ¡Venga, Miguelín! Vas a derretirle con tanto cariño, él ya sabe que le quieres mucho...
- Leti, ya no quiero regalos ni juguetes. Papá y mamá tienen el arcón en el sótano que está muy frío – sollozaba Miguelito - ¿por qué no quieren guardar a mi amigo en él?, le llevaríamos entre todos, le pondríamos fresquito y yo podría verle todo el año y jugar todos los días con él.
- Pero, Miguelín, eso no puede ser. Papá y mamá guardan el pavo, ese cerdito pequeño que llaman cochinillo y otras tantas cosas. Mejor… se me ocurre otra idea - se llevó su hermana el dedo índice a la altura de la sien, como un timón que gobernara sus designios y pensamientos - ¡A ver qué te parece...!
El muñequito de nieve pareció entornar las orejas que Miguelito se había olvidado de ponerle. Él también quería salvarse. Quería aprender a hablar con su maestro preferido, aquel niño. Quería que le contara cuentos, chistes y adivinanzas para dormir mejor en las gélidas noches que el noticiario de la televisión había descartado para esos próximos días. Empezaba a sentir, además de los lagrimones de naranja, el sudor frío, de nieve derretida, bajando de sus obesas formas hacia los pies, dejando ya un minúsculo reguerillo sobre la alfombra blanca del jardín nevado.
- Miguelín, ¡le pediremos ayuda a Papá Noel!
Los ojos del niño crecieron hasta parecer soles desorbitados, la sonrisa se le iluminó como la de una estrella que reaparece en el firmamento.
- ¿De verdad, hermanita,? ¿eso se puede hacer?.
- ¡Claro! Él es bueno y quiere mucho a los niños, pero también quiere a los muñequitos de nieve. Él a buen seguro tiene más de uno en su casita en Laponia. Nos quedaremos toda la noche esperándole para hablar con él, le diremos que ya no queremos las bicicletas nuevas, que las lleve a otra casa; sin problema encontrará en este mismo barrio mejor lugar para ellas. Y que, a cambio, proteja al muñequito, que lo lleve con él, que lo suba al trineo y lo regrese a su país. Allí siempre hace frío y no le pasará nada.
- ¡Eso, eso! ¡Qué buena eres, Leti! ¡Qué buena idea! Así siempre podré hablarle y escribirle en mis cartas a Papá Noel. Y él podría traer su respuesta cuando regrese cada Nochebuena. Te quiero mucho, hermanita, ¡qué buena idea has tenido! Salvaremos entre los dos al muñequito, ya no hace falta pedirles a papá y mamá el arcón.
Los hermanos se abrazaron. Desde el alféizar en la cocina, la madre remitió su ademán de abrir la ventana para llamarles de nuevo. Se quedó mirando, sin embargo, al trasluz del cristal aquella postal navideña. El pavo en el horno comenzaba a crepitar y quizá necesitara un poquito de agua en la fuente. Pero aquella mujer se había quedado paralizada observando el abrazo de sus dos niños, casi parecía que habían incluido al mismísimo muñeco de nieve en un abrazo al alimón. Sin duda, todo era un efecto visual de la distancia, el propio cristal de la ventana y la creciente penumbra debida a la hora.
Esa noche los niños se acostaron temprano, como debe ser en Nochebuena, prometiéndole a sus papás no levantarse a hacer pis hasta la mañana.
Le dejaron a Papá Noel galletas, dulces y leche calentita. Se dejaron arropar por su mamá y se hicieron los dormidos prontamente con una maquiavélica idea en mente: esperar al amigo de los niños, al personaje orondo de la Navidad embutido en su traje rojo, confiarle su secreto, cambiar los regalos por el amor de aquel pequeño muñequito que se había puesto a llorar también al despedirse de ellos.
Así lo hicieron.
La mañana despertó a Miguelito como un martillo en la sien. La culpa inmensa se agolpó en la garganta del niño.
- ¡Leti! ¡Leti! Me quedé dormido… me quedé dormido.
Se levantó a gritos de la cama. A trompicones y sin zapatillas corrió por el pasillo asustado. Sus padres vinieron a su encuentro. Olía a margarina derretida en la cocina y pan tostado algo quemado.
- ¡Feliz Navidad, Miguelito! Hijo mío, ¡cuántas cosas hay bajo el árbol! Huy, vete a mirar – su madre mostraba una alegría desbordada.
El padre miraba al niño casi extasiado, con el amor propio de quien espera ver recompensados sus esfuerzos en el momento de ver abiertos los regalos. Sin duda, las alegrías de sus pequeños repartirían nada más que inmenso júbilo entre ellos.
Pero el niño mudó por espanto la poca alegría que mostraba su semblante y rompió a llorar.
-¿Qué regalos, mamá? ¡Papá, papá! ¡No puede haber dejado ningún regalo! ¡No, papá! – Miraba suplicante a ambos alternativamente.
Los dos padres se miraron sin comprender nada.
En ese mismo instante apareció Letizia corriendo desde la sala. Allí era donde esperaban el árbol de Navidad y los supuestos regalos. Cogiendo del brazo a su hermano y sonriendo le llevó hasta la sala. Pasaron junto a los inmensos bultos envueltos en papel de regalo.
- ¡No llores, Miguelito! Cumplí yo el trato. Cuando te quedaste dormido, te acerqué a la cama. No era necesario que tú esperases. ¡Estabas tan cansado...! Pero yo esperé a Papá Noel. Yo le dije que querías salvar a tu muñequito de nieve y que habías sido muy bueno todo el año. Yo le ayudé a montarlo en el trineo y me dijo que eras un niño tan encantador que no sólo no era molestia para él salvar al muñeco, sino que le haría compañía toda la noche mientras iba a las demás casas, y que tenía más muñequitos como él que había venido salvando cada año en muchos lugares del mundo.
- Pero, ¿y los regalos… Leti? ¿y los regalos? – intentaba detener su sollozo para poder hablar.
- Dijo que habías sido tan bueno todo el año que, además, te dejaba todos los regalos que habías pedido, y que el mejor regalo era el que tú le hacías a él confiándole el ser que tanto querías para poder salvarle, un muñequito tan lindo que habías hecho con tus pequeñas manitas, con esos enormes ojitos de naranja y boquita de sandía.
Sus padres estaban bajo el dintel de la puerta de la sala, hipnotizados, paralizados. No entendían una palabra. Burdamente, escuchaban algunas palabras de la conversación de sus dos hijos junto a la ventana que daba al jardín. Pero no acababan de entender el porqué de aquella embarazosa situación.
- Pero, ¿no vais a abrir los regalos?
Miguelito miró a su hermana fijamente.
- Entonces… lo hiciste tú, hermanita. Te quiero tanto. Tú hablaste con Papá Noel y le pediste que llevara al muñequito en su trineo hasta su tierra. Y que todos los años nos traiga noticias de él… ¿se lo dijiste?
- Sí, Miguelito, también le dije que nos trajera fotos el año que viene y todas las Navidades que vengan, y me dijo que él jugaría con los renos en la nieve y que aprendería a montarlos, a cabalgar las estepas en Laponia.
Los ojos de Miguelito cesaron de llorar, se enjugó las lágrimas con ambas manos. Ya sus padres se acercaban interesados.
- Todo eso hiciste, Leti, hermanita – decía Miguelito mientras miraba por la ventana.
Allí en el jardín, aparecía el solar derretido donde ya no estaba la figura añorada y querida de su amigo.
Eran las once de la mañana. Y ya ese inmenso sol había salido fuerte para ser diciembre. Afortunadamente, pensó él, llegaba tarde. Tarde para hacerle daño a su amigo. Para comenzar a derretir sus mejillas frías que él había besado. Para dibujarle en el manto de nieve del jardín como una ilusión y una quimera alejándose de la realidad de la vida de aquel pequeño.
Comenzó a abrir con renovada ilusión los regalos junto a su hermana. Escuchaba lejanas las voces en su cabecita de un imaginario Santa Claus amigable y amoroso, como un verdadero abuelote que había hecho realidad su sueño.
No escuchaba, sin embargo, la reprimenda de su madre a Letizia, la reconvención por alguna travesurilla que su hermana podía haber cometido en el día más feliz de su vida; no era sino de banal importancia para Miguelito.
- ¡Leticia, ven a cambiarte las zapatillas!, has puesto todo el piso perdido, voy a tener que fregar y secar antes de la comida todas las baldosas y el parquet desde la puerta de la entrada hasta la cocina, ¿por qué saliste tan temprano al jardín?
Miguelito sonreía con su bicicleta nueva frente a él. Se preguntaba si el año que viene, en las próximas navidades, esa bicicleta le serviría a su nevado amigo cuando él le pidiera a Santa Claus que se la llevase de regalo a su gordito blanco, porque a él ya no le serviría.
Sonrió a Miguelito… ¿cuánto tiempo llevaba allí ese niño mirándole? Le reconoció como a un hermano. ¡No!, como a su propio hijo… ¡no, ni siquiera eso!, su padre, su creador, la persona que más quería. Sabía que se llamaba Miguelito e intuía de él muchas cosas. No en vano, sus pequeñas manos ayudadas por la de su propia hermana, Letizia, le habían dado forma, le habían regalado aquellos grandes ojos de monda de naranja, la comilona boca de gajo de sandía y esa larguísima zanahoria para hacer las veces de nariz respingona.
Y respingaba, ¡vaya que respingaba! El ralente de la noche anterior le había provocado no pocas sacudidas a golpes de estornudos. Incluso había bajado Letizia desde la majestuosa casa que había enfrente con un enorme pañuelo, casi una sábana, para sonarle los moquitos por la mañana. Claro que la hermanita no había tenido más remedio, los gritos de Miguelito no le habían dejado otra opción desde ese jardín blanco donde la hierba sólo aparecía escasamente en motitas verdes bajo un manto de nieve fresca.
Pero los luceros de Miguelito estaban ahora tristes. Tanto como los del propio muñequito de nieve.
Después de veinticuatro horas de un tiempo verdaderamente frío e invernal, los noticiarios habían vaticinado un cambio de los termómetros. De hecho, el mercurio subiría hasta los dieciocho o veinte grados durante el mediodía del día siguiente. Curiosamente, el día de Navidad.
Sus padres, ahora preparando la cena de Nochebuena en casa, le habían dicho:
- ¡Qué suerte, Miguelito! Tú y Letizia podréis salir a la calle con las bicicletas nuevas… bueno, eso siempre que Papá Noel os traiga las bicicletas, claro. Si habéis sido buenos, mañana jugaréis por todo el barrio, que hará muy buen día de sol.
Pero Miguelito no quería eso. Ahora, sentado delante de su muñequito de Navidad, esperaba que su nuevo amigo le hablara. Esperaba que le contara de sus experiencias cuando él y su hermana se retiraban a dormir y le dejaban solo.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una voz amiga. Era Letizia.
- Miguelín, ven para casa, anda… papá y mamá se van a enfadar. ¡Ten! Pon esta manta en el suelo. ¡Como se enteren de que te has sentado en la nieve la arman! Ya en casa te pongo otro pantalón, te has mojado todo el culo en la nieve.
- Leti, ¿verdad que mañana el muñequito de nieve va a estar aquí todavía? Quiero jugar con él, le hablaré y así él aprenderá también a decirme cosas. Quiero preguntarle mañana si ha visto a Papá Noel cuando venga esta noche.
A Letizia se le abrieron los ojos casi como para llorar. No hicieron falta las palabras. Miguelito no pudo disimular la mueca de la inmensa tristeza en su angelical rostro al comprobar la decepción en los de su querida hermana.
- Pero, hermanita… ¿por qué… no podrá estar conmigo y jugar con mis regalos y mis juguetes? Yo sólo le quiero a él… - las lágrimas brotaron repentinas y bañaron sus labios sonrosados.
Letizia le abrazó al instante. Sujetó sus lágrimas dificultosamente. La diferencia de edad entre ellos la convertía en una suerte de segunda mamá para Miguelito.
Mientras, la nariz respingona y aguda del Muñeco pareció moverse un poquito hacia delante. Sus pies de hielo parecían doblarse por una tensión que los fríos de su silueta eran incapaces de evitar. La compostura de sus brazos disimulados junto al groso cuerpo se enervaba, la vida parecía fluir hacia su copete negro de sombrero.
Los niños le miraron dejando el lúgubre trance y dando una especie de tregua a la elegía. Letizia respiró profundamente antes de cerrar un momento los párpados fuertemente, como reteniendo un instante milagroso, una respuesta divina tal vez.
- Miguelín, mañana va a hacer sol, ya lo dijeron las noticias. Va a hacer calor. Hablan incluso del cambio climático en todo el mundo que va a traer calores todo el año, hasta en diciembre. En Navidad, Miguelito. En Nochevieja. El muñequito te quiere mucho, ya lo sé. Pero se va a tener que ir; los muñequitos de nieve sólo viven cuando hace frío. Cuando viene el calor… se van. Se tienen que ir hacia donde haga más frío.
- ¡Pero yo no quiero que se vaya! - exclamó el niño entre lloros - ¡ya no quiero la bicicleta!, no quiero venir mañana a andar en bici por el barrio y que el muñequito ya no esté conmigo… que el campo vuelva a estar verde y las calles mojadas. Quiero venir aquí otra vez a hablar con él, a enseñarle palabras, a jugar al escondite con él, a enseñarle mis cromos y contarle las adivinanzas del abuelo.
Los dos hermanos repitieron de nuevo el abrazo. La hermana del niño pensaba rápidamente, necesitaba soluciones para aquella entelequia.
Entretanto, se abrió una ventana en la casa de los padres y la voz de su madre prorrumpió una especie de lamento compasivo hacia el jardín:
- Pero… ¿aún estáis ahí? ¡Vamos, subir para casa!, dentro de un momento vendrán los abuelos, va a ir vuestro padre a buscarles con el coche en diez minutos, no quiero que os vea todavía en el jardín con el frío… ¡Venga, Letizia, sube a tu hermano ahora mismo a casa! - El tono hacia su hermana se volvió menos dulzón, un poco más desabrido. Era Letizia, de alguna manera, la responsable de Miguelito cuando la madre no podía atenderle.
La ventana de la casa se cerró y Miguelito ya no pudo evitar el abrazarse fuertemente al muñeco de nieve. Letizia no tuvo arrestos para impedir el beso de aquel pobre niño a su amado muñeco. Lo besaba en la piel pulpa de sandía de su boca, en sus mejillas albas, juntaba sus renovadas lágrimas a las imaginarias de su amigo con sabor a naranja, estorbaba la nariz de su amigo con la suya propia…
- ¡Venga, Miguelín! Vas a derretirle con tanto cariño, él ya sabe que le quieres mucho...
- Leti, ya no quiero regalos ni juguetes. Papá y mamá tienen el arcón en el sótano que está muy frío – sollozaba Miguelito - ¿por qué no quieren guardar a mi amigo en él?, le llevaríamos entre todos, le pondríamos fresquito y yo podría verle todo el año y jugar todos los días con él.
- Pero, Miguelín, eso no puede ser. Papá y mamá guardan el pavo, ese cerdito pequeño que llaman cochinillo y otras tantas cosas. Mejor… se me ocurre otra idea - se llevó su hermana el dedo índice a la altura de la sien, como un timón que gobernara sus designios y pensamientos - ¡A ver qué te parece...!
El muñequito de nieve pareció entornar las orejas que Miguelito se había olvidado de ponerle. Él también quería salvarse. Quería aprender a hablar con su maestro preferido, aquel niño. Quería que le contara cuentos, chistes y adivinanzas para dormir mejor en las gélidas noches que el noticiario de la televisión había descartado para esos próximos días. Empezaba a sentir, además de los lagrimones de naranja, el sudor frío, de nieve derretida, bajando de sus obesas formas hacia los pies, dejando ya un minúsculo reguerillo sobre la alfombra blanca del jardín nevado.
- Miguelín, ¡le pediremos ayuda a Papá Noel!
Los ojos del niño crecieron hasta parecer soles desorbitados, la sonrisa se le iluminó como la de una estrella que reaparece en el firmamento.
- ¿De verdad, hermanita,? ¿eso se puede hacer?.
- ¡Claro! Él es bueno y quiere mucho a los niños, pero también quiere a los muñequitos de nieve. Él a buen seguro tiene más de uno en su casita en Laponia. Nos quedaremos toda la noche esperándole para hablar con él, le diremos que ya no queremos las bicicletas nuevas, que las lleve a otra casa; sin problema encontrará en este mismo barrio mejor lugar para ellas. Y que, a cambio, proteja al muñequito, que lo lleve con él, que lo suba al trineo y lo regrese a su país. Allí siempre hace frío y no le pasará nada.
- ¡Eso, eso! ¡Qué buena eres, Leti! ¡Qué buena idea! Así siempre podré hablarle y escribirle en mis cartas a Papá Noel. Y él podría traer su respuesta cuando regrese cada Nochebuena. Te quiero mucho, hermanita, ¡qué buena idea has tenido! Salvaremos entre los dos al muñequito, ya no hace falta pedirles a papá y mamá el arcón.
Los hermanos se abrazaron. Desde el alféizar en la cocina, la madre remitió su ademán de abrir la ventana para llamarles de nuevo. Se quedó mirando, sin embargo, al trasluz del cristal aquella postal navideña. El pavo en el horno comenzaba a crepitar y quizá necesitara un poquito de agua en la fuente. Pero aquella mujer se había quedado paralizada observando el abrazo de sus dos niños, casi parecía que habían incluido al mismísimo muñeco de nieve en un abrazo al alimón. Sin duda, todo era un efecto visual de la distancia, el propio cristal de la ventana y la creciente penumbra debida a la hora.
Esa noche los niños se acostaron temprano, como debe ser en Nochebuena, prometiéndole a sus papás no levantarse a hacer pis hasta la mañana.
Le dejaron a Papá Noel galletas, dulces y leche calentita. Se dejaron arropar por su mamá y se hicieron los dormidos prontamente con una maquiavélica idea en mente: esperar al amigo de los niños, al personaje orondo de la Navidad embutido en su traje rojo, confiarle su secreto, cambiar los regalos por el amor de aquel pequeño muñequito que se había puesto a llorar también al despedirse de ellos.
Así lo hicieron.
La mañana despertó a Miguelito como un martillo en la sien. La culpa inmensa se agolpó en la garganta del niño.
- ¡Leti! ¡Leti! Me quedé dormido… me quedé dormido.
Se levantó a gritos de la cama. A trompicones y sin zapatillas corrió por el pasillo asustado. Sus padres vinieron a su encuentro. Olía a margarina derretida en la cocina y pan tostado algo quemado.
- ¡Feliz Navidad, Miguelito! Hijo mío, ¡cuántas cosas hay bajo el árbol! Huy, vete a mirar – su madre mostraba una alegría desbordada.
El padre miraba al niño casi extasiado, con el amor propio de quien espera ver recompensados sus esfuerzos en el momento de ver abiertos los regalos. Sin duda, las alegrías de sus pequeños repartirían nada más que inmenso júbilo entre ellos.
Pero el niño mudó por espanto la poca alegría que mostraba su semblante y rompió a llorar.
-¿Qué regalos, mamá? ¡Papá, papá! ¡No puede haber dejado ningún regalo! ¡No, papá! – Miraba suplicante a ambos alternativamente.
Los dos padres se miraron sin comprender nada.
En ese mismo instante apareció Letizia corriendo desde la sala. Allí era donde esperaban el árbol de Navidad y los supuestos regalos. Cogiendo del brazo a su hermano y sonriendo le llevó hasta la sala. Pasaron junto a los inmensos bultos envueltos en papel de regalo.
- ¡No llores, Miguelito! Cumplí yo el trato. Cuando te quedaste dormido, te acerqué a la cama. No era necesario que tú esperases. ¡Estabas tan cansado...! Pero yo esperé a Papá Noel. Yo le dije que querías salvar a tu muñequito de nieve y que habías sido muy bueno todo el año. Yo le ayudé a montarlo en el trineo y me dijo que eras un niño tan encantador que no sólo no era molestia para él salvar al muñeco, sino que le haría compañía toda la noche mientras iba a las demás casas, y que tenía más muñequitos como él que había venido salvando cada año en muchos lugares del mundo.
- Pero, ¿y los regalos… Leti? ¿y los regalos? – intentaba detener su sollozo para poder hablar.
- Dijo que habías sido tan bueno todo el año que, además, te dejaba todos los regalos que habías pedido, y que el mejor regalo era el que tú le hacías a él confiándole el ser que tanto querías para poder salvarle, un muñequito tan lindo que habías hecho con tus pequeñas manitas, con esos enormes ojitos de naranja y boquita de sandía.
Sus padres estaban bajo el dintel de la puerta de la sala, hipnotizados, paralizados. No entendían una palabra. Burdamente, escuchaban algunas palabras de la conversación de sus dos hijos junto a la ventana que daba al jardín. Pero no acababan de entender el porqué de aquella embarazosa situación.
- Pero, ¿no vais a abrir los regalos?
Miguelito miró a su hermana fijamente.
- Entonces… lo hiciste tú, hermanita. Te quiero tanto. Tú hablaste con Papá Noel y le pediste que llevara al muñequito en su trineo hasta su tierra. Y que todos los años nos traiga noticias de él… ¿se lo dijiste?
- Sí, Miguelito, también le dije que nos trajera fotos el año que viene y todas las Navidades que vengan, y me dijo que él jugaría con los renos en la nieve y que aprendería a montarlos, a cabalgar las estepas en Laponia.
Los ojos de Miguelito cesaron de llorar, se enjugó las lágrimas con ambas manos. Ya sus padres se acercaban interesados.
- Todo eso hiciste, Leti, hermanita – decía Miguelito mientras miraba por la ventana.
Allí en el jardín, aparecía el solar derretido donde ya no estaba la figura añorada y querida de su amigo.
Eran las once de la mañana. Y ya ese inmenso sol había salido fuerte para ser diciembre. Afortunadamente, pensó él, llegaba tarde. Tarde para hacerle daño a su amigo. Para comenzar a derretir sus mejillas frías que él había besado. Para dibujarle en el manto de nieve del jardín como una ilusión y una quimera alejándose de la realidad de la vida de aquel pequeño.
Comenzó a abrir con renovada ilusión los regalos junto a su hermana. Escuchaba lejanas las voces en su cabecita de un imaginario Santa Claus amigable y amoroso, como un verdadero abuelote que había hecho realidad su sueño.
No escuchaba, sin embargo, la reprimenda de su madre a Letizia, la reconvención por alguna travesurilla que su hermana podía haber cometido en el día más feliz de su vida; no era sino de banal importancia para Miguelito.
- ¡Leticia, ven a cambiarte las zapatillas!, has puesto todo el piso perdido, voy a tener que fregar y secar antes de la comida todas las baldosas y el parquet desde la puerta de la entrada hasta la cocina, ¿por qué saliste tan temprano al jardín?
Miguelito sonreía con su bicicleta nueva frente a él. Se preguntaba si el año que viene, en las próximas navidades, esa bicicleta le serviría a su nevado amigo cuando él le pidiera a Santa Claus que se la llevase de regalo a su gordito blanco, porque a él ya no le serviría.
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