luna roja
Princesa de fuego
El siseo del metal descendió implacable, decapitando al mito con un estrépito seco y definitivo; el dragón murió bajo el peso del hacha, dejando que la textura rugosa de sus escamas oscuras se hundiera en la viscosidad del lodo. Sin embargo, desde el cielo herido comenzó a desprenderse el repiqueteo de una lluvia mansa: un agua fría y limpia que lavaba la herida y traía en su frescor un mínimo de esperanza. En ese instante se apagó el crujido ardiente de mi voz encendida, aquella que habitó escondida, quemando como un carbón expuesto, en la garganta de la bestia. La tormenta ahogó el antiguo rugido, transformando su eco violento en el goteo de un bautismo amargo que arrastraba las cenizas ásperas del templo caído.El misterio se expandió en el rumor de las gotas que caían sin prisa, golpeando la tierra con un ritmo adormecedor. En la penumbra, manos y labios latían en las sombras húmedas, sintiendo el pulso rítmico de la carne contra el viento helado. Pero el frío ya no arañaba la piel, ahora envolvía los recuerdos como una manta pesada, mientras las lunas reflejaban su luz pálida en el chapoteo de los charcos. Así comencé a moldear, entre la calidez del fango y la fluidez del agua, poemas de soles lejanos; astros mudos y cansados que miraban desde el borde del universo el batir silencioso de los vuelos errantes de la mente herida, mientras las aves negras del delirio al fin entumecían sus alas y callaban su graznido.Habitamos entonces el compás lento de un amor que se volvía memoria, una nostalgia blanda, como el tacto del musgo, que reemplazaba el dolor punzante del hierro. Se desmoronaron con un crujido sordo los reinos de la culpa y el miedo, dejando el suelo descalzo y libre para la caricia de un nuevo invierno. Un círculo de corazones rotos, de bordes afilados, recibió el golpeteo del agua del cielo, suavizando las penas y los dolores que antes desgarraban el pecho.
Ya no quedaban gritos ásperos ni el golpe seco de las hachas en esa melancolía que sana con la textura de la seda; solo permanecía mi voz hecha murmullo, un roce apenas perceptible, un susurro que se fundía en el tintineo de la lluvia para dictar la sentencia final: Mi voz ya no habita tu garganta.
Ya no quedaban gritos ásperos ni el golpe seco de las hachas en esa melancolía que sana con la textura de la seda; solo permanecía mi voz hecha murmullo, un roce apenas perceptible, un susurro que se fundía en el tintineo de la lluvia para dictar la sentencia final: Mi voz ya no habita tu garganta.