damianolivares
Poeta recién llegado
La noche siempre se divide,
para terminar uniéndose
en una sola mirada.
para terminar uniéndose
en una sola mirada.
Medianoche
I. El cristal
II. La espera.
III. El anarquista abatido.
II. La espera.
III. El anarquista abatido.
I
Medianoche, alguien respira el aire fresco
allí afuera, muy cerca de los charcos
creados por la lluvia.
Una nube blanca cae por los techos,
besando todo a su paso, dejando una angustia
húmeda, enredada en las carnes de los que pasan
por las calles.
Nadie duerme (lo sé perfectamente),
sin embargo, nadie parece hablar;
todos se encuentran en silencio,
en un estado aterciopelado, pasivo,
con tintes bien definidos hacia lo lúgubre.
Nadie duerme (se lo que sienten),
es como si llevaran un cristal escondido
en algún lugar apartado de la vista;
un cristal fino y pequeño, transparente
como la hoja de un alfiler,
que alberga toda clase de colores,
imágenes, sentimientos, aromas;
todo ello en su interior produce
un peso insoportable de sostener.
Pero dejarlo caer es dejarse aprisionar,
es soltar el grito que nadie desea dar,
es revelar las diversas caras poli crónicas
que llevamos dentro.
Aunque todo pese, nadie dejara caer
lo que es endeble; seguirán así,
con sus ojos encorvados, hasta su final,
hasta el final de la calle.
II
Medianoche, ¿alguien vendrá a visitarme?,
solo se que ha venido un viento fugitivo a darme
una bofetada y se ha vuelto a largar
quién sabe donde.
¡Yo espero! ¡No se a quien, pero espero!
¡Deberían venir!, es la hora perfecta para vernos
los rostros. Y hablar . hablar del tiempo
hasta que el tiempo pase y se haga tarde
para nuestro sueño que estará renvalsando
por los ojos, hasta que el sol salga
de las profundidades y penetre como
penetran las grandes guerras codiciosas.
¡Yo los espero! ¡Vengan hacia aquí!
¡Deberías venir!, vestida de la manera mas simple;
¡Esa es la forma más hermosa!, para entrar por una puerta
libre a todo, que no son más que mis ojos blancos
como el papel.
Nadie habrá de tocarte, ni siquiera yo,
esta noche no hablaran las ansias,
esta noche, solo hablaremos tú y yo.
¡Yo te espero! ¡Ven hacia aquí!
III
Medianoche, la aguja del reloj ha golpeado
con éxito la noche de un nuevo día, y sin saberlo
ha rasgado el corazón del joven genio.
¡La soledad, el hastió!, brillan en las lagrimas,
en la ira de un dios, en el crujir de dientes y puños
que son apretados hasta que la sangre deja de correr.
¿Donde iras a parar esta noche, anarquista abatido?
Tus pies caminaran por baldíos hoscos con extraños
silencios, pisaras las callejuelas infestadas de personas
que te miraran de forma extraña.
De seguro, buscaras alguna fiesta de mala muerte
para quedarte quieto y pensativo, ajeno ante todo
ruido y movimiento que se desate a tu alrededor.
¿Dónde terminaras tu noche?
Quizás en alguna cama ajena, después de haber
deshojado la flor loneh; abriendo sus muslos
de manera afable para dar un salto que atraviese
paredes húmedas de un cielo tangible, sin nubes,
con forma de estanque perdido o de un coral
sicalíptico del olimpo venusiano.
Te iras al amanecer, después de haber besado
Medianoche, alguien respira el aire fresco
allí afuera, muy cerca de los charcos
creados por la lluvia.
Una nube blanca cae por los techos,
besando todo a su paso, dejando una angustia
húmeda, enredada en las carnes de los que pasan
por las calles.
Nadie duerme (lo sé perfectamente),
sin embargo, nadie parece hablar;
todos se encuentran en silencio,
en un estado aterciopelado, pasivo,
con tintes bien definidos hacia lo lúgubre.
Nadie duerme (se lo que sienten),
es como si llevaran un cristal escondido
en algún lugar apartado de la vista;
un cristal fino y pequeño, transparente
como la hoja de un alfiler,
que alberga toda clase de colores,
imágenes, sentimientos, aromas;
todo ello en su interior produce
un peso insoportable de sostener.
Pero dejarlo caer es dejarse aprisionar,
es soltar el grito que nadie desea dar,
es revelar las diversas caras poli crónicas
que llevamos dentro.
Aunque todo pese, nadie dejara caer
lo que es endeble; seguirán así,
con sus ojos encorvados, hasta su final,
hasta el final de la calle.
II
Medianoche, ¿alguien vendrá a visitarme?,
solo se que ha venido un viento fugitivo a darme
una bofetada y se ha vuelto a largar
quién sabe donde.
¡Yo espero! ¡No se a quien, pero espero!
¡Deberían venir!, es la hora perfecta para vernos
los rostros. Y hablar . hablar del tiempo
hasta que el tiempo pase y se haga tarde
para nuestro sueño que estará renvalsando
por los ojos, hasta que el sol salga
de las profundidades y penetre como
penetran las grandes guerras codiciosas.
¡Yo los espero! ¡Vengan hacia aquí!
¡Deberías venir!, vestida de la manera mas simple;
¡Esa es la forma más hermosa!, para entrar por una puerta
libre a todo, que no son más que mis ojos blancos
como el papel.
Nadie habrá de tocarte, ni siquiera yo,
esta noche no hablaran las ansias,
esta noche, solo hablaremos tú y yo.
¡Yo te espero! ¡Ven hacia aquí!
III
Medianoche, la aguja del reloj ha golpeado
con éxito la noche de un nuevo día, y sin saberlo
ha rasgado el corazón del joven genio.
¡La soledad, el hastió!, brillan en las lagrimas,
en la ira de un dios, en el crujir de dientes y puños
que son apretados hasta que la sangre deja de correr.
¿Donde iras a parar esta noche, anarquista abatido?
Tus pies caminaran por baldíos hoscos con extraños
silencios, pisaras las callejuelas infestadas de personas
que te miraran de forma extraña.
De seguro, buscaras alguna fiesta de mala muerte
para quedarte quieto y pensativo, ajeno ante todo
ruido y movimiento que se desate a tu alrededor.
¿Dónde terminaras tu noche?
Quizás en alguna cama ajena, después de haber
deshojado la flor loneh; abriendo sus muslos
de manera afable para dar un salto que atraviese
paredes húmedas de un cielo tangible, sin nubes,
con forma de estanque perdido o de un coral
sicalíptico del olimpo venusiano.
Te iras al amanecer, después de haber besado