Adalberto Martin USA
Poeta recién llegado
Lucero en mi laberinto
(A mi hijo, con la pluma del afecto)
Pequeño y dulce tesoro,
enigma de carne y cielo,
que en el humano desvelo
vales más que el fino oro.
En tu risa yo decoro
la fe de mi propia vida;
eres luz recién nacida
en el cristal de mi esquema,
donde el amor es el tema
y la sombra es ya vencida.
Navegas, tierno bajel,
por el mar de mi existencia
y en tu rostro con esencia
hallo el más puro clavel.
Si el tiempo, ese árbitro cruel,
devora los años vanos,
yo pondré entre mis dos manos
el norte de tu destino,
para que en este camino
no pisen pies inhumanos.
Eres sol en miniatura,
fuego que no causa daño,
que desmiente el desengaño
con tu cándida figura.
¡Oh, divina arquitectura
de un alma que apenas brota!
En ti la muerte es derrota
y el tiempo se vuelve calma,
pues eres dentro de mi alma
la más melodiosa nota.
Bebes del alba el rocío,
viviendo en la primavera,
sin saber que afuera espera
del invierno el soplo frío.
Duerme, pequeño bien mío,
en la cuna de mi anhelo,
que mientras te dé su velo
la noche con su reposo,
seré el guardián receloso
que vigile tu desvelo.
Si el mundo es un laberinto
de engaños y de rigores,
yo te daré los colores
de un mapa noble y distinto.
Nunca temas al recinto
de la duda o del recelo,
que será mi amor el suelo
donde coloques tus pies,
para que pases después
libre como un ave en vuelo.
Pequeño sabio inocente,
que sin hablar me adivinas,
tú las espinas inclinas
con tu paso consistente.
En la quietud de tu frente
se lee un libro de gloria;
tú eres la nueva victoria
de un linaje que te espera;
la lozana enredadera
que ornamenta mi memoria.
Es tu mano un breve lazo
que a la eternidad me amarra;
mientras la pena me agarra,
yo me rindo a tu regazo.
Si me das un solo abrazo,
se detiene el orbe entero;
yo no soy un pasajero
del dolor ni de la queja,
que tu luz ya no me deja
ser del olvido viajero.
¡Oh, concepto de la vida,
en un cuerpo tan pequeño!
Eres la verdad del sueño
y mi esperanza encendida.
Toda ambición es perdida
frente a tu juego sencillo;
el universo es un brillo
que en tus pupilas se encierra,
y soy el rey de la tierra
si soy de tu amor caudillo.
Crece, adornado de gloria,
al calor de mi ternura;
que la vida, aunque muy dura,
se rinda ante tu victoria.
Escribe tu propia historia
con plumas de honestidad,
que la mayor libertad
es vivir con pecho abierto,
siendo en el mundo el desierto
donde brote la verdad.
Flor de mi sangre encendida,
fruto de un alma constante;
eres un puro diamante
en la mina de mi vida.
Toda mi fuerza rendida
a tus pies pongo gustoso;
ser padre es ser poderoso
en la entrega y en el celo,
buscando siempre tu cielo
en este mundo escabroso.
Finalizo este trayecto
donde mi fe se levanta,
que bajo tu dulce manta
hallo el amor más perfecto.
Sea tu honor el aspecto
que te brinde la victoria,
coronando así tu gloria
con la paz más encendida;
y en el curso de la vida
vivirás en mi memoria.
Adalberto Martín
(A mi hijo, con la pluma del afecto)
Pequeño y dulce tesoro,
enigma de carne y cielo,
que en el humano desvelo
vales más que el fino oro.
En tu risa yo decoro
la fe de mi propia vida;
eres luz recién nacida
en el cristal de mi esquema,
donde el amor es el tema
y la sombra es ya vencida.
Navegas, tierno bajel,
por el mar de mi existencia
y en tu rostro con esencia
hallo el más puro clavel.
Si el tiempo, ese árbitro cruel,
devora los años vanos,
yo pondré entre mis dos manos
el norte de tu destino,
para que en este camino
no pisen pies inhumanos.
Eres sol en miniatura,
fuego que no causa daño,
que desmiente el desengaño
con tu cándida figura.
¡Oh, divina arquitectura
de un alma que apenas brota!
En ti la muerte es derrota
y el tiempo se vuelve calma,
pues eres dentro de mi alma
la más melodiosa nota.
Bebes del alba el rocío,
viviendo en la primavera,
sin saber que afuera espera
del invierno el soplo frío.
Duerme, pequeño bien mío,
en la cuna de mi anhelo,
que mientras te dé su velo
la noche con su reposo,
seré el guardián receloso
que vigile tu desvelo.
Si el mundo es un laberinto
de engaños y de rigores,
yo te daré los colores
de un mapa noble y distinto.
Nunca temas al recinto
de la duda o del recelo,
que será mi amor el suelo
donde coloques tus pies,
para que pases después
libre como un ave en vuelo.
Pequeño sabio inocente,
que sin hablar me adivinas,
tú las espinas inclinas
con tu paso consistente.
En la quietud de tu frente
se lee un libro de gloria;
tú eres la nueva victoria
de un linaje que te espera;
la lozana enredadera
que ornamenta mi memoria.
Es tu mano un breve lazo
que a la eternidad me amarra;
mientras la pena me agarra,
yo me rindo a tu regazo.
Si me das un solo abrazo,
se detiene el orbe entero;
yo no soy un pasajero
del dolor ni de la queja,
que tu luz ya no me deja
ser del olvido viajero.
¡Oh, concepto de la vida,
en un cuerpo tan pequeño!
Eres la verdad del sueño
y mi esperanza encendida.
Toda ambición es perdida
frente a tu juego sencillo;
el universo es un brillo
que en tus pupilas se encierra,
y soy el rey de la tierra
si soy de tu amor caudillo.
Crece, adornado de gloria,
al calor de mi ternura;
que la vida, aunque muy dura,
se rinda ante tu victoria.
Escribe tu propia historia
con plumas de honestidad,
que la mayor libertad
es vivir con pecho abierto,
siendo en el mundo el desierto
donde brote la verdad.
Flor de mi sangre encendida,
fruto de un alma constante;
eres un puro diamante
en la mina de mi vida.
Toda mi fuerza rendida
a tus pies pongo gustoso;
ser padre es ser poderoso
en la entrega y en el celo,
buscando siempre tu cielo
en este mundo escabroso.
Finalizo este trayecto
donde mi fe se levanta,
que bajo tu dulce manta
hallo el amor más perfecto.
Sea tu honor el aspecto
que te brinde la victoria,
coronando así tu gloria
con la paz más encendida;
y en el curso de la vida
vivirás en mi memoria.
Adalberto Martín