Maroc
Alberto
CAPITULO I
LOS VERDES
No tengo nada en contra de la Guardia civil, incluso he colaborado con ella, lo que no me gusta nada es lo que hicieron en su cuartel de Intxaurrondo o en la comandancia de Tres Cantos (Madrid), en ambos sitios se han dedicado a la tortura, también han utilizado el sexo como método de castigo, Rodríguez Galindo se dedicó a la tortura, a la guerra sucia o terrorismo en Euskadi y además se lucro con el tráfico de drogas cuando era comandante en Intxaurrondo, incluso han asesinado allí a personas inocentes, como ocurrió con un conductor de autobús donostiarra al que, tras asesinarlo en Intxaurrondo a base de torturas, tiraron muerto al río Bidasoa para ocultar su crimen, no pudieron, se llamaba Mikel Zabalza, es un modo cruel y odioso de proceder.
Mi padre tenía un apartamento en Cullera donde, en algunos de los trece años que viví con él, pasábamos unos días de vacaciones en verano.
Debía tener unos catorce años, mientras nos dirigíamos a una zona de pubs del pueblo donde vendían chocolate nos dieron el parón, el que solía vender era un chaval joven que siempre paraba en el mismo garito.
-Brigadilla, ¿qué hacéis por aquí? -preguntaron mientras sacaban la placa.
-Nada, dando un paseo.
-Esa pulsera con pinchos que llevas es para pegar, ¿verdad? -dijeron eso porque entonces era bastante punk y llevaba una muñequera de ese tipo.
Fuimos al bar, que estaba a la vuelta de la esquina de la calle donde nos pararon, allí nos encontramos al camello sentado en la terraza, puesto hasta las cejas; heroinómano, nos sentamos los tres juntos; él, mi hermano y yo, nos contó que le conocían de sobra y que ya le habían detenido alguna vez, cogió una cajita de metal donde guardaba posturas de cien duros y talego y la apalanco en un lugar donde era difícil que la encontraran, en ese momento doblaron la esquina los guardias civiles pero no se coscaron de la jugada, se pusieron de pie junto a nosotros y nos hicieron unas preguntas sin importancia, se marcharon, pillamos un talego.
La segunda vez que tuve contacto con “el cuerpo” había ido a la Pradera del Yelmo con unos compañeros de clase, más que a escalar íbamos a ver como se caían una y otra vez Pablo London y Gálvez, estos tíos habrían las vías desde abajo, utilizando un buril para poner spits, apoyándose de modo precario en cualquier sitio mientras golpeaban con el mazo para meter lo que se llamaban chinchetas; los expansivos más pequeños, como se hacía antes; con un par y cayéndose con asiduidad mientras los mirábamos descojonandonos de las mil y una locuras de estos dos maravillosos pirados. Aquel día dormimos en la en el monte bajo un cielo cuajado de estrellas, tengo una tienda canadiense para siete personas que llevé, aún la conservo tras varios decenios, aunque no la uso. Mientras dormíamos alguien salió a mear y es cuando vio el incendio, estaba bastante cerca por lo que desmontamos la tienda, cogimos los bártulos apresuradamente y salimos pitando hacia la carretera que va a Manzanares el Real, todo aquel que haya bajado desde el Yelmo hasta la carretera sabe lo malo que es ese camino de noche, más si sólo tienes dos linternas viejas para cinco personas.
Cuando llegamos a la carretera vino un Land Rover y paró, nos hicieron unas preguntas y pa dentro, era la Guardia Civil, nos llevaron al cuartelillo de Collado Mediano, habían pasado unos diez años desde la muerte del dictador; Francisco Franco pero el estilo era muy parecido pese a que no sacudían como antes; con sus tricornios, uniformes verde caqui y capotes de plástico para la lluvia, ya no llevaban los antiguos estilo alemán de tejido grueso con las insignias del águila de San Juan y toda la pesca... de palabra, hay que ver lo que decían en el pasado; que si “os vais a cagar”, “iréis a la cárcel cinco años o más”, “ya veréis cuando venga el sargento” nos dijo un cabo... y el sargento vino, acompañado por un forestal, estábamos con los cojones de corbata, éramos unos críos de catorce o quince años que jamás habíamos sido detenidos, nos montaron de nuevo en el Land Rover, nunca nos pusieron las esposas ni en el cuartelillo ni en el 4x4, nos dirigimos detenidos y guardias a la zona donde habíamos estado acampando, allí, con las prisas olvidamos algún objeto; cubiertos y otros que no recuerdo, también habíamos hecho una hoguera pero la apagamos antes de dormir, luego salimos zumbando cuando vimos el incendió, el caso es que el forestal fue nuestra salvación; dijo: “estos no han sido, están muy lejos del fuego, habrá sido algún gamberro del pueblo”, con esas palabras nos dejaron marchar, ya era de día, serían las siete de la mañana y ahí nos dejaron, tirados junto a la carretera, tuvimos que caminar un buen trecho, para colmo el primer autobús no salía hasta las diez y tuvimos que esperar una hora.
Los de la 111 son muy buenos para los seguimientos y las vigilancias pero tienen un defecto; no te quieren coger a ti, tampoco al que te lo da a ti, quieren coger al de la cima de la pirámide; el que está arriba, además por mucho seguimiento que hagan es muy difícil colocar a un tío que cada doscientos metros para y mira hacia atrás para ver si alguien le está siguiendo, como hacía yo, el caso es que el que se dio cuenta fue el que me lo daba a mí; un buen amigo de Marruecos, Yido, con mucho valor, me lo traía a casa, cosa que hace poquísima gente, por no decir nadie, más tarde supimos que la Comandancia 111 de la Guardia Civil se dedicaba a seguir a gente del barrio, fue esa gente la que nos los marcó, entonces conocimos sus caras, supimos quienes eran, desaparecieron sin dejar rastro, jamás los volví a ver.
Fue en la embajada de Israel en Madrid, durante una soleada tarde de primavera, me acerqué al guardia civil que estaba de guardia en la puerta de otra embajada cercana, iba con el subfusil y llevaba tricornio, no gorra, pasé junto a él y le dije:
-Vaya servicio de mierda.
-¡Pues sí! -exclamó con soltura-, los hay peores.
-¿has visto las cargas en los disturbios? -pregunté tuteándole.
-He oído el ¡pum, pum! de las bocachas -me contaba- pero no me he asomado a mirar el jaleo.
Era un chaval joven y simpático, seguí mi camino, nunca he vuelto a saber de él.
Íbamos a escalar a unas vías junto al río Guadarrama donde no va casi nadie, en una de estas, dándome un paseo me di de bruces con un regato, el agua olía mal y tenía un color blanquecino, jabonoso, era verano, pensé que la suciedad era debida a que alguien vertía de manera ilegal el agua desde sus chales situados más arriba; en Torrelodones, fui a buscar ayuda para aquello. Me dirigí a un centro social okupado pero no querían saber nada de vertidos, entonces hablé por teléfono con los de la Cuenca Hidrográfica del Tajo, a ellos les corresponde cuidar el río Guadarrama pero me dijeron que llamara al SEPRONA y llamé, me contestaron desde Torrelodones, allí no había nadie de esa unidad, tenía que desplazarse una patrulla desde el Escorial, los de Torrelodones me dijeron:
-Tienes que venir aquí; al cuartel.
-¡Pero el vertido no está cerca del cuartel! -exclamé- está cerca de la estación de tren, en un regato.
-Pues... vas a tener que venir al cuartel, ¿cuándo te viene bien; por la mañana o por la tarde? -preguntó el guardia.
-Me da igual -dije.
-Entonces te llamaremos para darte la cita.
Me llamaron confirmando la cita; era a las once de la mañana y a esa hora me presenté allí. Fui en la RENFE y tuve que darme un buen paseo hasta el cuartel, una vez dentro hablé con ellos, eran dos guardias civiles de unos cincuenta años, amables y buena gente, les conté lo que ocurría y nos dirigimos en el patrulla hacia el lugar del vertido, una vez allí les dije que aparcaran el Terrano junto a la estación de ferrocarril pero no quisieron dejarlo solo porque unos guardias civiles había tenido un encontronazo con un comando de ETA en la A-6; Autovía del Noroeste que lleva a La Coruña, les colocaron una información que decía que a los coches patrulla de la zona había que ponerles bombas lapa, eso lo supe después, para llegar al vertido teníamos que cruzar las vías del tren y entrar en una finca privada con una casa dentro rodeada por una verja por la que se podía entrar, al entrar en el recinto cerrado, a veces, los dueños te esperaban en la entrada de la verja, preguntando:
-¿A dónde vas tú?
Pero nunca nos tuvimos que dar la vuelta.
Como los guardias no querían dejar el patrulla les fui guiando hacia el lugar del vertido, dimos más vueltas que un hijo de puta buscando la partida de nacimiento, al fin encontramos el lugar y bajamos del coche, anteriormente; cuando íbamos a escalar vi que había una depuradora de aguas por decantación, vi que la pared de la depuradora estaba lavada; desgastada por el agua que salía de dentro, uno de los civiles tocó la pared y dijo:
-Por aquí se sale el agua pero el regato está seco.
-Pues cuando cuando yo estuve llevaba agua, ¿no se puede parar esto? -pregunté sorprendido ante la incompetencia de la administración.
-¡Esto es España, chaval! -exclamo el guardia con sorna.
Subimos al cuartel y me hicieron algunas preguntas de rutina, nunca regresé allí, ni volví a verlos.
Habíamos ido a subir a la cima del Espigüete en invierno y me dio una hipoglucemia, baje de inmediato ayudado por un compañero, vinieron dos helicópteros; uno de la Guardia Civil y otro de la Seguridad social; el Sacyl (Sanidad en Castilla y León), el helicóptero de los guardias era de rescate y no había rescate que hacer; sólo se trababa de atención médica. En otra ocasión observé a un rescatista de la Guardia Civil operando de modo chapucero por la Sierra de Guadarra; en la sur del Peñalara, debía ser un novato porque me consta que son buenos; un amiga se mató tras caer por una cara norte de una montaña palentina en invierno, en aquel suceso colaboró la Guardia Civil. (1)
Me salté el torno del metro, vi al taquillero dentro de la taquilla pero no me importó y tiré pa lante, a la vuelta de la esquina me topé con una pareja de revisores; esa gente que se dedica a pedir el billete, con ellos había un vigilante.
-Billete, por favor.
-Me saltao el torniquete.
-Yo no te he visto saltar -dijo el taquillero.
-Le vamos a tener que multar, denos su carné de identidad.
-No te lo doy, ni siquiera te lo voy a enseñar.
-Pues vamos a tener que cachearle.
-No me podéis cachear, para eso tiene que venir la policía..., y aún así tienen que llevarme a comisaria para hacerlo -expliqué.
Querían cachearme porque pensaron que había que había entrado con un abono transportes de otra persona, lo cual no era cierto, sencillamente salté, de pronto apareció una mujer joven de unos veinte años y sacó una placa de la Guardia Civil.
-¿Qué pasa aquí?
-Na, que he saltao el torniquete.
-Pues sal fuera.
Salí, ahí se acabo la función.
(1) Una mujer de unos 40 años perdió la vida tras sufrir una caída en la cara noroeste del Pico Espigüete, en el municipio palentino de Cardaño de Abajo, para cuyo rescate se hizo precisa la intervención del Grupo de Rescate de la Consejería de Interior y Justicia, así como de agentes de la Guardia Civil... (prensa)
LOS VERDES
No tengo nada en contra de la Guardia civil, incluso he colaborado con ella, lo que no me gusta nada es lo que hicieron en su cuartel de Intxaurrondo o en la comandancia de Tres Cantos (Madrid), en ambos sitios se han dedicado a la tortura, también han utilizado el sexo como método de castigo, Rodríguez Galindo se dedicó a la tortura, a la guerra sucia o terrorismo en Euskadi y además se lucro con el tráfico de drogas cuando era comandante en Intxaurrondo, incluso han asesinado allí a personas inocentes, como ocurrió con un conductor de autobús donostiarra al que, tras asesinarlo en Intxaurrondo a base de torturas, tiraron muerto al río Bidasoa para ocultar su crimen, no pudieron, se llamaba Mikel Zabalza, es un modo cruel y odioso de proceder.
Mi padre tenía un apartamento en Cullera donde, en algunos de los trece años que viví con él, pasábamos unos días de vacaciones en verano.
Debía tener unos catorce años, mientras nos dirigíamos a una zona de pubs del pueblo donde vendían chocolate nos dieron el parón, el que solía vender era un chaval joven que siempre paraba en el mismo garito.
-Brigadilla, ¿qué hacéis por aquí? -preguntaron mientras sacaban la placa.
-Nada, dando un paseo.
-Esa pulsera con pinchos que llevas es para pegar, ¿verdad? -dijeron eso porque entonces era bastante punk y llevaba una muñequera de ese tipo.
Fuimos al bar, que estaba a la vuelta de la esquina de la calle donde nos pararon, allí nos encontramos al camello sentado en la terraza, puesto hasta las cejas; heroinómano, nos sentamos los tres juntos; él, mi hermano y yo, nos contó que le conocían de sobra y que ya le habían detenido alguna vez, cogió una cajita de metal donde guardaba posturas de cien duros y talego y la apalanco en un lugar donde era difícil que la encontraran, en ese momento doblaron la esquina los guardias civiles pero no se coscaron de la jugada, se pusieron de pie junto a nosotros y nos hicieron unas preguntas sin importancia, se marcharon, pillamos un talego.
La segunda vez que tuve contacto con “el cuerpo” había ido a la Pradera del Yelmo con unos compañeros de clase, más que a escalar íbamos a ver como se caían una y otra vez Pablo London y Gálvez, estos tíos habrían las vías desde abajo, utilizando un buril para poner spits, apoyándose de modo precario en cualquier sitio mientras golpeaban con el mazo para meter lo que se llamaban chinchetas; los expansivos más pequeños, como se hacía antes; con un par y cayéndose con asiduidad mientras los mirábamos descojonandonos de las mil y una locuras de estos dos maravillosos pirados. Aquel día dormimos en la en el monte bajo un cielo cuajado de estrellas, tengo una tienda canadiense para siete personas que llevé, aún la conservo tras varios decenios, aunque no la uso. Mientras dormíamos alguien salió a mear y es cuando vio el incendio, estaba bastante cerca por lo que desmontamos la tienda, cogimos los bártulos apresuradamente y salimos pitando hacia la carretera que va a Manzanares el Real, todo aquel que haya bajado desde el Yelmo hasta la carretera sabe lo malo que es ese camino de noche, más si sólo tienes dos linternas viejas para cinco personas.
Cuando llegamos a la carretera vino un Land Rover y paró, nos hicieron unas preguntas y pa dentro, era la Guardia Civil, nos llevaron al cuartelillo de Collado Mediano, habían pasado unos diez años desde la muerte del dictador; Francisco Franco pero el estilo era muy parecido pese a que no sacudían como antes; con sus tricornios, uniformes verde caqui y capotes de plástico para la lluvia, ya no llevaban los antiguos estilo alemán de tejido grueso con las insignias del águila de San Juan y toda la pesca... de palabra, hay que ver lo que decían en el pasado; que si “os vais a cagar”, “iréis a la cárcel cinco años o más”, “ya veréis cuando venga el sargento” nos dijo un cabo... y el sargento vino, acompañado por un forestal, estábamos con los cojones de corbata, éramos unos críos de catorce o quince años que jamás habíamos sido detenidos, nos montaron de nuevo en el Land Rover, nunca nos pusieron las esposas ni en el cuartelillo ni en el 4x4, nos dirigimos detenidos y guardias a la zona donde habíamos estado acampando, allí, con las prisas olvidamos algún objeto; cubiertos y otros que no recuerdo, también habíamos hecho una hoguera pero la apagamos antes de dormir, luego salimos zumbando cuando vimos el incendió, el caso es que el forestal fue nuestra salvación; dijo: “estos no han sido, están muy lejos del fuego, habrá sido algún gamberro del pueblo”, con esas palabras nos dejaron marchar, ya era de día, serían las siete de la mañana y ahí nos dejaron, tirados junto a la carretera, tuvimos que caminar un buen trecho, para colmo el primer autobús no salía hasta las diez y tuvimos que esperar una hora.
Los de la 111 son muy buenos para los seguimientos y las vigilancias pero tienen un defecto; no te quieren coger a ti, tampoco al que te lo da a ti, quieren coger al de la cima de la pirámide; el que está arriba, además por mucho seguimiento que hagan es muy difícil colocar a un tío que cada doscientos metros para y mira hacia atrás para ver si alguien le está siguiendo, como hacía yo, el caso es que el que se dio cuenta fue el que me lo daba a mí; un buen amigo de Marruecos, Yido, con mucho valor, me lo traía a casa, cosa que hace poquísima gente, por no decir nadie, más tarde supimos que la Comandancia 111 de la Guardia Civil se dedicaba a seguir a gente del barrio, fue esa gente la que nos los marcó, entonces conocimos sus caras, supimos quienes eran, desaparecieron sin dejar rastro, jamás los volví a ver.
Fue en la embajada de Israel en Madrid, durante una soleada tarde de primavera, me acerqué al guardia civil que estaba de guardia en la puerta de otra embajada cercana, iba con el subfusil y llevaba tricornio, no gorra, pasé junto a él y le dije:
-Vaya servicio de mierda.
-¡Pues sí! -exclamó con soltura-, los hay peores.
-¿has visto las cargas en los disturbios? -pregunté tuteándole.
-He oído el ¡pum, pum! de las bocachas -me contaba- pero no me he asomado a mirar el jaleo.
Era un chaval joven y simpático, seguí mi camino, nunca he vuelto a saber de él.
Íbamos a escalar a unas vías junto al río Guadarrama donde no va casi nadie, en una de estas, dándome un paseo me di de bruces con un regato, el agua olía mal y tenía un color blanquecino, jabonoso, era verano, pensé que la suciedad era debida a que alguien vertía de manera ilegal el agua desde sus chales situados más arriba; en Torrelodones, fui a buscar ayuda para aquello. Me dirigí a un centro social okupado pero no querían saber nada de vertidos, entonces hablé por teléfono con los de la Cuenca Hidrográfica del Tajo, a ellos les corresponde cuidar el río Guadarrama pero me dijeron que llamara al SEPRONA y llamé, me contestaron desde Torrelodones, allí no había nadie de esa unidad, tenía que desplazarse una patrulla desde el Escorial, los de Torrelodones me dijeron:
-Tienes que venir aquí; al cuartel.
-¡Pero el vertido no está cerca del cuartel! -exclamé- está cerca de la estación de tren, en un regato.
-Pues... vas a tener que venir al cuartel, ¿cuándo te viene bien; por la mañana o por la tarde? -preguntó el guardia.
-Me da igual -dije.
-Entonces te llamaremos para darte la cita.
Me llamaron confirmando la cita; era a las once de la mañana y a esa hora me presenté allí. Fui en la RENFE y tuve que darme un buen paseo hasta el cuartel, una vez dentro hablé con ellos, eran dos guardias civiles de unos cincuenta años, amables y buena gente, les conté lo que ocurría y nos dirigimos en el patrulla hacia el lugar del vertido, una vez allí les dije que aparcaran el Terrano junto a la estación de ferrocarril pero no quisieron dejarlo solo porque unos guardias civiles había tenido un encontronazo con un comando de ETA en la A-6; Autovía del Noroeste que lleva a La Coruña, les colocaron una información que decía que a los coches patrulla de la zona había que ponerles bombas lapa, eso lo supe después, para llegar al vertido teníamos que cruzar las vías del tren y entrar en una finca privada con una casa dentro rodeada por una verja por la que se podía entrar, al entrar en el recinto cerrado, a veces, los dueños te esperaban en la entrada de la verja, preguntando:
-¿A dónde vas tú?
Pero nunca nos tuvimos que dar la vuelta.
Como los guardias no querían dejar el patrulla les fui guiando hacia el lugar del vertido, dimos más vueltas que un hijo de puta buscando la partida de nacimiento, al fin encontramos el lugar y bajamos del coche, anteriormente; cuando íbamos a escalar vi que había una depuradora de aguas por decantación, vi que la pared de la depuradora estaba lavada; desgastada por el agua que salía de dentro, uno de los civiles tocó la pared y dijo:
-Por aquí se sale el agua pero el regato está seco.
-Pues cuando cuando yo estuve llevaba agua, ¿no se puede parar esto? -pregunté sorprendido ante la incompetencia de la administración.
-¡Esto es España, chaval! -exclamo el guardia con sorna.
Subimos al cuartel y me hicieron algunas preguntas de rutina, nunca regresé allí, ni volví a verlos.
Habíamos ido a subir a la cima del Espigüete en invierno y me dio una hipoglucemia, baje de inmediato ayudado por un compañero, vinieron dos helicópteros; uno de la Guardia Civil y otro de la Seguridad social; el Sacyl (Sanidad en Castilla y León), el helicóptero de los guardias era de rescate y no había rescate que hacer; sólo se trababa de atención médica. En otra ocasión observé a un rescatista de la Guardia Civil operando de modo chapucero por la Sierra de Guadarra; en la sur del Peñalara, debía ser un novato porque me consta que son buenos; un amiga se mató tras caer por una cara norte de una montaña palentina en invierno, en aquel suceso colaboró la Guardia Civil. (1)
Me salté el torno del metro, vi al taquillero dentro de la taquilla pero no me importó y tiré pa lante, a la vuelta de la esquina me topé con una pareja de revisores; esa gente que se dedica a pedir el billete, con ellos había un vigilante.
-Billete, por favor.
-Me saltao el torniquete.
-Yo no te he visto saltar -dijo el taquillero.
-Le vamos a tener que multar, denos su carné de identidad.
-No te lo doy, ni siquiera te lo voy a enseñar.
-Pues vamos a tener que cachearle.
-No me podéis cachear, para eso tiene que venir la policía..., y aún así tienen que llevarme a comisaria para hacerlo -expliqué.
Querían cachearme porque pensaron que había que había entrado con un abono transportes de otra persona, lo cual no era cierto, sencillamente salté, de pronto apareció una mujer joven de unos veinte años y sacó una placa de la Guardia Civil.
-¿Qué pasa aquí?
-Na, que he saltao el torniquete.
-Pues sal fuera.
Salí, ahí se acabo la función.
(1) Una mujer de unos 40 años perdió la vida tras sufrir una caída en la cara noroeste del Pico Espigüete, en el municipio palentino de Cardaño de Abajo, para cuyo rescate se hizo precisa la intervención del Grupo de Rescate de la Consejería de Interior y Justicia, así como de agentes de la Guardia Civil... (prensa)
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