En el último momento de su vida,el hombre maduro no se daba cuenta que las campanas tocaban a muerto por él.Creía el muy crédulo que a la fría losa de carcomida tumba iban los viejos seniles.Mas el dios de la putrefacción le hizo ver que no había privilegios entre los mortales.Se lo llevó furtivo mientras dormía la modorra de una pasada noche de juerga,introduciéndose en el cónclave que une cuerpo y alma y,sesgándolo para que ésta volase ,flotase,por el aire enrarecido de su calurosa habitación;donde un ajuar de joyas plateadas esperaban impacientes al amante de riquezas.Cuando el espíritu se dejó atrás la región terrestre y entró en el limbo,un grito de terror soltó.Pues era una esfera agobiante,asfixiante,donde la pena y la congoja se estrangulaban mutuamente,reinando una tristeza de hierro que no envidiaría a la cárcel más inhumana y cruel que se haya visto.Allí la esencia del hombre maduro se difuminaría sin piedad,mientras el reloj sideral marcaría el compás de las nocturnas horas.En un astral movimiento de vaivén que daría escalofríos hipersensibles a todos aquellos que escuchasen el tañido de aquellas campanas herrumbrosas.