Por el camino tenebroso que va a parar, en mitad de la noche de almizcle, al cementerio abierto en brecha de alaridos descomunales que sueltan espectrales figuras de ébano, se topa un sujeto con la diabólica romería de esqueletos destartalados. Comprimiendo con sus huesudos dedos cartilaginosos violetas santas consagradas al dios demente de la Muerte. Entonces, ofuscado en una tenue neblina de horror coge tal acongojado mortal, gracias a la luciérnaga luz preternatural del lucero nocturno, una rama de maldad inusitada y graba alrededor de él un círculo mágico que lo proteja de las acechanzas funestas del imperio rígido de la descomposición del espíritu. La gleba horrorosa pasa alrededor de él, sin tocarlo siquiera en su esencia intransitable de glorioso campeón con penacho de alas de inmortalidad. Mas la tensión hace que caiga desmayado y duerma lo que queda de cenicienta madrugada. Despertando al rayar sobre su pálida faz de supersticioso ser el sol ennegrecido de blasfemo tinte, parecido a sus ojos ahora ciegos por tanto horror experimentado.