José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
LA PRINCESA CORAZÓN
-¡Mamá, mamá! ¡Corre, ven! Mira, no está. (era Priscila, una niña de seis años que llamaba a su mamá. Estaba muy alterada. Su osito de peluche no estaba donde lo había dejado esa mañana antes de ir al colegio).
- ¿Qué pasa Priscila, cariño, a qué vienen esos gritos?
- Mira, Pucho no está, no lo encuentro. ¿Lo has cogido tú, mamá?
- No, cariño. Hoy no lo he visto. Creí que lo habías llevado contigo al “cole”.
Priscila de repente, se quedó muda y puso una cara de gran preocupación. Recordó que esa mañana se lo había llevado al “cole”, pero ya no recordaba haberlo visto después. Así que se temió lo peor. Lo había perdido. De repente se puso a llorar sin consuelo. Su mamá se agachó y la abrazó con fuerza. - Cariño, shiiii, shiiii, cariño, no llores, ya verás como lo encontramos y si no, en tu cumpleaños te regalamos otro, te parece?-. Entonces Prisicila, al escuchar a su mamá, empezó a llorar con más fuerza, la respiración se le entrecortaba, casi no se la entiendía. -No, no ayyyfffyss, snifff, sniifff, yo, ufff, solo quiero a Pucho, ayyyyfffsss, sniff, sniff-. Su mamá por más que la abrazaba, no conseguía calmarla. Después de un buen rato, de tanto llorar y por la tensión acumulada, Priscila se quedó dormida en los brazos de su mamá.
Priscila se puso a soñar. Soñó que estaba en el parque viendo a una niña descalza con los ojos tristes, dibujando un gran corazón en la tierra, cuando, de pronto, apareció Pucho volando. Entonces la niña de los ojos tristes al verlo alzó los brazos para cogerlo. Pucho que la vio triste, se dejó coger. La niña lo abrazó con fuerza y sonrió. Pucho le dijo algo al oído.
“Din-don, din-don…” –Llamaban a la puerta- y la mamá de Priscila fue corriendo para que su hija no se despertara. Cuando abrió la puerta vio a una niña descalza que tenía en sus brazos a Pucho.
La mamá de Priscila se llevó las manos a la boca para que no se oyera su exclamación y una sonrisa enorme se le dibujó en la cara. La niña descalza le entregó a Pucho al tiempo que le decía : “ Aquí tienes, tu hija me llamó en sueños y fui a buscarlo. Está un poco sucio porque nos hemos divertido de camino a casa, no hemos dejado un charco por visitar, jajaja –reía la niña- dile a Priscila que siga así, queriendo con esa fuerza, y que cuando me vuelva a necesitar, me llame, yo soy la Princesa Corazón”… y en ese momento, antes de que la mamá de Priscila pudiera decirle algo, le lanzó un beso y desapareció.
No se sabe a dónde se fue, se cree que vive en los corazones de los niños buenos. Por eso se dice, que los niños buenos tienen el corazón tan grande como un castillo.
-¡Mamá, mamá! ¡Corre, ven! Mira, no está. (era Priscila, una niña de seis años que llamaba a su mamá. Estaba muy alterada. Su osito de peluche no estaba donde lo había dejado esa mañana antes de ir al colegio).
- ¿Qué pasa Priscila, cariño, a qué vienen esos gritos?
- Mira, Pucho no está, no lo encuentro. ¿Lo has cogido tú, mamá?
- No, cariño. Hoy no lo he visto. Creí que lo habías llevado contigo al “cole”.
Priscila de repente, se quedó muda y puso una cara de gran preocupación. Recordó que esa mañana se lo había llevado al “cole”, pero ya no recordaba haberlo visto después. Así que se temió lo peor. Lo había perdido. De repente se puso a llorar sin consuelo. Su mamá se agachó y la abrazó con fuerza. - Cariño, shiiii, shiiii, cariño, no llores, ya verás como lo encontramos y si no, en tu cumpleaños te regalamos otro, te parece?-. Entonces Prisicila, al escuchar a su mamá, empezó a llorar con más fuerza, la respiración se le entrecortaba, casi no se la entiendía. -No, no ayyyfffyss, snifff, sniifff, yo, ufff, solo quiero a Pucho, ayyyyfffsss, sniff, sniff-. Su mamá por más que la abrazaba, no conseguía calmarla. Después de un buen rato, de tanto llorar y por la tensión acumulada, Priscila se quedó dormida en los brazos de su mamá.
Priscila se puso a soñar. Soñó que estaba en el parque viendo a una niña descalza con los ojos tristes, dibujando un gran corazón en la tierra, cuando, de pronto, apareció Pucho volando. Entonces la niña de los ojos tristes al verlo alzó los brazos para cogerlo. Pucho que la vio triste, se dejó coger. La niña lo abrazó con fuerza y sonrió. Pucho le dijo algo al oído.
“Din-don, din-don…” –Llamaban a la puerta- y la mamá de Priscila fue corriendo para que su hija no se despertara. Cuando abrió la puerta vio a una niña descalza que tenía en sus brazos a Pucho.
La mamá de Priscila se llevó las manos a la boca para que no se oyera su exclamación y una sonrisa enorme se le dibujó en la cara. La niña descalza le entregó a Pucho al tiempo que le decía : “ Aquí tienes, tu hija me llamó en sueños y fui a buscarlo. Está un poco sucio porque nos hemos divertido de camino a casa, no hemos dejado un charco por visitar, jajaja –reía la niña- dile a Priscila que siga así, queriendo con esa fuerza, y que cuando me vuelva a necesitar, me llame, yo soy la Princesa Corazón”… y en ese momento, antes de que la mamá de Priscila pudiera decirle algo, le lanzó un beso y desapareció.
No se sabe a dónde se fue, se cree que vive en los corazones de los niños buenos. Por eso se dice, que los niños buenos tienen el corazón tan grande como un castillo.