Poseída por un sarraceno espíritu infernal,aquella vieja loca de semblante cadavérico,escupía sangre coagulada ante el altar de humeante incienso mudéjar del Señor.El obispo y sus ayudantes serviles los sacerdotes,pálidos como la invernal aurora,la agarraban cruelmente por la cintura,los brazos y las piernas.Pero tal era la fuerza ciclópea de la poseída que se les desprendía de sus manos maquilladas por el aroma del santo vino transmutado en sangre redentora del cordero crístico. Entonces,una fuerza extrema de características sublimes ardía soberbia en los negros ojos de la poseída,maldiciendo los nombres santos de cada una de las esculturas beatíficas,que ocupaban los nichos envueltos en tela de aberrante seda de araña.Comenzó a tirar por los suelos de frío invierno de la iglesia oscurantista los cirios blancos ofrendados a Santa Lucía.Y con un sopor satánico blasfemó contra el sagrado corazón de Jesús,siendo inmediatamente fulminada por un rayo torrencial,que atravesó en un zumbido sordo la cristalera soberbia que se encaramaba sobre la nave superior de la santa construcción megalítica,no quedando más de ella que un charco de viscoso pus.