Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
En Tapachula, el viento tiene alas tibias. Es un pájaro inquieto que vuela entre las hojas y las deja bailando. Vuela sobre el camino de tierra y junta granos de polvo para formar un fantasma con cuerpo de remolino, es un fantasma juguetón que hace muchas travesuras, viene y te arroja polvo en los ojos para que no mires cuando se marcha. También le roba los sombreros a los ancianos, esos sombreros de palma tejida que ellos traen todo el tiempo para que el sol no les vuelva la cabeza una sartén caliente y los sesos que viven dentro de sus cabezas algo como un huevo frito. La palma de los sombreros es como esos niños a los que no les dejan salir de su casa a jugar con los amigos; y el viento como esos amigos sonsacadores que se asoman por la ventana y te dicen que te salgas a escondidas al patio. Cuando el viento viene corriendo como loco por los campos verdes, se lleva los sombreros y estos vuelan y vuelan dando vueltas y vueltas. Si los pudiéramos escuchar nos daríamos cuenta que se van echando carcajadas cuando vuelan y corren por las calles mientras sus dueños van por ellos para que no se pierdan.
En Tapachula había una playa cerca. Ya no la hay, se murió. Sí, es verdad, se murió. La mató el hombre. Era una playa hermosa. Larga, larga; se podía mirar a lo lejos como se volvía bruma. Yo la recuerdo muy bien aunque cuando la conocí era apenas un niño, como tú. Muchas veces quise ir hasta el fondo de la playa para ver que hacían las gaviotas en ese lugar. Parecía que las gaviotas venían siempre de ahí. No fui nunca al fondo de la playa porque mis padres nunca me dieron permiso. Le conté a mi prima Juanita lo que pensaba que había allá. Ella me dijo que ese lugar se parecía al pasillo que lleva al costurero de la abuela. A lo mejor ahí les cosen las alas a las gaviotas -dijo-. Creo que tenía razón porque todas las gaviotas que venían de esos rumbos parecían tener alas nuevas.
En la playa de Tapachula, que se llamaba San Benito, yo descubrí un secreto. Las olas traían unos rostros de fantasmas juguetones. Cuando el mar embravecía, se levantaban unas enormes olas, y en ellas se podían ver unos rostros hechos con espuma. A veces abrían los ojos desmesuradamente. Otras veces abrían una enorme boca. Cuando la ola se estrellaba sobre su propio lomo y producía un estruendo temerario, me parecía escuchar las risotadas de los fantasmas que dejaban la ola para ir mar adentro a esperar otra ola más grande para seguir jugando.
Recuerdo que cuando la mar se ponía casi quieta, aparecían ahí dentro unos enanitos con gorrito blanco, eran miles, saltarines todos, juguetones; parecían pequeñas focas que intentaban mirarnos, y quizá invitarnos a jugar.
Unas veces las alas del viento venían a jugar con las olas. El viento pasaba raudo y veloz sobre las olas y le robaba el sombrero de espuma blanca. Otras veces la ola atrapaba al viento entre el rollo de sus tumbos y se lo llevaba al fondo. El viento salía a flote muy mojado y lleno de espuma. Esperaba el paso de otro viento alado para salir del agua y posarse en una palmera vecina a esperar a que se le secaran sus alas invisibles.
Yo me divertía mucho viendo sus juegos. Cómo me hubiera gustado jugar con ellos pero era un niño y no sabía nadar muy bien, y tampoco volaba. Para jugar con ambos, un día llevé a la playa mi cometa de plástico.
Cómo nos divertimos los tres ese día. El viento me lo quería robar y la mar brincaba y brincaba para tratar de alcanzarlo. Hasta un delfín apareció ese día y dio un gran salto.
La Playa de San Benito, que estaba cerca de Tapachula ya no existe. Hicieron un Puerto para barcos mercantes cerca de ahí. Le dio miedo a las olas y quisieron huir dentro de la playa. Para que no entraran más adentro y se quedaran a vivir en las casas de los vecinos, les echaron miles y miles de rocas.
A veces miro en mis recuerdos sus hermosas olas, sus alas de vientos invisibles y el fondo donde venían las gaviotas con sus alas nuevas. Todo eso sigue ahí, destrozado. Pienso que me esperó para que la mirara unos pocos días, los de mi niñez, y quedaran esos momentos como parte de mis recuerdos.
En Tapachula había una playa cerca. Ya no la hay, se murió. Sí, es verdad, se murió. La mató el hombre. Era una playa hermosa. Larga, larga; se podía mirar a lo lejos como se volvía bruma. Yo la recuerdo muy bien aunque cuando la conocí era apenas un niño, como tú. Muchas veces quise ir hasta el fondo de la playa para ver que hacían las gaviotas en ese lugar. Parecía que las gaviotas venían siempre de ahí. No fui nunca al fondo de la playa porque mis padres nunca me dieron permiso. Le conté a mi prima Juanita lo que pensaba que había allá. Ella me dijo que ese lugar se parecía al pasillo que lleva al costurero de la abuela. A lo mejor ahí les cosen las alas a las gaviotas -dijo-. Creo que tenía razón porque todas las gaviotas que venían de esos rumbos parecían tener alas nuevas.
En la playa de Tapachula, que se llamaba San Benito, yo descubrí un secreto. Las olas traían unos rostros de fantasmas juguetones. Cuando el mar embravecía, se levantaban unas enormes olas, y en ellas se podían ver unos rostros hechos con espuma. A veces abrían los ojos desmesuradamente. Otras veces abrían una enorme boca. Cuando la ola se estrellaba sobre su propio lomo y producía un estruendo temerario, me parecía escuchar las risotadas de los fantasmas que dejaban la ola para ir mar adentro a esperar otra ola más grande para seguir jugando.
Recuerdo que cuando la mar se ponía casi quieta, aparecían ahí dentro unos enanitos con gorrito blanco, eran miles, saltarines todos, juguetones; parecían pequeñas focas que intentaban mirarnos, y quizá invitarnos a jugar.
Unas veces las alas del viento venían a jugar con las olas. El viento pasaba raudo y veloz sobre las olas y le robaba el sombrero de espuma blanca. Otras veces la ola atrapaba al viento entre el rollo de sus tumbos y se lo llevaba al fondo. El viento salía a flote muy mojado y lleno de espuma. Esperaba el paso de otro viento alado para salir del agua y posarse en una palmera vecina a esperar a que se le secaran sus alas invisibles.
Yo me divertía mucho viendo sus juegos. Cómo me hubiera gustado jugar con ellos pero era un niño y no sabía nadar muy bien, y tampoco volaba. Para jugar con ambos, un día llevé a la playa mi cometa de plástico.
Cómo nos divertimos los tres ese día. El viento me lo quería robar y la mar brincaba y brincaba para tratar de alcanzarlo. Hasta un delfín apareció ese día y dio un gran salto.
La Playa de San Benito, que estaba cerca de Tapachula ya no existe. Hicieron un Puerto para barcos mercantes cerca de ahí. Le dio miedo a las olas y quisieron huir dentro de la playa. Para que no entraran más adentro y se quedaran a vivir en las casas de los vecinos, les echaron miles y miles de rocas.
A veces miro en mis recuerdos sus hermosas olas, sus alas de vientos invisibles y el fondo donde venían las gaviotas con sus alas nuevas. Todo eso sigue ahí, destrozado. Pienso que me esperó para que la mirara unos pocos días, los de mi niñez, y quedaran esos momentos como parte de mis recuerdos.
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