armak de odelot
Poeta asiduo al portal
Si hay algo que nunca he entendido
dentro de las relaciones humanas en el marco social
ha sido ese estiramiento con que algunos sustentan lo que dicen,
impregnando sus palabras con un aire de gravedad y solemnidad,
no sé si para dar importancia a lo que dicen o a sí mismos.
De tal manera, es este orden de cosas,
que cualquier comentario jocoso, fuera de lugar o atrevido
se considera como una impertinencia de mal gusto
y deja en fuera de juego al que lo dice.
Como es normal,
no hablas de ese tipo de actos o ceremonias
donde se deben cuidar las formas y se rigen por una serie de protocolos.
No, me refiero a ambientes más desenfadados
como reuniones de amigos, tertulias de café o taberna
o simples encuentros casuales que reunen por el motivo que sea
a un número no muy grande de personas
y que hace que entre ellas surja una conversación.
La mayor parte de las veces,
las cosas suceden como es de preveer, o sea,
se actúa de forma natural y se improvisa en el momento,
se opina sin miramientos,
se interrumpe si es preciso,
se cambia de tema sin venir a cuento
o se suelta un chascarrillo sin más.
Es,
en este tipo de conversaciones, donde la gente es más ella
y donde el conocimiento del prójimo se hace más real, preciso y palpable.
En las distancias cortas,
el maquillaje con que adornamos nuestros actos pierde su sentido
y podemos entrever la auténtica esencia de nosotros mismos.
Esos momentos mágicos donde la naturaleza humana se explaya
rigiéndose tán solo por unos mínimas normas de educación
son las auténticas fuentes
de donde emana todo conocimiento del ser humano
como persona o ente individual.
En cuanto que,
por la circunstancias que sea,
el momento se convierte en más formal que deshinibido,
y cunde el silencio,
atraído por algo que nos llama la atención.
La situación, en sí misma, abandona su parte más humana
para convertirse en un acto ceremonioso,
donde cada uno se apropia del papel que cree que le toca
y actúa en consecuencia.
Es por eso,
que cuando veo cualquier coloquio informal
donde una sola persona acapara toda la atención,
ya sea porque representa algún tipo de poder,
ésto se nota por su prepotencia al hablar,
ya sea por el volumen de su voz no dejando meter baza a nadie
o como decíamos al principio,
por la gravedad excesiva que pone en cada una de sus palabras,
se establece como una jerarquía silenciosa en el turno de la palabra
y la hipocresía se impone en cada uno de los actores del evento.
En estos casos,
suelo huir despavorido o miro descaradamente hacia otro lado.
dentro de las relaciones humanas en el marco social
ha sido ese estiramiento con que algunos sustentan lo que dicen,
impregnando sus palabras con un aire de gravedad y solemnidad,
no sé si para dar importancia a lo que dicen o a sí mismos.
De tal manera, es este orden de cosas,
que cualquier comentario jocoso, fuera de lugar o atrevido
se considera como una impertinencia de mal gusto
y deja en fuera de juego al que lo dice.
Como es normal,
no hablas de ese tipo de actos o ceremonias
donde se deben cuidar las formas y se rigen por una serie de protocolos.
No, me refiero a ambientes más desenfadados
como reuniones de amigos, tertulias de café o taberna
o simples encuentros casuales que reunen por el motivo que sea
a un número no muy grande de personas
y que hace que entre ellas surja una conversación.
La mayor parte de las veces,
las cosas suceden como es de preveer, o sea,
se actúa de forma natural y se improvisa en el momento,
se opina sin miramientos,
se interrumpe si es preciso,
se cambia de tema sin venir a cuento
o se suelta un chascarrillo sin más.
Es,
en este tipo de conversaciones, donde la gente es más ella
y donde el conocimiento del prójimo se hace más real, preciso y palpable.
En las distancias cortas,
el maquillaje con que adornamos nuestros actos pierde su sentido
y podemos entrever la auténtica esencia de nosotros mismos.
Esos momentos mágicos donde la naturaleza humana se explaya
rigiéndose tán solo por unos mínimas normas de educación
son las auténticas fuentes
de donde emana todo conocimiento del ser humano
como persona o ente individual.
En cuanto que,
por la circunstancias que sea,
el momento se convierte en más formal que deshinibido,
y cunde el silencio,
atraído por algo que nos llama la atención.
La situación, en sí misma, abandona su parte más humana
para convertirse en un acto ceremonioso,
donde cada uno se apropia del papel que cree que le toca
y actúa en consecuencia.
Es por eso,
que cuando veo cualquier coloquio informal
donde una sola persona acapara toda la atención,
ya sea porque representa algún tipo de poder,
ésto se nota por su prepotencia al hablar,
ya sea por el volumen de su voz no dejando meter baza a nadie
o como decíamos al principio,
por la gravedad excesiva que pone en cada una de sus palabras,
se establece como una jerarquía silenciosa en el turno de la palabra
y la hipocresía se impone en cada uno de los actores del evento.
En estos casos,
suelo huir despavorido o miro descaradamente hacia otro lado.
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