María Francisca
GAVIOTA
El DESCUBRIMIENTO DEL AMOR
Bajo mi piel las mariposas
se agitan en un cuerpo,
que como el fruto maduro,
descubrió el aliento del amor
y la sed que lo hace invernar
en las palpitaciones de mi ritmo cardíaco,
acelerado/apurado,
por la extraña sensación
de flotar sobre nubes de terciopelo.
El gafete de mis sentimientos,
en escarpada, en colores sentidos y alegres,
luce los brillantes de está extracción
que atisba la plenitud.
Si en el mundo me quedará sola
conversando con la piedra fosilizada
y el concreto civilizado,
el eco me traería tu nombre,
claro y diáfano,
sin errores ni reproches,
en la convicción de amarte.
Ahora estoy enraizada en la apertura
de la luz del farol con tus manos
en mi cintura y tú, penetrándome por dentro, como un volcán en erupción
-te quedaste conmigo, no volviste-;
el reloj del tiempo se vació de minutos/segundos,
se desbarataron mis precauciones,
las barreras dejaron de tener límites.
Los kilómetros son pasos de gigante que te llevan mis besos, trasnochados/vespertinos;
los mares son canales para que me escuches en cálidos susurros y tiernas caricias;
la franja de tierra, una sola Sudamérica, continente de los inicios,
plantando una bandera, desde la mitad del mundo hasta la pampa;
la distancia, la oportunidad de vivir, soñar y amar;
y el momento en que, como el niño inquieto,
te descubra en la multitud con la mirada empezando a destellar rayos de una claridad mágica,
llena de vida y esperanza, una fe que me hizo entender la espera,
mirarte y regalarte infinidades, respirar, tan despacio, que sienta cabalgar
sobre un azabache libre de los miedos, las penas y las tristezas pasadas,
prometernos un para siempre junto a las pequeñas huellas que vengan a alegrarnos
y saber que los designios traen sus propios tesoros al final del arcoíris.
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