Angelak
Poeta recién llegado
LA NENA
La nena escupió a dos pies de sus manos,
lanzando un hechizo al siglo que se va:
No te irás, le dijo, y se limpió la saliva,
no termino de nacer, no se hablar ni andar,
nadie me entiende aún,
no me entregues al abismo de mis días.
La nena que no quiere dejar de ser nena
tiene los pechos hinchados, redondos como esferas,
camina y sin querer va torciendo la cintura;
anónimo, alguien grita: ¡Mamita, qué buena!,
muriendo tasajeado en su péndulo cadera.
Ya perdió la pelusa de su piel primera,
su risa de duende, sus párpados de oveja,
y algunas nimiedades que llevaba entre las piernas.
No vendrás, escupió al siglo nuevo,
tienes el rostro manchado
con la sangre de los hijos que no tengo y me desean,
los pies con el barro de mi camino inútil,
los ojos con luces de ciudades opacas.
La nena, entre la gente, ahogó su mirar de plata,
supo y se agarró el corazón desvalido,
corrió a su casa, se desplomó en la cama,
a comer bombones de licor
con caramelos de sueños rellenos de olvido,
y se quedó riendo, tranquila en su hogar,
con la certeza de un siglo infinito.
La nena escupió a dos pies de sus manos,
lanzando un hechizo al siglo que se va:
No te irás, le dijo, y se limpió la saliva,
no termino de nacer, no se hablar ni andar,
nadie me entiende aún,
no me entregues al abismo de mis días.
La nena que no quiere dejar de ser nena
tiene los pechos hinchados, redondos como esferas,
camina y sin querer va torciendo la cintura;
anónimo, alguien grita: ¡Mamita, qué buena!,
muriendo tasajeado en su péndulo cadera.
Ya perdió la pelusa de su piel primera,
su risa de duende, sus párpados de oveja,
y algunas nimiedades que llevaba entre las piernas.
No vendrás, escupió al siglo nuevo,
tienes el rostro manchado
con la sangre de los hijos que no tengo y me desean,
los pies con el barro de mi camino inútil,
los ojos con luces de ciudades opacas.
La nena, entre la gente, ahogó su mirar de plata,
supo y se agarró el corazón desvalido,
corrió a su casa, se desplomó en la cama,
a comer bombones de licor
con caramelos de sueños rellenos de olvido,
y se quedó riendo, tranquila en su hogar,
con la certeza de un siglo infinito.