La mosca cojonera

Anna Politkóvskaya

Poeta fiel al portal
Iba a descansar el sueño de los justos contaminando seguramente la tierra, pero me lo he pensado mejor y he recuperado de la papelera la única página de mi autobiografía en la que, por cierto, no hay nada digno que reseñar, porque carente de grandes heroicidades o múltiples amoríos, de extraordinarias aventuras o crímenes perfectos, de investigaciones punteras o de otras múltiples facetas con la enjundia suficiente para ser contadas, mi anónima, plana, oscura, amorfa y aburrida existencia siempre ha flotado en el más absoluto vacío como un planeta muerto y estéril en la inmensidad del universo.

Pero antes de que este escrito llegue a su pronto final, no quiero dejar pasar la oportunidad de referirme a un rasgo de mi carácter que me ha provocado muchos quebraderos de cabeza: soy una maldita mosca cojonera, siempre dando la matraca o buscándole los tres pies al gato.

Digo esto, porque al nacer por obligación sin que nadie me pidiera permiso, no he hecho otra cosa en mi vida, aparte de rascarme la entrepierna y ponerme como un cerdo a base de comida basura, que elevar infinitas denuncias ante una multitud de instancias de lo más variopinto sin haber logrado mi objetivo, pues allí donde ponía mis rollizos pies lo único que conseguía, ante mi insistencia, era una invitación a abandonar el lugar por las buenas, bajo la amenaza de llamar a los matones de seguridad si no atendía a razones.

El caso es que el aciago día de mi “alumbramiento”, el personal médico y los familiares que merodeaban por el paritorio debieron darse cuenta de mi opinión sobre la brusca expulsión al mundo de la que estaba siendo objeto, al sustituir los llantos típicos de un recién nacido por una micción abundante e imposible para un neonato con solo unos segundos de vida.
 
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