La Fatal Exhumación

Edouard

Poeta adicto al portal
A contraluz de una palmatoria fantasmal, aquel cura de aldea estaba afanoso en exhumar el cadáver podrido que yacía bajo la baldosa central del coro de la iglesia. El muy terco sudaba y relinchaba como un demonio de apagados ojos grises. Cuando ya había sacado de la cavidad cavernosa el cuerpo sin alma soltó una risa demoníaca. Se desnudó y, el muy vil, cogiendo el harapiento resto de la Sagrada Muerte, lo comenzó a coger por las manos en ademán de bailar un vals con él entre el claro obscuro del habitáculo donde se guardaban las hostias. Pero mientras estaba realizando semejante acto macabro escuchó el latido de su sacrílega víctima ante los ojos furiosos del Eterno. Perplejo lo dejó caer del susto al pavimento cálido y he aquí que el objeto acongojador de sus más ominosos temores, ya esquelético y sin ninguna brizna de carne, se levantó, lo agarró del cuello y lo postró en el suelo de la feligresía hasta que del mortal se detuvo el hálito de vida en aquella noche de Viernes Santo. El alma del párroco se desgajó del receptáculo moribundo y fue a parar al cementerio anexo. Donde allí ulularía sin cesar. Sin término ni fin por su odiosa acción que pesaría sobre él eternamente.
 

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