ELSER10
Poeta recién llegado
LA BELLA MUERTE
No hay telas de paraguas
que protejan de la lluvia
de su mirada.
Con sus dos cascadas
que fulminan con vida
en mi bella muerte en ascuas.
No en balde su mirada
que barniz dorado me aplica
no me mata.
Lágrimas mueren, no salen corriendo,
no me deja morir porque retina respira
en mi espalda, en mi faz, en mi alma.
No hay dinamita precintada
que con vela inocente detone
poniéndome fin.
Ya nada tutela a mi condenada,
condenado a durar en este monte
donde no hay ápice ni confín. Continúa mi lid.
Cualquier atrevimiento es necesario,
retomar las gacetas de hace muchos años.
Tornar al leve intento de conquistar
nada, y en la nada quiero yo nadar.
No hay gas que evite mi ahogo,
ya los olmos me abrazaron sintiendo mi dolor.
Los pájaros cantaban para mí corcheas inmortales,
olas del mar próximas; riachos lanzaban flechas al desenlace.
La orilla me quemó con su arenilla.
Ya no hay paraguas que eviten
al meteorito Azrael de la destrucción
alcanzarme.
Pero no me mata,
porque a ella le gusta verme
como deseo morir
viviendo sin coartada;
debo acatar los afanes
de mi deidad
a rajatabla.
La belle mort
en mis brazos
la tenía,
pero tan cegado
por la belleza
de esa fémina magnífica,
no vi que su mirada
era ella, ella era su mirada;
eran la misma.
No hay telas de paraguas
que protejan de la lluvia
de su mirada.
Con sus dos cascadas
que fulminan con vida
en mi bella muerte en ascuas.
No en balde su mirada
que barniz dorado me aplica
no me mata.
Lágrimas mueren, no salen corriendo,
no me deja morir porque retina respira
en mi espalda, en mi faz, en mi alma.
No hay dinamita precintada
que con vela inocente detone
poniéndome fin.
Ya nada tutela a mi condenada,
condenado a durar en este monte
donde no hay ápice ni confín. Continúa mi lid.
Cualquier atrevimiento es necesario,
retomar las gacetas de hace muchos años.
Tornar al leve intento de conquistar
nada, y en la nada quiero yo nadar.
No hay gas que evite mi ahogo,
ya los olmos me abrazaron sintiendo mi dolor.
Los pájaros cantaban para mí corcheas inmortales,
olas del mar próximas; riachos lanzaban flechas al desenlace.
La orilla me quemó con su arenilla.
Ya no hay paraguas que eviten
al meteorito Azrael de la destrucción
alcanzarme.
Pero no me mata,
porque a ella le gusta verme
como deseo morir
viviendo sin coartada;
debo acatar los afanes
de mi deidad
a rajatabla.
La belle mort
en mis brazos
la tenía,
pero tan cegado
por la belleza
de esa fémina magnífica,
no vi que su mirada
era ella, ella era su mirada;
eran la misma.