Inmotricidad

tyngui

Poeta que considera el portal su segunda casa
Caminando bajo la lluvia, confabulándolo todo junto a mis pasos.

Todo lo veo y no puedo disfrutarlo.

La cara de la oscura ciudad se torna liquida, intrascendente.

Siento que fugo en sus caras, dentro de sus mentes, buscando nada y otra vez, vuelvo a esconderme en silencio.

Con la necesidad de correr dentro mío dentro mío, en mi estado inmóvil.

Cada mirada es una ventana ténebre y maldita que no pienso observar, ni siquiera para el dialogo gestual. Por temor al contacto visual.

La taciturnidad, que deambula implacable, acecha e intenta arremeter hacia el contacto extremo.

Cada gota de energía que destellan sus pasos, destilan un sabor a desencanto.

Percibo la alusión de un micro espanto inquieto, que no estoy dispuesto a compartir.

El detalle incomodo de la bruma escéptica, inspira su exquisita cortesía en el espacio, que dignifica la asonancia perpleja de un mutismo impreciso, con aroma a sacro místico.

En la periferia oscila el misterio de la entumecida muchedumbre disociada que anida aquí en mi mente.

Ellos son mi creación y con ellos viajan mis sueños, pensamientos e ilusiones, malas y buenas, que mas da.

Ya nada es trascendente aquí.

Todo esta manejado por mi.

Caminar a un ritmo sigiloso por un parque imaginario en mágico en llamas, estimula mis ansiedades encontradas.

Las imágenes contaminarán con premura cada una de mis pisadas, incitando al inconsciente a compilar mis próximas y pasadas huellas.

Es irrisorio, pero no estoy en movimiento corpóreo, sino solo con la simbiosis que provoca la mente y mis ganas de viajar por lugares extraños, inhóspitos.

El corrosivo clímax que avecina cada pausa, que delimitará en breve la secuencia sistémica que genera esta pseudo inmotricidad.
 

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